La sed y no el hambre era lo que los enfurecía, pues pasaron junto á nosotros sin advertirnos. ¡Y en qué estado venían! Nada como ellos demostraba tan lúgubremente la catástrofe.

Pelados como gatos sarnosos, reducida á escasos chicharrones la crin, secos los ijares, en una desproporción de cómicos á medio vestir con la fiera cabezota, el rabo agudo y crispado como el de una rata que huye, las garras pustulosas, chorreando sangre—todo aquello decía á las claras sus tres días de horror bajo el azote celeste, al azar de las inseguras cavernas que no habían conseguido ampararlos.

Rondaban los surtidores secos con un desvarío humano en sus ojos, y bruscamente reemprendían su carrera en busca de otro depósito, agotado también; hasta que sentándose por último en torno del postrero, con el calcinado hocico en alto, la mirada vagorosa de desolación y de eternidad, quejándose al cielo, estoy seguro, pusiéronse á rugir.

¡Ah!... nada, ni el cataclismo con sus horrores, ni el clamor de la ciudad moribunda era tan horroroso como ese llanto de bestia sobre las ruinas. Aquellos rugidos tenían una evidencia de palabra. Lloraban quién sabe qué dolores de inconsciencia y de desierto á alguna divinidad obscura. El alma sucinta de la bestia agregaba á sus terrores de muerte, el pavor de lo incomprensible. Si todo estaba lo mismo, el sol cotidiano, el cielo eterno, el desierto familiar—¿por qué se ardían y por qué no había agua?... Y careciendo de toda idea de relación con los fenómenos, su horror era ciego, es decir, más espantoso. El transporte de su dolor elevábalos á cierta vaga noción de proveniencia, ante aquel cielo de donde había estado cayendo la lluvia infernal, y sus rugidos preguntaban ciertamente algo á la cosa tremenda que causaba su padecer. ¡Ah!... esos rugidos, lo único de grandioso que conservaban aún aquellas fieras disminuidas: cuál comentaban el horrendo secreto de la catástrofe; cómo interpretaban en su dolor irremediable la eterna soledad, el eterno silencio, la eterna sed...

Aquello no debía durar mucho. El metal candente empezó á llover de nuevo, más compacto, más pesado que nunca.

En nuestro súbito descenso, alcanzamos á ver que las fieras se desbandaban buscando abrigo bajo los escombros.

Llegamos á la bodega, no sin que nos alcanzaran algunas chispas, y comprendiendo que aquel nuevo chaparrón iba á consumar la ruina, me dispuse á concluir.

Mientras mi compañero abusaba de la bodega—por primera y última vez, á buen seguro—decidí aprovechar el agua de la cisterna en mi baño fúnebre; y después de buscar inútilmente un trozo de jabón, descendí á ella por la escalinata que servía para efectuar su limpieza.

Llevaba conmigo el pomo de veneno, que me causaba un gran bienestar, apenas turbado por la curiosidad de la muerte.