Echando al viento mis quejas,
Cuando el grito del chajá
Me hizo parar las orejas.
Obsérvese la sugestión de noche en el desierto, de congoja insomne y de triste desamparo que inspiran los cuatro primeros versos:
Me encontraba.........
En aquella soledá,
Entre tanta escuridá,
Echando al viento mis quejas...
Esos momentos de purificación al rigor de la propia amargura, son, como la música triste, predisponentes de heroísmo.
Así atento, como el caballo con las orejas empinadas, según su exacto símil, el gaucho pronto conoce que vienen en su busca. El apronte para combatir, está narrado en una sola estrofa que describe con admirable precisión todos los movimientos del caso. Su vivacidad es tal, que recuerda la expresión de una pantomima: