Volviendo, para concluir, al arte de las obras jesuíticas, he dicho ya que no existía especialmente. Siguió la evolución de la época sin discrepar, como no fuese para inclinarse al mamarracho.
El arte decorativo de la Edad Media concluyó con ella, inaugurándose en realidad la moderna por medio de las decoraciones llamadas «grotescas»[109] que Rafael y su escuela popularizaron, y que no eran sino temas de la Naturaleza fantaseados por el artista. La diferencia más saliente, es que la decoración medioeval fué ante todo simbólica con arreglo á cánones científicos y literarios, como los «Espejos» de Vincent de Beaubais, los libros de Boecio, la Leyenda Dorada; mientras en la moderna tuvo entera libertad la fantasía.[110] Esto dió origen al arte de los siglos XVI y XVII (la época jesuítica) arte cuyas características son el movimiento de la línea, el predominio de lo decorativo, y correlativamente la acentuación de la personalidad, que iba marcando el progresivo alejamiento de la Edad Media.
Semejante predilección por lo decorativo degeneró pronto en excesos que afeminaron el arte, dando en arquitectura edificios construidos á manera de mueblecillos japoneses, como que esta moda era originariamente oriental. Las fachadas llenas de columnitas, volutas, nichos, multiplicáronse con más buen gusto que vigor, y los decoradores jesuíticos se encontraron á sus anchas en aquel medio. Exageraron desde luego la tendencia, puesto que su objeto respondía á sobreexcitar la atención por medio del recargo llamativo, y hasta parece que hubo, bien que por el lado de la suntuosidad solamente, un vago intento de restauración bizantina en esta parte.
Falló el éxito enteramente. Mucho más cerca tuvieron los jesuítas al arte arábigo, de máxima pureza en España, donde la imitación bizantina careció de influencia sobre él, y no supieron aprovecharlo. La profusión de sus ornamentos, en los que se ha creído ver algo de medioeval, nada tiene de esto, si se considera su tosquedad deplorable, cuando la Edad Media fué la época de la orfebrería; y en cuanto al decorado, nada tiene que ver con lo bizantino y con lo arábigo, como no sea el predominio de los colores primitivos (azul, rojo y amarillo representado por el oro) que si acompaña estrechamente á los mejores períodos del arte en todos los estilos,[111] especialmente en el arábigo, no basta cuando le faltan otras calidades correlativas. Por lo demás, he mencionado hace un instante la influencia que sobre la cargazón charra pudo tener el ambiente, sin que esto explique del todo la exageración.
Sólo en unas cariátides de retablo, que representan serafines terminados por una policroma voluta, noté el tipo indígena, por cierto muy bizarro bajo la cabellera profusamente dorada de los angélicos jerarcas. Y éste es el único indicio verdaderamente «guaraní» en todos los restos que he examinado...
Antes hablé de los gnomones ó relojes de sol, que figuran generalmente despedazados en las ruinas. Son casi todos poligonales, estando ocupadas cuatro caras del cubo donde se hallan trazados, por uno horizontal, cuyas líneas horarias á desigual distancia indican el concurso de la esfera armilar—y tres verticales: uno austral, uno boreal y uno declinante. La quinta cara del cubo estaba ocupada por un salmo ó versículo evangélico, y la sexta era el asiento. El gnomón plano de San Javier, que es solar y lunar, es decir, diurno y nocturno, tiene su esfera dividida en cuarenta y ocho partes, lo cual indica que señalaba las medias horas; y el poligonal de Concepción, era meridiano, circunstancia que se advierte á primera vista porque sus superficies horarias son rectangulares.
Las antedichas ruinas de San Javier, guardan los restos de otro que considero muy notable, si fué, como creo, de los llamados universales, porque sirven para cualesquiera latitudes ó meridianos. Sus trozos estaban esparcidos en una superficie bastante considerable, y una vez juntos, aunque faltaban muchos, se procedió á medirlos.
Creo haber restaurado en parte la meridiana, sin poder hacerlo con las líneas horarias, por estar muy fragmentados los trozos; pero en tres de ellos había cifras que me sirvieron para conjeturar el carácter del gnomón. Eran la V, la IX y la X. Después de varios tanteos para inferir la longitud del estilo ausente, me decidí por 15 centímetros, lo cual, suprimiendo cálculos que al lector no interesan, daba un módulo de 15 milímetros para fijar la distancia de las líneas horarias á la meridiana. Esa distancia resultaba de 505 milímetros para la V, 140 para la IX y 87 para la X. Ahora bien, la distancia exacta de la primera, debía equivaler á 34.10 módulos; la de la segunda á 10 y la de la tercera á 5.77. El error es, respectivamente, de 6-1/2, 10 y 1/2 milímetros, que creo imputables al deterioro de los trozos y á la deficiencia de mis medios; pero si bien en un caso la distancia de dos tercios de módulos es ya sensible, en otro la aproximación de medio milímetro implica un argumento concluyente, á mi entender.
Es cuanto queda de las antiguas reducciones, sin cesar devastadas por los vecinos de las aldeas que medran en sus inmediaciones, aprovechando para viviendas menos cómodas los derruidos sillares. Obra buena hará el Estado, en permitir su extracción, que ahora es clandestina, reservando como campo de estudio las ruinas más accesibles: San Carlos, Apóstoles y San Ignacio, por ejemplo. Hay allá miles de metros cúbicos de piedra cortada, que pueden dar material barato á muchos edificios.
Sea como quiera, el bosque y los hombres consumarán pronto la destrucción. Las piedras indígenas abrigan ya moradores extranjeros, que son emigrantes rusos y polacos; oyen resonar en su eco ásperos lenguajes, cuya barbarie es más ruda por contraste con la vocalización guaraní, que en sus onomatopeyas hace murmurar aguas y frondas; repercuten con extrañeza salmodias de ritos ortodoxos y rutenos; ven reemplazado el tipo y de la extinguida aborigen, por la saya roja y el corpiño verde de la campesina eslava, que viene á parir sus parvulitos de oro allá mismo donde gatearon los cachorrillos de cobre; pasan de eminentes frontaleras, á acordonar veredas ó canteros; de fustes á poyos, de estatuas á mojones. Mucho si quedan en sus antiguos sitios, sombreadas por el naranjal contemporáneo, en la paz del bosque á cuyo vigor son abono los detritus de la población ausente. Pocos años más, y para recordar la frase antigua, las ruinas habrán también perecido. Reimperará bajo aquellas frondas el inculto desgaire, y el zorzal misionero evocará la última memoria del Imperio Jesuítico en la divagación de su trova silvestre.