[109] Llamadas así, porque Rafael y sus discípulos imitaron al principio las que fueron descubiertas en las Termas de Tito, que, enterradas bajo el suelo de Roma, parecían grutas:—grotta, grottesco.
[110] Los mismos demonios de los tímpanos y otros lugares arquitectónicos medievales, son de un naturalismo admirable, lo propio que las gárgolas, cuyos tipos fundamentales, vienen del perro, el sapo y el mono. Asimismo, las decoraciones vegetales esculpidas ó pintadas, son tan reales, que se puede determinar sin esfuerzo la especie de las plantas figuradas en miniaturas y bajos relieves.
[111] Ello viene de que dichos colores combinados producen los demás, entre ellos el morado, que está en todos los ambientes bajo su viso lila; fuera de que siendo el azul el que neutraliza la luz en proporción mayor, su predominio da al conjunto más discreción y armonía.
EPÍLOGO
EPÍLOGO
Con el capítulo sobre las ruinas terminaba, acaso, esta obra; pero el estudio realizado imponía á mi ver una conclusión cualquiera sobre los resultados de la orden jesuítica en su imperio guaraní. Nada más cómodo que limitarme á la descripción encomendada, omitiendo un juicio forzosamente susceptible de discusión; es lo que hubiera podido hacer, sin mengua de mi trabajo, á no entender que en esta clase de asuntos es necesario ir hasta donde la conciencia lo determine. Creo, pues, mi deber, agregar algunas palabras.
En el transcurso de este ensayo ha podido ver el lector, según creo, que los jesuítas realizaron con sus reducciones una teocracia perfecta. Siendo ésta el ideal político de la monarquía española, nada extraordinario si protegió á sus autores cuanto pudo, consagrando milicias especiales á su defensa, favoreciéndolos con toda suerte de excepciones fiscales y acordándoles una legislación privilegiada, cuyo espíritu disonaba con el carácter humillante que en cuanto á la Iglesia revistió la peninsular. Desde la franquicia comercial exclusiva, hasta el permiso de armarse sin control, todo lo obtuvieron; con más que ellos mismos sugerían las ordenanzas á su favor. Con ellos no hubo patronatos ni regalías, y la Corona dió siempre mucho más de lo que la retribuyeron.
Así, pues, no hay tal cuestión de intereses en la expulsión, consentida y ejecutada además por naciones donde la confiscación no podía ser un aliciente. Concretándome á España, ésta resolvió con semejante medida una cuestión de ideas. Carlos III no era hombre para concebir un imperio teocrático basado en el quietismo y en el atraso de sus súbditos. Sus tendencias modernas y prácticas procuraban sacar, en este doble sentido, cuanto era posible del tosco instrumento que en manos de los Habsburgos fué sólo un ingenio de destrucción; y si no resultó el Luis XIV de España, faltándole el genio del Gran Rey para igualarlo, es evidente que se le pareció en algunas cosas.