—¿Y se ve?

—Se ve, querido; se ve sobre esta pantalla; pero falta algo aún. Este algo es mi piano cuyo teclado he debido transformar en series de siete blancas y siete negras, para conservar la relación verdadera de las transposiciones de una nota tónica á otra; relación que se establece multiplicando la nota por el intervalo del semitono menor.

“Mi piano queda convertido, así, en un instrumento exacto, bien que de dominio mucho más difícil. Los pianos comunes, construidos sobre el principio de la gama temperada que luego recordaré, suprimen la diferencia entre los tonos y los semitonos mayores y menores, de suerte que todos los sones de la octava se reducen á doce, cuando son catorce en realidad. El mío es un instrumento exacto y completo.”

“Ahora bien, esta reforma, equivale á abolir la gama temperada de uso corriente, bien que sea, como dije, inexacta; y á la cual se debe en justicia el enorme progreso alcanzado por la música instrumental desde Sebastián Bach, quien le consagró cuarenta y ocho composiciones. Es claro, ¿no?” —¡Qué sé yo de todo eso! Lo que estoy viendo es que me has elegido como se elige una pared para rebotar la pelota.

—Creo ocioso recordarte que uno no se apoya sino sobre lo que resiste.

Callamos sonriendo, hasta que Juan me dijo:

—¿Sigues creyendo, entonces, que la música no expresa nada?

Ante esta insólita pregunta que desviaba á mil leguas el argumento de la conversación, le pregunté á mi vez:

—¿Has leído á Hanslick?

—Sí, ¿por qué?