Despues de la retirada del sarraceno, consiguió Carlomagno dominar el incendio que por todas partes le rodeaba, y en seguida reorganizó sus soldados, colocando guardias en los sitios que ofrecian más débil resistencia. Lanzó los restantes sobre los sarracenos, decidido á terminar de una vez la pelea, y dispuso una salida simultánea por todas las puertas, desde la de San German hasta la de San Víctor, con órden de dirigirse todos al fronte de la puerta de San Marcelo, donde habia una extensa llanura, y de que estas distintas divisiones se esperasen unas á otras, hasta formar un solo cuerpo. En seguida, animando con la voz á sus guerreros y excitándoles á que dieran pruebas tales de su bravura, que se conservara eterno recuerdo de ellas, hizo que los diferentes escuadrones emprendieran la marcha, dando la señal del ataque.
Entre tanto, el rey Agramante habia vuelto á montar á caballo, no obstante los esfuerzos de los cristianos para impedirlo, y trabó un terrible y descomunal combate con el amante de Isabel. Lurcanio, por su parte, cambiaba furiosos golpes con el rey Sobrino; y Reinaldo acometia intrépidamente á un escuadron entero, al que arrollaba, destrozaba y ponia en fuga, ayudado por la fortuna tanto como por su valor. En tal estado se hallaba la batalla, cuando el Emperador atacó la retaguardia de los moros por el sitio en que ondeaba la enseña del rey Marsilio, en torno de la cual se hallaba reunido lo más escogido de los guerreros españoles. Con la infanteria en el centro, y en los flancos la caballeria, dió Cárlos la señal de ataque á sus animosos soldados, acompañado de un horrísono estruendo de clarines y tambores que hasta el cielo retumbaba. Las huestes sarracenas empezaron á batirse en retirada, y hubieran emprendido la huida destrozadas, diseminadas y deshechas, para no volver á reunirse más, si no se hubiesen presentado el rey Grandonio y Falsiron, que más de una vez se habian visto en mayores apuros, acompañados de Balugante, del feroz Serpentin y de Ferragús, que decia á sus soldados con voz estentórea:
—Valerosos guerreros, compañeros, hermanos mios: manteneos firmes, y los enemigos verterán toda su sangre, como no faltemos á nuestro deber. ¡Pensad en la gloria, en el botin inmenso que la fortuna nos depara hoy, si somos vencedores! ¡Pensad tambien en la vergüenza y en la desgracia que nos afligirá eternamente si salimos vencidos!
Diciendo esto, cogió una lanza enorme y cayó sobre Berlingiero, que se estaba batiendo con Argalifa, y ya le habia hecho pedazos el casco: derribóle en tierra, y desnudando la espada, hizo caer otros ocho en su derredor. Cada uno de sus golpes arrojaba de la silla por lo menos á un enemigo. En otra parte, Reinaldo hacia tal matanza de paganos, que me seria imposible calcular su número: donde él se hallaba, no lograban rehacerse sus contrarios, que le hacian ancha plaza. Zerbino y Lurcanio peleaban con iguales brios, distinguiéndose de modo que su nombre circulaba de boca en boca por el campo de batalla: este habia muerto de una estocada á Balastro, jefe de las tropas de Alzerbe, mandadas poco tiempo antes por Tardoco; aquel habia hendido el yelmo de Finaduro, que iba al frente de los soldados de Zamor, Saffi y Marruecos. Pero podrá decírseme: ¿no existia, por ventura, entre los africanos un solo caballero que supiera manejar la lanza ó la espada? Paciencia, que á ninguno privaré de la gloria que haya adquirido.
No dejaré sepultado en el olvido al rey de Zumara, el noble Dardinelo, hijo de Almonte, que derribó con su lanza á Huberto de Milford, Claudio del Bosco, Elio y Dulfin del Monte, y con la espada á Anselmo de Strattford y á Raimundo y Pinamonte de Lóndres, y eso que eran de los más vigorosos. Dos de ellos quedaron sin sentido, uno herido y muertos los cuatro restantes. Mas, á pesar del brillante valor de que daba pruebas, no pudo conseguir que sus soldados resistieran al ímpetu de los nuestros, menos numerosos en verdad, pero tambien más valientes, más expertos en el manejo de las armas y mucho mejor disciplinados y equipados: así es que los moros de Zumara, de Ceuta, de Marruecos y de Canarias emprendieron la fuga, y en especial los de Alzerbe, á quienes se opuso el noble jóven, procurando reanimarlos, ya con sus ruegos, ya con palabras duras.
—Ahora veremos si Almonte mereció que respetárais su memoria, les dijo; ahora veré tambien si sois capaces de abandonarme á mí, á su hijo, en medio de tan gran peligro. Deteneos; os lo ruego en nombre de mi juvenil edad, en la que habeis fundado toda vuestra esperanza. ¿Preferireis acaso morir sin defenderos, y que no vuelva ni uno solo de nosotros al África? Si no permanecemos estrechamente unidos, todos los caminos se nos cerrarán; porque al regresar separados, tropezaremos con las montañas, que cual elevados muros nos rodean, y con el proceloso mar, que es un foso demasiado ancho. Mucho mejor es perecer aquí, que entregarse á merced de esos perros. Por Dios, amigos mios, conservad vuestro ánimo; porque cualquiera otra determinacion es inútil, y debeis además considerar que nuestros enemigos no tienen más alma, más vida, ni más brazos que nosotros.
Diciendo estas palabras, el vigoroso jóven acometió al conde de Athol y le dió la muerte.
