El triunfo del sistema jesuítico habría implicado la perpetuación de la Edad Media, cuyo funesto resultado está patente en la España absolutista, con tanto mayor estrago cuanto que era una cuestión de ideas y en éstas reside el secreto del progreso.
Correlativas del período industrial en que nos hallamos, las instituciones representativas son hoy indispensables á la subsistencia de los pueblos; pero eran imposibles bajo aquel régimen en el cual faltaban los tres grandes propulsores de la industria: la moneda, la libertad comercial y la libertad de conciencia.
Mantenidas por España en la Edad Media, las actuales naciones de América cayeron de golpe á la contemporánea cuando se emanciparon, proviniendo de este brusco desplazamiento sus convulsiones intestinas. Tuvieron que pasar en pocos años por todo cuanto los pueblos de evolución normal habían sobrellevado durante siglos, depurándose así de sus vicios históricos; y aquello que se opusiera á su desvinculación de la Metrópoli, constituiría para ellas un grave mal.
El Imperio Jesuítico habría sido este obstáculo. Libertado con el resto de América, es seguro que no aceptaba á la independencia en su concepto fundamental, vale decir como una emancipación del espíritu. Formidable teocracia, tranquila en su inercia de bloque, mientras las demás experimentaban su libertadora crisis, habríalas impuesto la ley de la fuerza al tomarlas debilitadas por ese fenómeno, y el triunfo de su política, basada sobre el comunismo y el aislamiento, que años después dieron para muestra el Paraguay de Francia, malogra de seguro la obra revolucionaria en su faz más bella.[118]
Fiel al trono, su acción contra-revolucionaria triunfa quizá; y esto ya lo preveían jesuítas tan sesudos como Falkner, quien en su Descripción de la Patagonia anotaba pocos años después de la expulsión, los primeros síntomas de independencia entre las poblaciones rurales.[119]
No cabe duda que, al empezar la lucha, semejante fenómeno se producía; mas percibiendo el éxito de la independencia, la adaptación se habría efectuado, con tanta mayor razón cuanto que hombres tan prácticos nunca combaten por formas de gobierno, constituyéndose en el centro de la América Meridional una de esas repúblicas teocráticas cuyo espécimen lo dió el Ecuador de García Moreno, y cuya influencia hubiera dominado al Continente en un verdadero contragolpe de la barbarie indígena.
Seguro es que la civilización y el salvaje, enemigos naturales y en pugna abierta hoy mismo para muchas secciones del Continente, están en una razón inversa, cuyo efecto estricto consistiría en determinar el éxito de la primera por el fracaso del segundo; pero sin entrar á discutirlo, resulta harto significativo que las naciones más adelantadas sean aquéllas en las cuales la población indígena se aminora.
El Imperio Jesuítico, trocado por la independencia en la República Cristiana de que hablaban sus autores, se habría encontrado desde luego en ese caso, y sin la coyuntura de domificarlo por una laboriosa adaptación á las instituciones, como lo van haciendo las demás; de modo que por su parte á lo menos, la independencia nada hubiera resuelto.