Ahora, lo que es existencia corpórea, no la tuvieron sino cuando hubo materia voluminosa y extensión, correspondiendo entonces al calor su rango de primer numen[37]; pero el catálogo de las existencias cósmicas no tendría interés para el lector, sino como una nomenclatura estéril de personajes fantásticos.

Lo que sí interesa saber, es que todas estas manifestaciones son atómicas y susceptibles de transformarse en otras, es decir de crear, si ha de darse á este verbo su único sentido aceptable[38]. Son atómicas, como el hombre es celular, sin que su unidad de ser individual se resienta; y si están sujetas á la evolución que hemos descripto como una serie de consecuencias, este determinismo es el resultado de las causas desconocidas que actuaron sobre ellas en el universo anterior; pero ellas sabían lo que les pasaba, y ayudaban á la evolución dirigiéndola en los seres emanados de ellas, si bien no sin conflictos, es decir sin errores, como lo prueban los cataclismos cósmicos[39]. Si hubiera un Creador omniciente y omnipotente, el universo sería una maquinaria perfecta, sin ningún tropiezo posible.

Por lo demás, las fuerzas están demostrándonos á cada momento su inteligencia. Todos los fenómenos naturales nos revelan operaciones complicadísimas, ejecutadas con una precisión, con una economía tal de esfuerzo, con una adaptación tan perfecta á su objeto, que revelan direcciones muy superiores á nuestra razón. Compárese el trabajo que ésta ha debido ejecutar para repetir el más insignificante de esos fenómenos, y se tendrá la relación entre ella y las fuerzas directoras de éstos.

La ley del menor esfuerzo, la tendencia á la regularidad de las formas, que la ciencia llama “inclinación natural” de la materia, ¿qué son sino deliberaciones inteligentes? ¿No implican acaso, comparación entre dos términos? Todavía si el universo fuera de una estabilidad perfecta, se explicaría esa precisión como un equilibrio resultante de largas oscilaciones; pero cuando todo cambia incesantemente, las fuerzas ciegas son inexplicables.

Al no asignar inteligencia sino al hombre, la ciencia cae en el error antropocéntrico de las religiones, ó está obligada á suponerla en toda manifestación físico-química, en todo fenómeno cuya dirección tenga analogía con un raciocinio, una comparación, una modalidad intelectual en una palabra; mucho más cuando esa modalidad resulte, como hemos visto, superior á las suyas. Efectos análogos, suponen causas semejantes.

¿Qué será, finalmente, si parangonamos al hombre con el planeta que habita, y cuyas manifestaciones físico-químicas mucho más poderosas y complicadas que la suya (como que él es una en el planeta) supone una inteligencia mucho más vasta, así sea ella la causa (espiritualismo) ó el efecto (materialismo) de esas manifestaciones?

¿O sería osado el hombre á suponerse más perfecto como ser, que el planeta—el ser enorme—en el cual aquél no es sino una célula?...[40].

Hay, sin embargo, otro aspecto muy interesante del asunto.

Si la radioactividad de la materia en forma de luz, calor, electricidad, olor, sonido, es un trabajo de regreso hacia la energía absoluta, percibir esas manifestaciones por medio de los sentidos es incorporarlas á dicha energía, es decir al pensamiento. Esto explica á la vez la percepción y la naturaleza etérea (radioactividad absoluta) del pensamiento. De aquí que el mejor aparato para apoderarse de la energía etérea, sea el hombre, que al llevarla en sí está en ella y es ella, como entidad espiritual naturalmente.

Así, pues, toda luz, todo sonido, todo calor, todo fenómeno olfatorio ó gustativo, son trabajos de desintegración de la materia, y toda percepción inteligente de estos fenómenos es reintegración de materia á la energía absoluta.