—Poco tiempo; llegué á subteniente del ejército de la India.

—Por cierto, la India sería para usted un campo de curiosos estudios.

—No; la guerra cerraba el camino del Tibet á donde hubiese querido llegar. Fuí hasta Cawnpore, nada más. Por motivos de salud regresé muy luego á Inglaterra; de Inglaterra pasé á Chile en 1879; y por último á este país en 1888.

—¿Enfermó usted en la India?

—Sí, respondió con tristeza el antiguo militar, clavando nuevamente sus ojos en el rincón del aposento.

—¿El cólera? insistí.

Apoyó él la cabeza en la mano izquierda, miró por sobre mí vagamente. Su pulgar comenzó á moverse entre los ralos cabellos de la nuca. Comprendí que iba á hacerme una confidencia de la cual eran prólogo aquellos ademanes, y esperé. Afuera chirriaba un grillo en la obscuridad.

—Fué algo peor todavía, comenzó mi huésped. Fué el misterio. Pronto hará cuarenta años y nadie lo ha sabido hasta ahora. ¿Para qué decirlo? No lo hubieran entendido, creyéndome loco por lo menos. No soy un triste, soy un desesperado. Mi mujer falleció hace ocho años, ignorando el mal que me devoraba, y afortunadamente no he tenido hijos. Encuentro en usted por primera vez un hombre capaz de comprenderme.

Me incliné agradecido.

—¡Es tan hermosa la ciencia, la ciencia libre, sin capilla y sin academia! Y no obstante, está usted todavía en los umbrales. Los fluidos ódicos de Reichenbach no son más que el prólogo. El caso que va usted á conocer, le revelará hasta dónde puede llegarse.