—Lo he leído, sí; he atendido sus críticas, he ensayado, y mi aparato, confirmando á Rutter, me ha demostrado que el error procedía del sabio alemán, no del inglés. La causa de semejante error es sencillísima, tanto que me sorprende cómo no dió con ella el ilustre descubridor de la parafina y de la creosota.
Aquí, sonrisa de mi huésped; prueba terminante de que nos entendíamos.
—¿Usó usted el primitivo péndulo de Rutter, ó el perfeccionado por el doctor Leger?
—El segundo, respondí.
—Es mejor; ¿y cuál sería, según sus investigaciones, la causa del error de Reichenbach?
—Ésta: los sensitivos con que operaba, influían sobre el aparato, sugestionándose por la cantidad del cuerpo estudiado. Si la oscilación provocada por un escrúpulo de magnesia, supongamos, alcanzaba una amplitud de cuatro líneas, las ideas corrientes sobre la relación entre causa y efecto exigían que la oscilación aumentara en proporción con la cantidad: diez gramos, por ejemplo. Los sensitivos del barón, eran individuos nada versados por lo común en especulaciones científicas; y quienes practican experiencias así, saben cuán poderosamente influyen sobre tales personas las ideas tenidas por verdaderas, sobre todo cuando son lógicas. Aquí está, pues, la causa del error. El péndulo no obedece á la cantidad, sino á la naturaleza del cuerpo estudiado solamente; pero cuando el sensitivo cree que la cantidad influye, aumenta el efecto, pues toda creencia es una volición. Un péndulo, ante el cual el sujeto opera sin conocer las variaciones de cantidad, confirma á Rutter. Desaparecida la alucinación...
—Oh, ya tenemos aquí la alucinación, dijo mi interlocutor con manifiesto desagrado.
—No soy de los que explican todo por la alucinación, á lo menos confundiéndola con la subjetividad, como frecuentemente ocurre. La alucinación es para mí una fuerza más que un estado de ánimo, y así considerada, se explica por medio de ella buena porción de fenómenos. Creo que es la doctrina justa.
—Desgraciadamente es falsa. Mire usted, yo conocí á Home, el médium, en Londres, allá por 1872. Seguí luego con vivo interés las experiencias de Crookes, bajo un criterio radicalmente materialista; pero la evidencia se me impuso con motivo de los fenómenos del 74. La alucinación no basta para explicarlo todo. Créame usted, las apariciones son autónomas...
—Permítame una pequeña digresión, interrumpí—encontrando en aquellos recuerdos una oportunidad para comprobar mis deducciones sobre el personaje; quiero hacerle una pregunta, que no exige desde luego contestación, si es indiscreta: ¿Ha sido usted militar?...