Mientras el doctor operaba, yo me disponía á escribir los resultados que me dictase, en un formulario. Doy á continuación esas anotaciones tal como las redactó, en gracia de la precisión indispensable.
Decía el doctor:
“Cuando la distensión llega á cuatrocientas atmósferas, se obtiene una temperatura de -237°3 y el fluido desemboca en un vaso de doble paredes separadas por un espacio vacío de aire; la pared interior está plateada, para impedir aportes de calor por convección ó por irradiación.”
“El producto es un líquido transparente é incoloro que presenta cierta analogía con el alcohol.”
“Las constantes críticas del psychon, son, pues, cuatrocientas atmósferas y -237°3.” “Un hilo de platino cuya resistencia es de 5038 ohms en el hielo fundente, no presenta más que una de 0,119 en el psychon hirviendo. La ley de variación de la resistencia de este hilo con la temperatura, me permite fijar la de la ebullición del psychon en -265°.”
—¿Sabe usted lo que quiere decir esto? me preguntó suspendiendo bruscamente el dictado.
No le respondí; la situación era demasiado grave.
—Esto quiere decir, prosiguió como hablando consigo mismo, que ya no estaríamos más que á ocho grados del cero absoluto.
Yo me había levantado, y con la ansiedad que es de suponer, examinaba el líquido cuyo menisco se destacaba claramente en el vaso. ¡El pensamiento!... ¡El cero absoluto!... Vagaba con cierta lúcida embriaguez en el mundo de las temperaturas imposibles.
Si pudiera traducirse, pensaba, ¿qué diría este poco de agua clara que tengo ante mis ojos? ¿Qué oración pura de niño, qué intento criminal, qué proyectos estarán encerrados en este recipiente? ¿O quizá alguna malograda creación de arte, algún descubrimiento perdido en las obscuridades del ilogismo?...