—¡Pero doctor, todo esto es fantasía pura! exclamé alarmado por aquellas ideas vertiginosas.

—No, amigo mío. ¡Esto significaría sencillamente que el polo es algo así como la coronilla del planeta!

Poco después de la conversación que he referido y cuya última frase concluyó entre la más afable sonrisa del doctor Paulin, éste me leyó una tarde entusiasmado, las primeras noticias sobre la licuación del hidrógeno efectuada por Dewar en mayo de aquel año, y sobre el descubrimiento hecho algunos días después por Travers y Ramsay, de tres elementos nuevos en el aire: el kryptón, el neón y el metargón, aplicando precisamente el procedimiento de licuación de los gases; y á propósito de estos hechos, recuerdo aún su frase de labor y de combate.

—No; no es posible que yo muera sin ligar mi nombre á uno de estos descubrimientos que son la gloria de una vida. Mañana mismo continuaré mis experiencias.

Desde el siguiente día, púsose á trabajaren efecto con ardor febril; y aunque yo debía estar curado de asombro ante sus éxitos, no pude menos de estremecerme cuando una tarde me dijo con voz tranquila: —¿Creerá usted que he visto con mis propios ojos esa raya en el espectro del neón?

—¿De veras? dije con evidente descortesía.

—De veras. Creo que la tal raya me ha puesto en buen camino. Pero á fin de satisfacer su curiosidad, me es menester hablarle de ciertas indagaciones que he mantenido reservadas.

Agradecí calurosamente y me dispuse á oir con avidez.

El doctor empezó: