Anhelando salvar la vida de tan esforzado campeon, y reparar su anterior injusticia, que no podia menos de redundar en su descrédito, hizo que se retiraran sus gentes, lo que en honor de la verdad, no le costó gran trabajo, y elevando la mano desnuda y sin armas, ademan usado antiguamente en señal de tregua ó de paz, gritó á Grifon:

—Confieso que estoy arrepentido y que me pesa en el alma la falta que he cometido contigo; pero mi poca reflexion por una parte, y por otra, las instigaciones de algunas personas, me han obligado á incurrir en tan grave error. He hecho sufrir al caballero más digno del mundo lo que creia dirigido al más villano; y aun cuando el honor que te dispenso al hablarte de este modo iguala y disminuye, ó mejor aun, supera á la injuria y á la afrenta que se te ha hecho hoy por ignorancia, estoy dispuesto á darte la mayor satisfaccion que me sugiera mi mente ó que sea digna de mi poder, y ojalá pudiera consistir en oro, en castillos ó en ciudades. Pídeme, si así te parece, la mitad de mis estados: pronto estoy á cedértelos; pues tu preclaro valor no solo te hace merecedor de este donativo, sino tambien dueño de mi corazon: y en prueba de ello, hé aquí mi mano; estréchala, en señal de fé y amistad eterna.

Así diciendo, se apeó del caballo y tendió á Grifon su diestra.

El jóven guerrero, conmovido ante la bondad de Norandino, que se adelantaba hácia él con los brazos abiertos, olvidó su saña, arrojó la espada, y le abrazó humildemente las rodillas. Observando el Monarca que de las dos heridas de Grifon brotaba copiosa sangre, mandó inmediatamente que la restañaran, y despues le hizo llevar á la ciudad, alojándole en su real palacio, donde pasó algunos dias sin poderse armar, curándose de sus heridas.

Pero dejémosle en Damasco, y acudamos á Palestina al encuentro de su hermano Aquilante y de Astolfo. Desde que Grifon se alejó de los santos muros de Jerusalen, no cesaron los dos caballeros de buscarle por todos los sitios de aquella ciudad dignos de veneracion, recorriendo tambien todos los alrededores, sin que uno ni otro consiguieran averiguar su paradero. Iban perdiendo ya la esperanza de lograr su objeto, cuando tropezaron casualmente con el peregrino griego de que en otro lugar he hablado, el cual, conversando con ellos, les manifestó que Origila habia emprendido el camino de Antioquía de Siria en compañía de un nuevo amante, hijo de aquella ciudad, del que se habia prendado repentinamente. Aquilante le preguntó si habia participado tal noticia á Grifon; y oida la contestacion afirmativa del peregrino, dedujeron desde luego la causa de la ausencia de aquel; la cual no podia ser otra sino el deseo de ir á Antioquía en busca de Origila con intencion de arrancarla de las manos de su rival y tomar de él grande y memorable venganza.

Aquilante no podia tolerar que su hermano hubiese acometido semejante aventura sin ir en su compañía: así es que apercibió sus armas, y marchó en su seguimiento, rogando antes á Astolfo que demorase su regreso á Francia y al hogar paterno hasta que él volviese de Antioquía. Pareciéndole más rápido y mejor el viaje por mar, bajó hasta Jaffa, donde se embarcó. Tuvo durante la navegacion un viento del Mediodia tan fuerte y al mismo tiempo tan favorable á sus deseos, que al dia siguiente divisó las costas de Sour[121] y las de Sakfet, unas tras otras; pasó despues por Beyruth y Dgebileh, dejando á su izquierda la isla de Chipre, y dirigió la proa hácia el golfo de Layax, costeando las playas de Tortosa de Trípoli y Lizza. El piloto hizo virar la nave, airosa y veloz, en direccion del Oriente, y encaminó su rumbo en demanda del Oronte[122], por cuya embocadura entró bien pronto. Una vez allí, Aquilante hizo echar el puente, saltó en tierra, y montado en su brioso corcel, marchó por la orilla del rio hasta llegar á las puertas de Antioquía.

En aquella ciudad procuró adquirir los informes necesarios con respecto á Martan, y supo que se habia ido con Origila á Damasco, donde debia celebrarse un gran torneo por órden del Rey. Le aguijoneaba de tal modo el deseo de ir en pos de Martan, persuadido como estaba de que su hermano le habria seguido, que en el mismo dia salió de Antioquía, si bien no creyó oportuno volver de nuevo á embarcarse. Dirigióse pues por el camino de Lidda y Larisa, dejando á sus espaldas á la rica y populosa Alepo. El Supremo Hacedor, para mostrar que en este mundo no deja sin recompensa á las buenos ni sin castigo á los malos, hizo que Aquilante encontrase á Martan á una legua escasa de Manuga. Martan hacia llevar delante de sí, con grande aparato, los premios alcanzados en el torneo.

A primera vista creyó Aquilante que aquel infame era su hermano, engañado por las armas y por las vestiduras más blancas que la nieve intacta de que iba engalanado Martan: lanzó una exclamacion de alegría, é iba á hablarle, cuando conociendo su error, expiró la palabra en sus labios y oscurecióse su semblante. Inmediatamente le asaltó la sospecha de que Grifon podria haber muerto á manos de Martan, víctima de algun engaño tramado por Origila, y le gritó:

—Dime, tú, que debes de ser un ladron y un traidor, como lo demuestra tu semblante; ¿dónde has adquirido esas armas? ¿dónde has montado en el excelente corcel de mi hermano? Dime si Grifon ha muerto ó vive, y como es que le has privado de sus armas y de su caballo.

Cuando Origila oyó los acentos de aquella voz furiosa, volvió rápidamente las riendas á su palafren para huir; pero Aquilante fué más veloz que ella y la obligó á volver de buen ó mal grado. Martan, sobrecogido de improviso por las amenazas terribles del caballero, se puso lívido, empezó á temblar como la hoja en el árbol y no supo qué decir ni qué hacer. Aquilante continuó en sus insultos y amenazas, llegando hasta ponerle la espada en la garganta, y jurando degollar á ambos si no le revelaban toda la verdad de lo acaecido. Martan, en mal hora llegado á aquel sitio, balbuceó algunas palabras, y buscando en su imaginacion algun pretexto que disminuyera su falta, contestó por fin: