Abu-Djezzar mandó afilar los alfanjes y descendió á la armería para inspeccionar los arneses de peones y caballeros.

Lucían los hierros en la penumbra de la sala. Había allí lorigas de Egipto, yataganes de Damasco; lanzas españolas, largas de diez palmos; adargas de cuero de hipopótamo, tomadas á los nubios; estribos tajantes al uso berberisco y puñales bizantinos que parecían de agua.

El musulmán recorría con ojo satisfecho aquel arsenal provisto por el califa, de tantas y tan hermosas armas. Sus babuchas sonaban en las lozas de la galería, y soberbiamente envuelto en su albornoz, examinábalo todo.

Habíase quitado el turbante, y su cabeza afeitada ostentaba en el occipucio el penacho de cabellos por donde el ángel Gabriel le conduciría al Paraíso el día del juicio. Nadaban en sus ojos dos chispas, y bajo su labio crispado, la dentadura fijaba un brillo siniestro.

Desde su sitio percibía la cruz disimulada en la sombra donde amarilleaba la mano del mártir. Y andando, andando, se encontró debajo de ella con la mirada fija en una de las perchas de la armería.

En ese momento eran las tres de la tarde. El caballero de l’Estoile acababa de saltar sobre las murallas de Jerusalén.

Y como el agá apareciera en la puerta, Abu-Djezzar le increpó:

—¡Alá los extermine! ¡Malditos perros!...

No pudo concluir. La mano, espantosamente viva, se había abierto como una garra, retorciéndose en su clavo y enredando entre sus dedos los cabellos del infiel.

El agá, loco de horror, huyó á lo alto de la ciudadela. Los soldados acudieron, mas nadie se atrevió á tocar aquella formidable reliquia que mantenía invenciblemente agarrada la presa enemiga.