Ahora bien, la independencia sin la libertad espiritual era una subalterna evolución política, con el resultado seguro de una reconquista ó de una nueva subordinación. Las nacionalidades recién fundadas no habrían hecho más que subdividir la decadencia general, pero no remediarla, adoptando en vez de las instituciones democráticas, que son las únicas progresivas en el medio moderno, la teocracia ó la monarquía cuyo advenimiento soñara el conservatismo miope de la Revolución.

Tiene, pues, la América una deuda de gratitud con el monarca, que eliminando obstáculos al progreso, garantió su estabilidad bajo las formas políticas asumidas luego por los pueblos emancipados.

Primero los «paulistas» con su horrenda incursión á la Guayra, que malogró por muchos años la empresa jesuítica y empequeñeció para siempre su magnitud; después Carlos III, con su radical medida, libraron á la América futura del tropiezo más grave que habría sufrido al emanciparse. Ya lo probaron cuando los comuneros, á quienes imputaron principalmente las ideas separatistas, que eran para la Corona el crimen irremisible.

Así es cómo va tejiéndose á través de los tiempos la trama de la historia, y cómo vistos los hechos en su inconsciente fatalidad, resultan igualmente injustos su alabanza y su vituperio. No hay entonces ante el espectador inocentes ni culpables, sino únicamente organismos que luchan por subsistir en el campo de la vida. Jesuítas que se empeñan en mantener un ideal, retrógrado para el nuevo estado de cosas, son del todo idénticos á los demócratas de mañana, que harán lo mismo ante otras formas sociales sufriendo iguales derrotas.

La conciencia se amplía adoptando este concepto crítico, en el cual no tiene cabida la intolerancia peculiar á los principios absolutos; y sustituye la severidad clásica del historiador antiguo, con la bondad, más simple y más humana.

Sociedad que padeció y ha caído con su mundo de dolores á cuestas, no merece por su retardo el desdén de las venideras, cuando si éstas andan mejor, hallando menos espinas en la ruta, es porque la otra al dejarla se las llevó pegadas á los pies.

Cuando uno piensa en lo que padecieron, en lo que trabajaron, de qué modo han creído y á qué fin han marchado aquellas colectividades anacrónicas ahora, ve á la humanidad repetida en una eterna regeneración. Ésos combatieron por la vida como nosotros; su ideal fué un momento la forma próspera, con la cual dominaron la inmensa hostilidad latente que el Universo opone al dominio de su animálculo racional; sus pasiones, al igual que las nuestras, buscaron el placer sin gozarlo nunca, como rebaños muertos de sed antes de llegar al abrevadero: sus virtudes, gotas de agua en la sombra, estuvieron cavando, llora que te llora, la ardua roca del egoísmo humano, donde labra el progreso estalactitas tan bellas y tan frías...

Todo lo mismo, todo igual, todo eterno, agrega el pesimista para quien la tradición es un grillete de presidiario. Pero no; esas multitudes caídas son otros tantos mineros de la sombra, que van echando de abajo la tierra nueva cuyo volumen ocupan; y así la historia no puede discernir otra cosa que su perdón á los trabajadores desaparecidos, cuando su obra fracasó en el error, reservando su simpatía á los que, aun en este caso, lucharon por un ideal, sin esperanzas de satisfacción mundana.

El fiasco reside en el monopolio de la eternidad, que las instituciones se atribuyen con una vehemencia equivalente á lo mudable de su condición. Eterno no hay nada, como no sea la incesante conversión de las cosas y de los seres, hacia estados coincidentes por ventura con el ideal de la dicha humana, en unión de la cual se desarrollan determinados por un acuerdo superior; y la fatalidad del Otoño, igual en los ideales como en el año, no es lamentable cuando las hojas, al desvestir la rama cuya lozanía sonrió primaveras, descubren frutos que son manzanas de dicha para los míseros innumerables en quienes palpita el barro primordial, y pomas de oro para el soñador de Hespérides.