La Península recibió de su mano el más saludable sacudimiento que hubiera experimentado desde la reconquista contra el moro. Una administración excelente, que era quizá la especialidad de aquel monarca, se substituyó al consuetudinario desbarajuste fiscal. La Corona fundó en todo el reino, relacionándolas con la producción regional, fábricas de paños, de tejidos de seda y algodón, de acero, vidrio, porcelanas, etc. Dotó escuelas industriales; creó el Banco de San Carlos con el fin de reanimar el crédito; protegió al comercio, regularizando la detestable vialidad peninsular, estableciendo el servicio postal, abriendo puertos, garantiendo la seguridad pública; y en cuanto á las posesiones ultramarinas, éstas que son hoy naciones independientes, y con mayor razón la nuestra, le deben la abolición del privilegio comercial de Cádiz, el establecimiento de la primera línea regular de paquebotes que servían á Cuba y al Plata, y la descentralización política que al erigirnos en virreinato preparó el camino á la Independencia.
El ideal teocrático, basado en la abolición del individualismo que la riqueza pública desarrolla al aumentarse, y unitario por esencia, no podía tener un devoto en semejante monarca, así como éste no concebía de seguro el progreso de su país bajo la faz material únicamente; de modo que su conflicto con los jesuítas, fué ante todo una cuestión filosófica. Roto el vínculo que por siglos había ligado la monarquía á ese ideal, resaltó con claridad incontestable todo lo anacrónico de aquel sistema, que en forma diversa de la conquista militar, pero substancialmente idéntico á ella, prolongaba las formas sociales de la edad de oro de la Iglesia, eternizando la organización medioeval. Ello era tanto más notable, cuanto que el resto de las naciones había entrado ya en las prácticas modernas, que al difundir popularmente la riqueza, por muerte del privilegio en cuya virtud sólo era accesible á los nobles, fundando la actual sociedad capitalista y poniendo las monarquías á favor del pueblo—fomentaban el individualismo y preludiaban la Revolución. No había, pues, avenimiento posible, produciéndose la ruptura que la evolución retardada tornaba violenta; y claro es que los jesuítas, paladines del sistema abolido, habían de experimentar con mayor viveza el percance. Respecto á las consecuencias sociales de su sistema misionero, creo que van implícitas en un dilema motivado por el estudio mismo de la cuestión:
O los indios resultaban incapaces de la civilización, que pari passu con la marcha de las reducciones realizaban los pueblos blancos, y ésta era la opinión de los jesuítas; ó poseían aptitudes para adoptarla. En este caso, la teocracia erró el camino, al no comprender que el comunismo perpetuaba el ideal social de la Edad Media; en el otro, el exterminio del salvaje era una fatalidad á la cual no cabía oponerse sin perjuicio para la raza superior.
El humanitarismo liberal que los defensores del sistema jesuítico han explotado en su provecho, se espanta de este resultado, consecuente con los principios metafísicos que constituyen su credo; y semejante lógica lo ha puesto en el aprieto de confesar que la obra de los jesuítas fué plausible, ó de renegar su propio concepto para ceder á la pasión sectaria. En igual forma se le ha replicado con la libertad, pretendiéndose que el indio era libre bajo aquel sistema de todo para todos, semejante en apariencia al ideal de los modernos comunistas; pero dicha argumentación, excelente como recurso dialéctico, constituye una anomalía para quienes organizaron el comunismo en forma tal, que todo progreso económico era imposible al individuo. Aquel socialismo de Estado, más despótico que un imperio oriental, permitía la igualdad, pero la igualdad de la miseria, como que todo existía por la providencia del Padre director: la renuncia de los bienes terrenales, que es para el cristianismo católico el más seguro medio de salvación. Por lo que respecta á las consideraciones humanitarias, ellas son igualmente inaceptables en los sacerdotes de una religión, cuya ley originaria autorizaba precisamente los exterminios de raza, cuando el pueblo escogido tenía en los otros un obstáculo á su desarrollo, consagrando así, en la forma religiosa que sintetizaba los prestigios de la época, esa eterna ley de la lucha por la vida á la cual pertenece también el secreto de la historia.