El recuerdo de Almonte reanimó de tal modo el valor del ejército africano, antes fugitivo, que juzgó mejor defenderse á todo trance, que volver las espaldas. Guillermo de Burnick sobresalia entre todos los guerreros ingleses de toda la altura de su cabeza: le atacó Dardinelo y se la cortó de un solo tajo, igualando así su estatura á la de los otros. Despues hizo lo mismo con Aramon de Cornouailles, cuyo hermano corrió á prestarle auxilio; pero Dardinelo le hendió desde los hombros hasta donde termina el estómago: en seguida atravesó el vientre á Bogio de Vergalle, dispensándole con esto de cumplir la promesa que á su esposa habia hecho de regresar á su lado vencedor al cabo de seis meses. El gallardo Dardinelo divisó no muy léjos á Lurcanio, que habia tendido á sus piés á Dorquin con la garganta atravesada, y á Gardo con la cabeza hendida hasta los dientes, y acababa de inmolar á Alteo, que quiso huir, pero lo hizo con demasiada lentitud, pues alcanzándole el guerrero escocés, le asestó un golpe en la nuca que le causó la muerte. Al ver el africano tendido á Alteo, á quien amaba tanto como á si propio, cogió una lanza y corrió á vengarle, ofreciendo á Mahoma (dado caso de que le pudiera oir), que si lograba vencer á Lurcanio, colgaria como ofrenda su armadura en la mezquita del falso profeta. Atravesando como un relámpago el espacio que del cristiano le separaba, le dió en un costado tan violento bote de lanza, que le pasó de parte á parte, mandando á sus soldados que le despojaran de sus armas.
Juzgo inútil describir el dolor que sintió Ariodante por la pérdida de su hermano, así como manifestar los deseos que tuvo de enviar por su propia mano el alma de Dardinelo á los infiernos. Pero la apiñada multitud de moros y cristianos no le dejó el paso franco. Anhelaba una pronta venganza, y para satisfacerla procuraba abrirse un camino sangriento con la espada. En su furor arrollaba, aterrorizaba, ponia en fuga, heria ó exterminaba á cuantos salian á su encuentro ó le hacian frente. Dardinelo, conociendo los deseos de Ariodante, se esforzaba por su parte en allanarle el camino para realizarlos, aunque en vano, porque tambien se lo impedia la muchedumbre que tenia delante y que esterilizaba todos sus esfuerzos. Si el uno causaba una espantosa mortandad en los moros, el otro le imitaba, haciendo exhalar el último aliento á un sinnúmero de escoceses, de ingleses y franceses. La Fortuna interceptó de tal modo su camino, que no lograron encontrarse frente á frente en todo el dia: reservaba á Dardinelo un adversario más famoso, pues el hombre rara vez, consigue burlar su estrella. Reinaldo se dirigia hácia aquel lado, á fin de que la aglomeracion de los guerreros no sirviese de defensa á la vida de uno de sus enemigos. Reinaldo se acercaba, guiado por la Fortuna, que queria proporcionarle la gloria, de arrancar la existencia á Dardinelo.
Pero baste por ahora con lo dicho acerca de las ínclitas proezas que se llevaban á cabo en Occidente. Tiempo es ya de volver á Grifon, á quien dejé lleno de ira y despecho, haciendo huir á aquella despavorida multitud con un miedo cual nunca lo hablan conocido los fugitivos. Admirado Norandino de aquel tumulto, corrió á informarse por sí mismo de la causa que lo motivaba, seguido de más de mil guerreros armados. Al ver el Rey huir á todo el pueblo, se adelantó con sus tropas hácia la puerta, é hizo que la abrieran inmediatamente. Habiendo ahuyentado Grifon entre tanto á aquella turba soez y cobarde, se cubrió de nuevo con la despreciada armadura de Martan, presumiendo que tendria necesidad de emplearla en su defensa; y retirándose á un templo próximo, rodeado de sólidas paredes y de un foso profundo, se hizo fuerte á la cabeza de un puente que le daba acceso, á fin de que sus enemigos no pudieran cogerle en medio. Salió de pronto por la puerta de la ciudad un numeroso escuadron de soldados, prorumpiendo en gritos y amenazas, que ni le hicieron variar de posicion, ni sentir el menor espanto. Cuando aquella hueste estuvo cerca de él, salió á su encuentro hasta la mitad del camino, y despues de haber hecho en ella una espantosa carnicería empuñando la espada con ambas manos, se refugió en el estrecho puentecillo, y desde allí continuó teniendo á raya á sus agresores, ya acometiendo á su vez, ya retirándose, pero dejando siempre sangrientas huellas de su paso. Caian sin cesar infantes y ginetes al impulso de sus descomunales cuchilladas; á pesar de lo cual, aquella lucha iba haciéndose cada vez más encarnizada y peligrosa; porque el pueblo entero acudia contra él, en términos de que Grifon temió al fin sucumbir, agobiado por la multitud que le estrechaba de cerca, y además por estar herido en el hombro y en el muslo izquierdo y sentir que le iba faltando el aliento. Pero la Virtud, protectora de los valientes, le hizo encontrar gracia para con Norandino; mientras este rey acudia á informarse de la causa del tumulto, tuvo ocasion de ver á tantos vasallos suyos muertos ó cubiertos de heridas, que parecian hechas por la mano de Héctor[119], como testimonio fehaciente de la injusticia con que poco antes habia infligido un castigo afrentoso á un caballero intachable. Cuando poco despues se aproximó á Grifon, y pudo contemplar de cerca al guerrero que estaba exterminando á sus gentes y tenia ante sí un horrible monton de cadáveres, cuya sangre enrojecia el agua de aquel foso, creyó ver al mismo Horacio defendiendo el puente contra la Toscana entera[120].