—¡Es curioso!
—En efecto; y más curioso si se tiene en cuenta mis propias observaciones. La suma ó valor absoluto de las cifras de 36, es 9, número irreductible; pues todos sus múltiplos lo repiten si se efectúa con ellos la misma operación. El 1 y el 9 son los únicos números absolutos ó permanentes; y de este modo, tanto 27 como 36, iguales á 9 por el valor absoluto de sus cifras, son números de la misma categoría. Esto da origen, además, á una proporción, 27, ó sea el total de las bases geométricas, es á 36, total de las emociones humanas, como x, el alma, es al absoluto 9. Practicada la operación, se averigua que el término desconocido es 6. Seis, fíjate bien; el doble ternario que en la simbología sagrada de los antiguos, significaba el equilibrio del universo. ¿Qué me dices?
Su mirada se había puesto luminosa y extraña.
—El universo es música, prosiguió animándose. Pitágoras tenía razón, y desde Timeo hasta Kepler todos los pensadores han presentido esta armonía. Eratóstenes llegó á determinar la escala celeste, los tonos y semitonos entre astro y astro. Yo creo tener algo mejor; pues habiendo dado con las notas fundamentales de la música de las esferas, ¡reproduzco en colores geométricamente combinados, el esquema del Cosmos!...
¿Qué estaba diciendo aquel alucinado? ¿Qué torbellino de extravagancias se revolvía en su cerebro...? Casi no tuve tiempo de advertirlo, cuando el piano empezó á sonar.
Juan volvió á ser el inspirado de otro tiempo en cuanto sus dedos acariciaron las teclas.
—Mi música, iba diciendo, se halla formada por los acordes de tercia menor introducidos en el siglo xvii y que Mozart mismo consideraba imperfectos, á pesar de que es todo lo contrario; pero su recurso fundamental está constituido por aquellos acordes inversos que hicieron calificar de música de los ángeles la música de Palestina...
En verdad, hasta mi naturaleza refractaria se conmovía con aquellos sones. Nada tenían de común con las armonías habituales, y aun podía decirse que no eran música en realidad; pero lo cierto es que sumergían el espíritu en un éxtasis sereno, como quien dice formado de antigüedad y de distancia.
Juan continuaba:
—Observa en la pantalla la distribución de colores que acompaña á la emisión musical. Lo que estás escuchando es una armonía en la cual entran las notas específicas de cada planeta del sistema, y este sencillo conjunto termina con la sublime octava del sol, que nunca me he atrevido á tocar, pues temo producir influencias excesivamente poderosas. ¿No sientes algo extraño?