—Has de saber, Señor, que esta dama es hermana mia, y como yo, hija de padres honrados y virtuosos, si bien Grifon la ha obligado vivir deshonestamente con él para vergüenza y oprobio de mi hermana. Yo, que no podia soportar tal infamia, pero que tampoco me sentia con ánimo suficiente para arrebatarla á la fuerza á tan bravo caballero, determiné valerme para conseguirlo de la astucia y del disimulo. Concerté con mi hermana, cuyo deseo más vivo era el de volver á su vida honrada, el modo de llevar á cabo mi proyecto, y un dia, mientras Grifon dormia tranquilamente, se alejó cautelosamente de su lado. Para impedirle que la siguiera y desconcertara nuestros planes, nos apoderamos de su corcel y de sus armas, y hemos llegado aquí en el estado en que nos ves.
Hubiera podido Martan envanecerse por su superchería, á la que fácilmente diera crédito Aquilante, mucho más cuando era verosímil lo del robo de las armas, caballo y demás prendas pertenecientes á Grifon; pero quiso llevarla demasiado léjos, añadiendo á ella una insolente mentira, como era la de suponer hermana suya á Origila, y esto fué lo que le vendió; porque como Aquilante habia sabido en Antioquía por muchos conductos que aquella era su concubina, conoció el ardid, y exclamó lleno de cólera:—Mientes, ladron.—Y en seguida le descargó un puñetazo tan terrible en el rostro, que le obligó á tragarse dos dientes. Sin detenerse á más, ni darle otras explicaciones, le asió los brazos y se los ató á la espalda con una cuerda, haciendo otro tanto con Origila, á pesar de todos sus ruego y protestas. Aquilante los hizo caminar luego ante si, cruzando ciudades y castillos, sin abandonarles un momento hasta que llegaron á Damasco, propuesto como estaba á llevarlos, haciéndoles sufrir toda clase de humillaciones, hasta el fin del mundo, si necesario fuese, ínterin no encontrase á su hermano, á cuya merced deseaba entregarlos.
Acompañado de ambos cómplices, de sus escuderos y de sus palafrenes, entró Aquilante en Damasco, y apenas puso en la ciudad los piés oyó el nombre de Grifon circulando de boca en boca en medio de alabanzas universales. Los grandes, los pequeños, todos los habitantes, en fin, de Damasco le conocian ya, y sabian que él era el que dió tantas pruebas de su valor en el torneo, y que un compañero suyo le habia arrebatado el premio de la jornada con una audacia increible. Apenas entró Martan en la ciudad, fué conocido, y señalándole los transeuntes con el dedo, empezaron á decir:
—¿No es ese el vil cobarde que se apropia las hazañas de otro, y ha hecho recaer su infamia y su oprobio en un caballero valiente, aunque no tan astuto como él?—¿No es esa la ingrata mujer que vende á los buenos y ayuda á los perversos?
—Son tal para cual, decian otros; parecen nacidos el uno para el otro.
Empezaron á llenarles de improperios, y á correr tras ellos furiosos, gritando:—«Que los empalen; que los quemen vivos; que los descuarticen.»—El populacho, ansioso de verlos, corria, se empujaba y salia á su encuentro por las calles y plazas. Pronto llegó á oidos del Rey esta noticia, que le causó al parecer tanto regocijo como si hubiese conquistado otro reino. Sin esperar á que se reuniese su escolta, salió presuroso y tal como se encontraba al encuentro de Aquilante, que habia conseguido vengar á su hermano: le dispensó una acogida tan cordial como honrosa, le ofreció un asiento á su mesa y alojamiento en su palacio, y habiendo mandado encerrar á los dos presos en una torre, le acompañó á la cámara en que aun se hallaba Grifon retenido en el lecho por sus heridas. Ruborizóse este así que vió á su hermano, por suponer que debia ya tener noticia de su aventura, y despues que Aquilante se hubo burlado un poco á sus expensas, determinaron imponer un justo castigo á aquellos dos culpables que habian caido en manos de sus adversarios. Aquilante y el rey querian hacerles sufrir mil distintas penas; pero Grifon intercedió por ambos, no atreviéndose á hablar en favor de Origila sola, y empleó toda su elocuencia para alcanzar su perdon, logrando que Norandino consintiera en que Martan no muriese, si bien deberia ser azotado públicamente por mano del verdugo. Al siguiente dia le hicieron recorrer todas las calles de la ciudad, sujeto con ligaduras que no eran por cierto de flores ni hojas, y le azotaron ignominiosamente. En cuanto á Origila, dispusieron que continuase cautiva hasta el regreso de la bella Lucina, á cuyo recto juicio pensaban someter el castigo que deberia inflijírsele. Aquilante permaneció en el palacio, sumamente agasajado, esperando que su hermano se restableciese y pudiera soportar el peso de las armas.
El rey Norandino, á quien sirvió de prudente leccion el error en que habia incurrido, continuaba pesaroso y triste sin poder perdonarse el haber prodigado tantos ultrajes á un caballero, digno, por el contrario, de honra y de estimacion: así es que dia y noche estaba su pensamiento ocupado en arbitrar el medio de darle la más brillante reparacion. Considerando que, pues los habitantes de Damasco habian sido testigos de la afrenta del guerrero, era justo que lo fuesen tambien de su rehabilitacion, y que esta habia de ser tan gloriosa y tan cumplida cual á un gran rey convenia, determinó restituirle públicamente el premio que un traidor con tanta falacia le arrebatara; y en su consecuencia hizo anunciar por todos sus estados que de allí á un mes se celebraria otro torneo. Los preparativos que para él se hicieron fueron acompañados de una pompa verdaderamente régia: la Fama, extendiendo sus voladoras alas, llevó en breve la noticia por toda la Siria, por Fenicia, por Palestina, y llegando á oidos de Astolfo y del Virey de aquella region, los indujo á tomar parte en las justas. La historia ha calificado siempre á Sansoneto de guerrero valiente y cumplido caballero. Segun he dicho en otro lugar, Orlando fué su padrino, y Carlomagno le confió el gobierno de la Tierra Santa. Astolfo y él hicieron sus preparativos de viaje, y se dirigieron á la ciudad de Damasco, donde se disponian fiestas tan famosas cual repetia incesantemente la fama.
Cabalgando iban por aquellas comarcas, á jornadas cortas, y con lento paso, á fin de conservar todas sus fuerzas y vigor para el dia del torneo, cuando toparon en la encrucijada de dos caminos con una persona que por su traje y ademanes parecia un hombre, aun cuando era una mujer de maravillosa intrepidez en los combates. Aquella doncella llamábase Marfisa; su valor era tan asombroso que, espada en mano, habia hecho sudar muchas veces al Señor de Brava y al de Montalban; y se ocupaba en ir de acá para allá, armada dia y noche, buscando por montes y llanos caballeros andantes con quienes medir sus armas para adquirir un glorioso renombre. En cuanto divisó á Astolfo y Sansoneto que hácia ella se dirigian completamente armados, y pudo apreciar su marcial continente, su elevada estatura y vigorosos miembros, creyó habérselas con dos guerreros esforzados; y ya habia lanzado su caballo á golpe, dispuesta á desafiarlos y deseosa de manifestar su intrepidez, cuando fijando
Astolfo, acompañado de Sansoneto, encuentra á Marfisa en el camino de Damasco.
(Canto XVIII.)