El pagano empezaba á arrepentirse de su temeridad, por no saber cómo salir de aquel apuro. A pesar de que enrojecia el suelo la sangre de más de mil enemigos, no se notaba disminucion en estos; abrumábale el cansancio y respiraba ya difícilmente; por lo cual comprendió al fin, que si no se apresuraba á escapar mientras conservaba algun vigor y permanecia ileso, podria sucederle muy bien que cuando quisiera huir ya no le fuese posible. Dirigió en su derredor horribles miradas, y observó que por todas partes tenia cerrada la salida; pero se decidió á abrirse camino por entre los cadáveres de sus adversarios; y esgrimiendo con furia su tajante espada, acometió aquel impío á la hueste británica, que acababa de llegar al mando de Odoardo y Arimano. El que haya visto la terrible dispersion que causa el embravecido toro, acosado en la plaza por los perros, y estimulado ó herido todo el dia por la apiñada muchedumbre que se agita en torno de las barreras, cuando rompiendo la valla, acomete furioso á la aterrada turba, y engancha á unos y otros con sus cuernos, puede pensar que el aspecto del cruel africano cuando acometió á sus enemigos, fué semejante al de la fiera, ó más terrible. Cortó de través por medio del cuerpo á quince ó veinte; hizo volar las cabezas de otros tantos, sin emplear para cada uno más que un solo golpe, bien ó mal dirigido: no parecia sino que estuviese podando vides ó ramas de árboles. Por último, dejando á su paso cabezas hendidas, brazos cortados, y hombros piernas y otros miembros esparcidos por el suelo, consiguió abrirse un camino para escapar.

Su retirada, empero, no podia calificarse de fuga; pues conservando su valor, y sin dar la menor muestra de espanto, se puso á considerar cuál seria el camino más seguro para salir de la ciudad. Llegó al fin al sitio por donde el Sena se desliza junto á la isla interior y sale de la poblacion por debajo de las murallas. Cual generoso leon que, perseguido al través de los bosques númidas ó masilios, se muestra arrogante y valeroso en su fuga, y se interna en la selva pausado y amenazador, así Rodomonte, siempre altivo, animoso siempre, atravesó por entre un bosque terrible de lanzas, espadas y venablos, y con lento y seguro paso, aproximóse al rio y se tiró á él. Era tanto, sin embargo, lo que le excitaba su saña, que á pesar de encontrarse fuera del alcance de sus enemigos, volvió varias veces á atacarlos y á teñir en sangre su espada, haciendo morder el polvo á un centenar de ellos; pero al fin la razon venció á la cólera; suspendió aquella carnicería cuyo olor llegaba hasta el cielo; y se arrojó al agua, librándose así de tanto peligro, y nadando completamente armado, como si estuviese provisto de aletas.

¡Oh África! Por más que te envanezcas de haber sido cuna de Anteo y de Anibal, no ha visto en tu seno la luz ningun guerrero que á Rodomonte pueda compararse! Apenas llegó á la orilla opuesta, se arrepintió de dejar á sus espaldas aquella ciudad, que recorriera en toda su extension, sin incendiarla ó destruirla por completo; y sentíase tan inflamado por la soberbia y la ira, que estuvo á punto de penetrar nuevamente en su recinto, y por largo rato la contempló gimiendo y suspirando, sin poder decidirse á abandonarla hasta arrasarla enteramente; pero, en medio de su insensato furor, vió venir por la orilla del rio á quien logró extinguir el odio y paralizar la ira. Pronto os diré quién era este, pero antes he de tratar de otro asunto.

Debo ocuparme de la altanera Discordia, á quien el arcángel Miguel habia dado el encargo de suscitar querellas y combates entre los guerreros más valientes que rodeaban á Agramante. La Discordia se separó de los frailes aquella misma tarde, despues de haber recomendado al Fraude que ocupara su puesto en el convento, y que procurara mantener vivos el desórden y la desunion entre los monges hasta su regreso. Considerando que la compañía de la Soberbia seria de mucha utilidad para su empresa, le dijo que la siguiera, pues como habitaban juntas en el mismo monasterio, no tuvo que andar mucho para buscarla. La Soberbia consintió en ello, pero no se alejó sin dejar quien la sustituyese en el convento; y como supuso que su ausencia duraria pocos dias, eligió á la Hipocresia por su lugarteniente.

