—Ya sabes, respondió nuestro amigo con grave mansedumbre, que jamás causo dolor á ningún ser viviente.
Y con esto terminó la sesión.
Los días siguientes transcurrieron entre maravillas; y recuerdo como particularmente notable la desintegración de un vaso de agua, que desapareció de súbito cubriendo de rocío toda la habitación.
“El vaso permanece, explicaba el sabio, porque no forma un bloque con el agua á causa de que no hay entre ésta y el cristal adherencia perfecta. Lo mismo sucedería si estuviera herméticamente cerrado. El líquido, convertido en partículas etéreas, sería proyectado á través de los poros del metal...”
Así marchábamos de asombro en asombro; mas el secreto no podía prolongarse, y es imposible valorar lo que se perdió en el triste suceso cuyo relato finalizará esta historia.
Lo cierto es—para qué entretenerse en cosas tristes—que una de esas mañanas encontramos á nuestro amigo, muerto, con la cabeza recostada en el respaldo de su silla.
Fácil es imaginar nuestra consternación. El aparato maravilloso estaba ante él y nada anormal se notaba en el laboratorio.
Mirábamonos sorprendidos, sin conjeturar ni lejanamente la causa de aquel desastre, cuando noté de pronto que la pared á la cual casi tocaba la cabeza del muerto, se hallaba cubierta de una capa grasosa, una especie de manteca.
Casi al mismo tiempo mi compañero lo advirtió también, y raspando con su dedo sobre aquella mixtura, exclamó sorprendido:
—¡Esto es substancia cerebral!