Una tienda rasa se alzaba entre las otras. En aquella tienda un monje flaco y viejo que tenía un báculo de olivo, vivía mojando en lágrimas toda la longitud de su barba. Era Pedro el Ermitaño.

Aquel monje sabía que la ciudad ilustre fundada en el 2023 año del mundo, era una mártir.

Desde los hijos de Jebus, hasta Sesac; desde Joas hasta Manasés, hasta Nabucodonosor, hasta Tolomeo Lago, hasta los dos Antíocos el Grande y el Epifanio, hasta Pompeyo, hasta Craso, hasta Antígono, hasta Herodes, hasta Tito, hasta Adriano, hasta Cosroes, hasta Omar—cuánta sangre había manchado sus piedras, cuánta desolación había caído sobre la reina glorificada por la salutación de Tobías: ¡Jerusalem, civitas Dei, luce splendida fulgebis! Pedro había podido observar, como san Jerónimo, que en aquella ciudad no se veía un solo pájaro.


Esa tarde, un correo expedido de Kaloni, comunicó á Godofredo que en el puerto de Jafa acababan de anclar varias naves pisanas y genovesas, en las cuales venían los marineros esperados para construír las máquinas de guerra diseñadas por Raymundo de Foix.

Acababa de hundirse el sol, cuando tomaron el camino de Arimatea cuatro caballeros enviados para guardar las naves recién llegadas á Jafa. Eran Raimundo Pileto, Acardo de Mommellou, Guillermo de Sabran y Wilfrido de Hohenstein á quien llamaban el caballero del blanco yelmo.

Era él rubio y fuerte como un arcángel. Sobre su tarja germana, sin divisa como todos los escudos de aquel tiempo, se destacaba formando blasón pleno un lirio de estaño en campo verde. Aquel lirio en forma de alabarda, era el único abierto de toda la flora heráldica; pues el de Francia permanecía aún en botón.

Pero lo extraordinario en la armadura del caballero, era su casco de metal blanquísimo, cuyo esplendor no velaba entre los demás la cimera de que carecían los yelmos de los cruzados. El nasal de aquel casco, dividiéndole exageradamente el entrecejo y bajando por entre sus ojos como un pico, daba á su faz una expresión de gerifalte.

Contábase á propósito de aquella prenda, una rara historia. Decíase que casado su dueño á los veinte años, antes de uno mató á la esposa en un arrebato de celos. Descubierta luego la inocencia de la víctima, el señor de Ilohenstein fué en demanda de perdón á Pedro el Ermitaño, quien le puso en el pecho la cruz de los peregrinos.

Antes de partir, quiso orar el joven en la tumba de su esposa. Sobre aquel sepulcro, había crecido un lirio que él decidió llevarse como recuerdo; mas al cortarla, la flor se transformó en un casco de plata, dando origen al sobrenombre del caballero. Poseídos aún del milagro que hizo llover lirios sobre la cabeza de Clodoveo, no tenían los camaradas del héroe por qué dudar de su aventura, mucho más cuando él la abonaba con su valentía y con un voto de castidad.