Los indios eran incapaces de vivir en estado de civilización, como lo demuestra de sobra el fracaso de las reducciones al ponerse en contacto con el mundo, pues su organización fué en el fondo un salvajismo atenuado cuyos efectos aún perduran en el Brasil y en el Paraguay. Esos descendientes de los guaraníes reducidos, no tienen todavía noción clara de la propiedad, siéndoles desconocida toda ambición de enriquecerse. Si los aguijonea la necesidad, hurtan ó despojan; y el rasgo típicamente salvaje, de que toda labor está encomendada á la mujer, prueba cuán poca influencia tuvo en efecto la conquista jesuítica. Se dirá que el clima tiene la culpa, pero el clima no es una fatalidad; y una obra que ni en parte mínima supo corregir sus efectos, fracasó en su faz esencial. La civilización, bajo su aspecto moral, es un conjunto de cualidades artificialmente desarrolladas, proviniendo de aquí la diferencia entre el individuo civilizado y el salvaje. Éste depende en absoluto del medio en que ha nacido; el otro es su colaborador inteligente.
Aquellos hombres, á los cuales sólo agita de cuando en cuando el instinto nómade, en correrías que suelen resultar salteos, tienen vivo al salvaje bajo su estructura semi-culta, y eso está manifiesto en la atroz barbarie que caracteriza sus revoluciones y sus motines: después de todo, la aptitud bélica era la única cualidad individual que se les había desarrollado.
Las guerras que asolaron á las Misiones argentinas hasta despoblarlas, han sido una verdadera depuración, de cuyos resultados podemos felicitarnos por comparación con los estados vecinos.
Es necesario, para apreciarlo bien, haber visto ese pobre Paraguay, enfermo de pereza bajo el dosel de su selva magnífica—rey de las piernas de mármol cuya miseria acrecienta el esplendor de su pompa inútil;—ó esa frontera brasileña cuyos paisanos, mucho más cultos que los nuestros, viven acariciando el ensueño bandolero como el único calmante á sus pasiones y á su miseria. Más que por la vaguada de los ríos limítrofes, y sobre la tierra, idéntica desde luego, el meridiano de demarcación está trazado allá en el espíritu.
Los jesuítas tomaron por tipo de organización social á su propio instituto, basado como sobre un triple cimiento, que da ya el plano del edificio, en tres principios fundamentales: el comunismo, la autoridad absoluta y la renunciación de la personalidad; pero los resultados hicieron comprender bien pronto que semejante estructura, eficaz para cuerpos pequeños y militantes, no era aplicable á los pueblos. Estos tienen otras necesidades, y aunque semejantes con aquéllos, no son idénticos. Así, las cualidades que desarrolló en los guaraníes fueron inútiles ó nocivas respecto á la civilización moderna.
Religiosos y sumisos, carecieron de arranque individual, perpetuamente delegado su albedrío en los PP. ó en la divinidad. Bravos se mostraron en la insurrección de 1751 y en sus encuentros con los mamelucos; bravos, pero sin energía. Es que la religión, aliada del soldado para la lucha por el sostén de la antigua supremacía en el medio moderno, cada vez más escéptico y pacífico, es decir, cada vez más adverso—no desarrolla sino el patriotismo militar en el cual estriba la persistencia de la alianza, reuniendo bajo esa forma las dos tendencias menos compatibles con nuestra civilización. El engrandecimiento por la riqueza, que es el ideal moderno, requiere el predominio de la habilidad calculadora y de la paz,[112] antípodas del sentimentalismo religioso y de la gloria bélica; y como los conceptos del honor y de la virtud se han confundido con el ideal dominante, según sucede en todas las civilizaciones, dichas tendencias perdieron sus cualidades substantivas, expresadas por aquellos conceptos, convirtiéndose progresivamente en meros elementos de decoración.