La noche estaba ya densa sobre los montes. Los caballeros cruzaron al trote de sus cabalgaduras, como cuatro sombras en rumor de hierro, la garganta estéril que une á Jerusalén con Sichem y Neápolis; el torrente donde David tomó las cinco piedras para combatir al gigante; el valle del Terebinto, el de Jeremías, dolorosa entrada de los montes de Judea poblados de jabalíes; los arrabales de Arimatea, los de Lydia sembrados de aquellas palmas idumeas bajo las cuales curó Pedro al paralítico; y al llegar al pozo de la virgen, la llanura de Sarón, cubierta de alelíes y tulipanes se desplegó ante ellos desde Gaza hasta el Carmelo, y desde los montes de Judea hasta los de Samaría, denunciándose en la obscuridad con el aroma de sus flores. Tal iban evocando los pasajes de la sacra historia por los mismos lugares de su tránsito, aquellos ilustres guerreros.
Wilfrido habíase rezagado un tanto. Los otros tres mantenían su piadosa conversación; y el señor de Sabran refirió á sus compañeros la historia de la ciudad adonde se dirigían.
Jafa está, decía, en la heredad de Dan y es más antigua que el diluvio. En ella murió Noé; á ella venían las flotas de Hiram cargadas de cedro; en ella se embarcó Jonás para cruzar el mar, aquel Gran Mar “que vió á Dios y retrocedió”, dice el Salmista; ella sufrió el peso de cinco invasiones y fué incendiada por Judas Macabeo. Allí resucitó Pedro á Tabita; allí Cestio y Vespasiano repletaron de oro sus legiones; y en su ciudadela manda ahora en nombre del Soldán, el feroz Abu-Djezzar-Mohamed ibn-el-Thayybel-Achary, á quien llaman familiarmente Abu-Djezzar, y cuyos sicarios recorren estos parajes buscando el rastro de los guerreros de Cristo.
El señor de Mommellou añadió á su vez que Jafa había sido teatro de las fábulas del paganismo. Su nombre era el de una hija de Eolo; y San Jerónimo cuenta que le enseñaron allí la roca y el anillo en que Andrómeda fué entregada al monstruo de Neptuno. Plinio añade que Escauro llevó á Roma los huesos de dicho animal, y Pausanias refiere que existe todavía la fuente donde Perseo se lavó las manos cubiertas por la sangre del combate.
Y todo lo contaron los caballeros Acardo de Mommellou y Guillermo de Sabran, porque sabían muchas letras de historia aprendidas en los pergaminos de los monasterios.
De repente, al llegar junto á las ruinas de una cisterna seca, advirtieron que Wilfrido no iba ya con ellos. Era indudable que se había extraviado en tan peligroso sitio, pero no podían buscarle, pues de las naves que iban á custodiar dependía la toma de la ciudad santa. Y por si era tiempo aún, galoparon soplando sus cuernos hacia las murallas próximas.
Abu-Djezzar gobernaba la ciudadela. La fortaleza se levantaba, dominando el mar, entre un bosquecillo de nopales y de granados. Mil musulmanes defendíanse allí esperando auxilios de Cesárea ó de Solima. Los fosos estaban llenos de agua y levantados los rastrillos, que apenas dejaban paso á las partidas de merodeadores.
Wilfrido de Ilohenstein, despojado de sus armas, fué traído ante el señor de la ciudadela. Era éste un musulmán de ojos aguileños y perfil enérgico como un hachazo.
—Perro, le dijo apenas le tuvo á su alcance; ya sabemos la situación de vuestros soldados que mueren de sed bajo los muros de Solima. Dime, pues lo sabes, si los cristianos abrigan todavía esperanzas.