Se me hacía ver a mi china
O escuchar que me llamaba.
Y las aguas serenitas
Bebe el pingo trago a trago;
Mientras sin ningún halago,
Pasa uno hasta sin comer,
Por pensar en su mujer,
En sus hijos y en su pago.
Hay, efectivamente, una sugestión melancólica en ese curso del agua serena que parece ir deshilando nuestros pensamientos; en tanto el caballo acompasa con sus orejas los sorbos que vemos pasar uno a uno por el cuello tendido. Al lado suyo, con una pierna cruzada por descanso, el brazo izquierdo apoyado en la montura, las riendas flojas en la diestra, el caminante medita sus cosas tristes. En el claro silencio, algún pájaro que se detuvo a la brusca, blandeando el junco próximo, parece romperse en un grito, como si fuera de cristal. Y las improntas de los rastros, al ir llenándose de agua, recuerdan las copas inútiles que uno dejó sin apurar en el camino de la vida...
El poeta ha cantado así aquellas cosas de la tristeza: