Creíamos ya en una broma de nuestro amigo, cuando éste dijo, poniéndose tan grave que casi daba en taciturno:
“Es que aquí está el misterio de mi fuerza. Nadie, sino yo, puede usarla. Y yo mismo no sé cómo sucede.”
“Defino, sí, lo que por mí pasa, como una facultad análoga á la puntería. Sin verlo, sin percibirlo en ninguna forma material, yo sé dónde está el centro del cuerpo que deseo desintegrar, y en la misma forma proyecto mi éter contra el volante.”
“Prueben ustedes cuanto quieran. Quizá al fin...”
Todo fué en vano. La onda etérea se dispersaba inútil. En cambio, bajo la dirección de su amo, llamémosle así, ejecutó prodigios.
Un adoquín que calzaba la puerta rebelde, se desintegró á nuestra vista, convirtiéndose con leve sacudida en un montón de polvo impalpable. Varios trozos de hierro sufrieron la misma suerte. Y resultaba en verdad de un efecto mágico aquella transformación de la materia, sin un esfuerzo perceptible, sin un ruido, como no fuera la leve estridencia que cualquier rumor ahogaba.
El médico, entusiasmado, quería escribir un artículo.
—No, dijo nuestro amigo; detesto la notoriedad, aunque no he podido evitarla del todo, pues los vecinos comienzan á enterarse. Además, temo los daños que puede causar esto...
—En efecto, dije; como arma sería espantoso.
—¿No lo has ensayado sobre algún animal? preguntó el médico.