El doctor, entre tanto, presa de una emoción que en vano intentaba reprimir, medía el aposento á grandes pasos. Por fin se aproximó al aparato diciendo:

—El experimento está concluido. Rompamos ahora el recipiente para que este líquido pueda escapar evaporándose. Quién sabe si al retenerlo no causamos la congoja de algún alma...

Practicóse un agujero en la pared superior del vaso, y el líquido empezó á descender, mientras el ruido mate de un escape se percibía distintamente.

De pronto noté en la cara del doctor una expresión sardónica enteramente fuera de las circunstancias; y casi al mismo tiempo, la idea de que sería una inconveniencia estúpida saltar por encima de la mesa, acudió á mi espíritu; mas apenas lo hube pensado, cuando ya el mueble pasó bajo mis piernas, no sin darme tiempo para ver que el doctor arrojaba al aire como una pelota su gato, un siamés legítimo, verdadera niña de sus ojos. El cuaderno fué á parar con una gran carcajada en las narices del doctor, provocando por parte de éste una pirueta formidable en honor mío. Lo cierto es que durante una hora, estuvimos cometiendo las mayores extravagancias, con gran estupefacción de los vecinos á quienes atrajo el tumulto y que no sabían cómo explicarse la cosa. Yo recuerdo apenas, que en medio de la risa, me asaltaban ideas de crimen entre una vertiginosa enunciación de problemas matemáticos. El gato mismo se mezclaba á nuestras cabriolas con un ardor extraño á su apatía tropical, y aquello no cesó sino cuando los espectadores abrieron de par en par las puertas; pues el pensamiento puro que habíamos absorbido, era seguramente el elíxir de la locura.

El doctor Paulin desapareció al día siguiente, sin que por mucho tiempo me fuese dado averiguar su paradero.

Ayer, por primera vez, me llegó una noticia exacta. Parece que ha repetido su experimento, pues se encuentra ahora en Alemania en una casa de salud.

ENSAYO
DE
UNA COSMOGONÍA
EN DIEZ LECCIONES