Un reumatismo vulgar, aunque rebelde á todo tratamiento, me hizo conocer al doctor Paulin cuando todavía era aquí un forastero. Cierto amigo, miembro de una sociedad de estudios psíquicos á quien venía recomendado desde Australia el doctor, nos puso en relaciones. Mi reumatismo desapareció mediante un tratamiento helioterápico original del médico; y la gratitud hacia él, tanto como el interés que sus experiencias me causaban, convirtió nuestra aproximación en amistad, desarrollando un sincero afecto.

Una ojeada preliminar sobre las mencionadas experiencias, servirá de introducción explicativa, necesaria para la mejor comprensión de lo que sigue.

El doctor Paulin era, ante todo, un físico distinguido. Discípulo de Wroblewski en la universidad de Cracovia, habíase dedicado con preferencia al estudio de la licuación de los gases, problema que planteado imaginativamente por Lavoisier, debía quedar resuelto luego por Faraday, Cagniard-Latour y Thilorier. Pero no era éste el único género de investigaciones en que sobresalía el doctor. Su profesión se especializaba en el mal conocido terreno de la terapéutica sugestiva, siendo digno émulo de los Charcot, los Dumontpallier, los Landolt, los Luys; y aparte el sistema helioterápico citado más arriba, mereció ser consultado por Guimbail y por Branly repetidas veces, sobre temas tan delicados como la conductibilidad de los neurones, cuya ley recién determinada entonces por ambos sabios, era el caso palpitante de la ciencia.

Forzoso es confesar, no obstante, que el doctor Paulin adolecía de un defecto grave. Era espiritualista, teniendo, para mayor pena, la franqueza de confesarlo. Siempre recordaré á este respecto el final de una carta que dirigió en julio del 98, al profesor Elmer Gates, de Washington, contestando otra en la cual éste le comunicaba particularmente sus experiencias sobre la sugestión en los perros y sobre la “dirigación”, ósea la acción modificadora ejercida por la voluntad sobre determinadas partes del organismo.

“Y bien, sí, decía el doctor; tenéis razón para vuestras conclusiones, que acabo de ver publicadas junto con el relato de vuestras experiencias, en el New York Medical Times. El espíritu es quien rige los tejidos orgánicos y las funciones fisiológicas, porque es él quien crea esos tejidos y asegura su facultad vital. Ya sabéis si me siento inclinado á compartir vuestra opinión”, etc.

Así, el doctor Paulin era mirado de reojo por las academias. Como á Crookes, como á de Rochas, le aceptaban con agudas sospechas. Sólo faltaba la estampilla materialista para que le expidieran su diploma de sabio.

¿Por qué estaba en Buenos Aires el doctor Paulin? Parece que á causa de una expedición científica con la que procuraba coronar una serie de estudios botánicos aplicados á la medicina. Algunas plantas que por mi intermedio consiguió, entre otras la jarilla cuyas propiedades emenagogas habíale yo descripto, dieron pie para una súplica á que su amabilidad defirió de buen grado. Le pedí autorización para asistir á sus experimentos, siendo testigo de ellos desde entonces.

Tenía el doctor, en el pasaje X, un laboratorio al cual se llegaba por la sala de consultas. Todos cuantos le conocieron, recordarán perfectamente éste y otros detalles, pues nuestro hombre era tan sabio como franco y no hacia misterio de su existencia. En aquel laboratorio fué donde una noche, hablando con el doctor sobre las prescripciones rituales que afectan á los cleros de todo el mundo, obtuve una explicación singular de cierto hecho que me traía muy atareado.

Comentábamos la tonsura, cuya explicación yo no hallaba, cuando el doctor me lanzó de pronto este argumento que no pretendo discutir:

—Sabe usted que las exhalaciones fluídicas del hombre, son percibidas por los sensitivos en forma de resplandores, rojos los que emergen del lado derecho, azulados los que se desprenden del izquierdo. Esta ley es constante, excepto en los zurdos cuya polaridad se trueca, naturalmente, lo mismo para el sensitivo que para el imán. Poco antes de conocerle, experimentando sobre ese hecho con Antonia, la sonámbula que nos sirvió para ensayar el electroide, me hallé en presencia de un hecho que llamó extraordinariamente mi atención. La sensitiva veía desprenderse de mi occipucio una llama amarilla, que ondulaba alargándose hasta treinta centímetros de altura. La persistencia con que la muchacha afirmaba este hecho, me llenó de asombro. No podía siquiera presumir una sugestión involuntaria, pues en este género de investigaciones empleo el método del doctor Luys, hipnotizando solamente las retinas para dejar libre la facultad racional.