Una sonrisa heroica iluminó la juventud del caballero.
—Sarraceno, replicó; los condes de Flandes y de Normandía acampan al norte, allá mismo donde fué apedreado san Esteban; Godofredo y Tancredo están al Occidente; el conde de Saint-Gilles al sur, sobre el monte Sión. Ya sabes dónde se hallan nuestras tropas, y también que los soldados de Cristo no retroceden. Pues bien, óyelo Sarraceno: Antes de un mes, los soldados de Cristo entrarán en Jerusalén por el norte, por el occidente y por el mediodía.
Abu-Djezzar rugió de rabia.
—Cortad maderos, gritó á sus soldados; haced una cruz y clavad en ella á este perro. ¡Que muera como su Dios!
Tres horas después, los soldados venían en grupos á contemplar el mártir. Wilfrido de Hohenstein, clavado en una cruz muy baja, parecía estar muerto en pie. Desnudo enteramente, cruzado su cuerpo de rayas rojas, la cabeza doblada, los cabellos rubios cubriéndole los ojos, las manos y los pies como envueltos en púrpura, semejaba una efigie de altar. La muerte no conseguía ajar su juventud, realzándola más bien como una escarcha fina sobre un mármol artístico. El patíbulo daba al mar, sobre la ciudad ruinosa, desamparado bajo el cielo. Y los soldados admiraban en voz baja, con palabras bárbaramente desgarradas en vómitos guturales, aquella juventud enemiga, tan viril bajo los cabellos rubios ceñidos ya por una gloria de apogeos.
El cuerpo de Wilfrido de Hohenstein no era ya sino un despojo. Estaba muy blanco, casi transparente, como un vaso de alabastro que ha dejado correr todo su vino; y bajo sus párpados entreabiertos, se vislumbraba una minúscula estrella azul.
Un buitre sirio, á inmensa altura, mecíase entre los cenitales esplendores. Los soldados lo vieron y entonces recordaron. Aunque la agonía del caballero fué larga, era indudable que ya estaba muerto. El agá se aproximó y levantó uno de los párpados. La estrellita azul se había apagado en el fondo de la órbita. De la comisura labial, desprendíase un hilo de sangre.
Nadie se atrevió á abofetearle, á pesar de que era la costumbre, porque su sueño apaciguaba con su inmensa blancura. Tendieron simplemente la cruz y empezaron á desclavarle. Pero la mano derecha resistía tanto, que el agá la cortó con su gumía dejándola clavada en el poste. Y como la cruz aquella podía servir para ajusticiar otros perros, resolvieron conservarla en la armería.
La mano permaneció así durante un mes. Nadie se acordaba ya de aquello, cuando el 12 de julio de 1099, un emisario sarraceno vino en su caballo moribundo á decir á Abu-Djezzar que los cristianos arrojando escalas sobre los muros de Solima, al rayar la aurora, y encerrados en fuertes ingenios de madera, hacían llover sobre los fieles del Profeta un aguacero de aceite y pez hirviendo.