Pusiéronse, pues, en marcha la implacable Discordia y la Soberbia, y en el camino encontraron á los afligidos y desconsolados Celos, que, como ellas, se dirigian al campo sarraceno, acompañados de un diminuto enano, enviado por la bella Doralicia para que refiriera al rey de Sarza su aventura. Cuando Doralicia cayó en poder de Mandricardo, segun os he referido en otro lugar, encargó sigilosamente al enano que fuese á dar la noticia de su rapto á aquel rey, esperando que no llegaria á sus oidos en vano, y que pronto daria nuevas y admirables pruebas de su pujanza, rescatándola de las manos del ladron que de tal modo la habia arrebatado y vengándose cruelmente de él. Los Celos encontraron al enano, y una vez conocido el motivo de su viaje, se pusieron á caminar á su lado, suponiendo que tendrian que intervenir para algo en aquella cuestion. Muy grato le fué á la Discordia su encuentro con los Celos; pero mucho más cuando supo la causa de su ida al campo mahometano; pues su auxilio le podria servir de mucho para el logro de sus planes. Teniendo ya un excelente medio para enemistar al hijo del rey Agrican con Rodomonte, solo le faltaba encontrar otro para desunir á los demás jefes.

Encamináronse con el enano al sitio donde la garra del terrible pagano se habia clavado en París, y llegaron á la orilla del rio en el momento en que Rodomonte salia de él á nado. En cuanto conoció el sarraceno al mensajero de su amada, dominó su cólera, serenó su frente y se sintió inflamado de nuevo valor, esperando oir alguna noticia agradable; pues estaba muy léjos de sospechar el ultraje que se le habia inferido. Adelantóse al encuentro del enano y le preguntó alegremente:

—¿Qué nuevas me traes de nuestra Doralicia? ¿Dónde te envia?

El enano respondió:

—No puede llamarse tuya ni mia la dama que de otro es sierva. Ayer encontramos en el camino á un caballero, que nos la arrebató y se la llevó consigo.

Apenas profirió el enano estas palabras, se adelantaron los Celos, frios cual la serpiente, y se abrazaron al infiel. El enano continuó su narracion, y refirió cómo un solo caballero se habia apoderado de la doncella, exterminando á cuantos la custodiaban. La Discordia cogió entonces el pedernal y el eslabon, sacó algunas chispas, y aplicando la yesca encendida á la Soberbia, produjo en un momento un fuego abrasador, con el que incendió de tal modo el corazon de Rodomonte, que estuvo á punto de consumirle. El sarraceno rugió de cólera, y con rostro descompuesto y horrible prorumpió en amenazas contra el cielo y los elementos. Como la tigre que al descender desde la montaña á su vacia guarida, empieza á registrarla por todas partes, y comprendiendo al fin que le han sido arrebatados sus hijuelos, se siente acometida de tal furor, tanta rabia y frenesí tan grande, que no la detienen los montes, los rios, ni las tinieblas de la noche, y ni el cansancio, ni el granizo son bastantes á refrenar el odio que la lleva en pos del cazador, así tambien Rodomonte, poseido de frenética ira, se volvió hácia el enano, y diciéndole: «Sígueme», echó á andar sin añadir una sola palabra y sin esperar á proporcionarse un corcel ó un carro. Caminaba con más velocidad que el lagarto cuando atraviesa un camino abrasado por los rayos del Sol. Como carecia, de caballo, se propuso apoderarse del primero que encontrara, de quien quiera que fuese. No bien hubo adivinado la Discordia este pensamiento, cuando miró sonriéndose á la Soberbia, y le dijo que queria ir á buscar un corcel que fuese causa de nuevas querellas y nuevas contiendas para el sarraceno, así como despejar todo el camino, á fin de que no se presentara en él más caballo que el que ella designara; pues ya habia calculado dónde encontrarlo. Pero dejemos á Rodomonte y volvamos á Cárlos.