El doctor se levantó de su asiento y empezó á pasearse por la habitación.

—Con el interés que se explica ante un fenómeno tan inesperado, ensayé al otro día una experiencia con cinco muchachos pagados al efecto. Antonia no vió en ninguno la misteriosa llama, aunque sí las aureolas ordinarias; mas cuál no sería mi sorpresa, al oírla exclamar en presencia del portero don Francisco, usted sabe, llamado por mí como último recurso: “El señor sí la tiene, clarita pero menos brillante”. Cavilé dos días sobre aquel fenómeno; hasta que de pronto, por ese hábito de no desperdiciar detalle adquirido en semejantes estudios, me ocurrió una idea que, ligeramente ridicula primero, no tardó en volverse aceptable. Chupó vigorosamente su cigarro y continuó:

—Tengo la costumbre de operar llevando puesto mi fez casero; la calvicie me obliga á esta incorrección... Cuando Antonia vió sobre mi cabeza el fulgor amarillo, estaba sin gorro, habiéndomelo quitado por el excesivo calor. ¿No habría sido el cabello de los muchachos lo que impidió la emisión de la llama? Según Fugairon, la capa córnea que constituye la epidermis, es mal conductor de la electricidad animal; de modo que el pelo, substancia córnea también, posee idéntica propiedad. Además, don Francisco es calvo como yo, y la coincidencia del fenómeno en ambos, autorizaba una presunción atendible. Mis investigaciones posteriores la confirmaron plenamente; y ahora comprenderá usted la razón de ser de la tonsura. Los sacerdotes primitivos, observarían sobre la cabeza de algunos apóstoles electrógenos, diremos, aceptando un término de reciente creación, el resplandor que Antonia percibía en las nuestras. El hecho, de Moisés acá, no es raro en las cronologías legendarias. Luego se notaría el obstáculo que presentaba el cabello, y se establecería el hábito de rapar aquel punto del cráneo por donde surgía el fulgor, á fin de que este fenómeno, cuyo prestigio se infiere, pudiera manifestarse con toda intensidad. ¿Le parece convincente mi explicación? —Me parece, por lo menos; tan ingeniosa como la de Volney, para quien la tonsura es el símbolo del sol...

Tenía la costumbre de contradecirle así, indirectamente, para que llegase hasta el fin en sus explicaciones.

—Podría usted citar asimismo, la de Brillat-Savarin, según el cual se ha prescripto la tonsura á los monjes para que tengan fresca la cabeza, replicó el doctor entre picado y sonriente.

No obstante, hay algo más, prosiguió animándose. Desde mucho tiempo antes, proyectaba una experiencia sobre esas emanaciones fluídicas, sobre la lohé, para usar la expresión de Reichenbach, su descubridor: quería obtener el espectro de esos fulgores. Lo intenté, haciéndome describir por la sensitiva, minuciosamente, todos los fenómenos...

—... ¿Y qué resulta? pregunté entusiasmado.

—Resulta una raya verde en el índigo para la coloración roja, y dos negras en el verde para la coloración azul. En cuanto á la amarilla descubierta por mí, el resultado es extraordinario. Antonia dice ver en el rojo una raya violeta claro.

—¡Absurdo!

—Lo que usted quiera; pero ya la he presentado un espectro, y ella me ha indicado en él la posición de la raya que ve ó cree ver. Según estos datos, y con todas las suposiciones de error posible, creo que esa raya es la número 5567. De ser así, habría una identidad curiosa; pues la raya 5567, coincidiría exactamente con la hermosa raya número 4 de la aurora boreal...