La autopsia confirmó su dicho certificando una nueva maravilla del portentoso aparato. Efectivamente, la cabeza de nuestro pobre amigo estaba vacía, sin un átomo de sesos. El proyectil etéreo, quién sabe por qué rareza de dirección ó por qué descuido, habíale desintegrado el cerebro, proyectándolo en explosión atómica á través de los poros de su cráneo. Ni un rastro exterior denunciaba la catástrofe, y aquel fenómeno, con todo su horror, era, á fe mía, el más estupendo de cuantos habíamos presenciado.

Sobre mi mesa de trabajo, aquí mismo, en tanto que finalizo esta historia, el aparato en cuestión brilla, diríase siniestramente, al alcance de mi mano.

Funciona perfectamente; pero el éter formidable, la substancia prodigiosa y homicida de la cual tengo ¡ay! tan desgraciada prueba, se pierde sin rumbo en el espacio, á pesar de todas mis vanas tentativas. En el instituto Lutz y Schultz han ensayado también sin éxito.

LA LLUVIA DE FUEGO

LA LLUVIA DE FUEGO

EVOCACIÓN DE UN DESENCARNADO DE GOMORRA

Recuerdo que era un día de sol hermoso, lleno del hormigueo popular en las calles atronadas de vehículos. Un día asaz cálido y de tersura perfecta.

Desde mi terraza dominaba una vasta confusión de techos, vergeles salteados, un trozo de bahía punzado de mástiles, la recta gris de una avenida...