En esos choques de razas hay fatalidades crueles, pero superiores á la voluntad humana; y si cada hombre debe tener por norma el ideal de una civilización superior, donde estos conflictos ya no existan, el criterio histórico le obliga á considerarlos en relación con los intereses de su pueblo y de su raza, campos de acción donde esos mismos percances apresuran el advenimiento de la situación superior.

Hoy por hoy, la humanidad no existe ante la justicia sino como una entidad abstracta cuya efectividad en el hecho se prepara, entre otras cosas, con el predominio de las razas superiores á las cuales pertenece semejante ideal; habiendo concurrido entonces á realizarlo, las mismas transgresiones aparentes que por su resultado se justifican ante la historia. No es posible aplicar a priori los principios de la justicia, ni hay mal absoluto en ninguna acción. Si el exterminio de los indios resulta provechoso á la raza blanca, ya es bueno para ésta; y si la humanidad se beneficia con su triunfo, el acto tiene también de su parte á la justicia cuya base está en el predominio del interés colectivo sobre el parcial.

La conquista jesuítica no benefició sino á sus autores, por otra parte. Los conquistados fueron víctimas del sistema español, en el cual ya constituía una exageración la empresa jesuítica.

España, conquistadora exclusiva, no sabía dominar sin oprimir, porque atacaba la unidad moral del pueblo conquistado, imponiéndole una religión y un estado civil distintos de los suyos, en vez de usar, á imitación del romano y del inglés, una discreta tolerancia para incorporarlo evolutivamente á su ser. Pero la tolerancia es la virtud moderna, y el fanatismo español era medioeval.

Su política no atendía sino á anular la conciencia, porque el absolutismo, que constituía su ideal, se basaba en la opresión del espíritu y en el anonadamiento del individuo á beneficio del Estado todopoderoso. Las formas representativas no podían existir entonces; y los cabildos no fueron nada de esto, como pudiera hacerlo creer un examen superficial, porque no representaban al pueblo, sino á la autoridad; no al derecho, sino á la fuerza.

El ideal político de la Edad Media había sido la unidad en todo: una religión en un imperio dirigido por una sola cabeza. De aquí nació el concepto falso en cuya virtud la libertad es una creación postiza que depende de la ley; y tan arraigado quedó, en siglos de opresión bajo el doble prestigio de la Monarquia y de la Iglesia, que nuestras mismas constituciones democráticas, aunque con formas muy atenuadas, persisten en sustentarlo, siendo pocos todavía los que comprenden, á pesar del libre examen y de la crítica, que toda ley es originariamente un acto de opresión.

La igualdad, que fué la aspiración del pueblo á gozar del fuero nobiliario, se confundió con el mucho más elevado concepto dé libertad, sobre todo para la lógica jacobina, á la cual derrotaron los jesuítas cuanto pudieron demostrarle que en el Imperio había igualdad.

Habíala, en efecto, pero ya hemos visto bajo qué condiciones de sujeción; y tan estrecha, que hasta la edificación era igual. El Gobierno español la impuso, no ciertamente en homenaje á la libertad, antes por todo lo contrario; y la conquista espiritual transportó al Nuevo Mundo, con mucha mayor perfección que la militar, el sistema de aquella China del Occidente.

La expulsión fué entonces un antecedente favorable á la revolución individualista y federal que se preparaba. Bajo su imperio, los guaraníes de las reducciones, que jamás conocieron ley protectora de sus derechos, ni tuvieron otro concepto de la libertad que el asueto, le trocaron fácilmente por la licencia montonera. Para ellos no había otra relación con el poder que la sumisión ó el motín.