Las luces decrecieron y se apagaron. Entonces advertí que la cisterna empezaba á llenarse con el hedor del incendio. No quedaba otro remedio que salir; y luego, todo, todo era preferible á morir asfixiado como una alimaña en su cueva.
Á duras penas conseguí alzar la tapa del sótano que los escombros del comedor cubrían...
...Por segunda vez había cesado la lluvia infernal. Pero la ciudad ya no existía. Techos, puertas, gran cantidad de muros, todas las torres, yacían en ruinas. El silencio era colosal, un verdadero silencio de catástrofe. Cinco ó seis grandes humaredas empinaban aún sus penachos; y bajo el cielo que no se había enturbiado un momento, un cielo cuya crudeza azul certificaba indiferencias eternas, la pobre ciudad, mi pobre ciudad, muerta, muerta para siempre, hedía como un verdadero cadáver.
La singularidad de la situación, lo enorme del fenómeno, y sin duda también el regocijo de haberme salvado, único entre todos, cohibían mi dolor reemplazándolo por una curiosidad sombría. El arco de mi zaguán había quedado en pie, y asiéndome de las adarajas pude llegar á su cima.
No quedaba un solo resto combustible y aquello se parecía mucho á un escorial volcánico. Á trechos, en los parajes que la ceniza no cubría, brillaba con un bermejor de fuego, el metal llovido. Hacia el lado del desierto, resplandecía hasta perderse de vista un arenal de cobre. En las montañas, á la otra margen del lago, las aguas evaporadas de éste condensábanse en una tormenta. Eran ellas las que habían mantenido respirable el aire durante el cataclismo. El sol brillaba inmenso, y aquella soledad empezaba á agobiarme con una honda desolación, cuando hacia el lado del puerto percibí un bulto que vagaba entre las ruinas. Era un hombre, y habíame percibido ciertamente, pues se dirigía á mí.
No hicimos ademán alguno de extrañeza cuando llegó, y trepando por el arco vino á sentarse conmigo. Tratábase de un piloto, salvado como yo en una bodega, pero apuñaleando á su propietario. Acababa de agotársele el agua y por ello salía.
Asegurado á este respecto, empecé á interrogarle. Todos los barcos ardieron, los muelles, los depósitos; y el lago habíase vuelto amargo. Aunque advertí que hablábamos en voz baja, no me atreví—ignoro por qué—á levantar la mía.
Ofrecíle mi bodega donde quedaban aún dos docenas de jamones, algunos quesos, todo el vino...
De repente notamos una polvareda hacia el lado del desierto. La polvareda de una carrera. Alguna partida que enviaban, quizá, en socorro, los compatriotas de Adama ó de Seboim. Pronto hubimos de sustituir esta esperanza por un espectáculo tan desolador como peligroso.
Era un tropel de leones, las fieras sobrevivientes del desierto, que acudían á la ciudad como á un oasis, furiosos de sed, enloquecidos de cataclismo.