Mientras el Paladin estaba hablando con Grifon, llegó Aquilante, le conoció tan luego como le oyó hablar con su hermano, y renunció á sus deseos de venganza. Entre tanto iban acercándose muchos de los caballeros de Norandino, si bien se mantenian á cierta distancia, tanto por no atreverse á avanzar más, cuanto porque, al verlos conferenciando, no quisieron interrumpirles, esperando el resultado de su plática. Al oir uno de ellos que estaba allí Marfisa, cuya fama de valor era universal, volvió el caballo y fué á aconsejar á Norandino que, si no queria ver muertos á todos sus súbditos, dispusiera lo necesario, antes de que tal sucediera, para arrancarlos de las manos de Tisifona[123] y de la muerte, porque la misma Marfisa en persona era la que se habia apoderado de la armadura.

Al escuchar Norandino aquel nombre tan temido en todo el Oriente, y ante el cual hasta los más valientes sentian erizárseles los cabellos de espanto por mas que Marfisa residiese con frecuencia á bastante distancia de aquel país, fué de la misma opinion que el caballero que le habia llevado la noticia, y se apresuró á llamar y reunir en torno suyo á todos sus guerreros, cuya cólera se habia trocado en temor.

En el ínterin los hijos de Olivero, Sansoneto y el hijo de Oton suplicaron con tan vivas instancias á Marfisa que pusiera término á tan crueles discordias; que al fin alcanzaron su asentimiento. Adelantándose con semblante altivo hácia el Rey, le dijo la guerrera:

—Ignoro, Señor, con qué derecho pretendes dar como premio al vencedor del torneo una armadura que no te pertenece, pues es exclusivamente mia, aunque un dia me ví obligada á abandonarla en medio del camino de Armenia para perseguir á pié á un ladron que me habia inferido una grave ofensa. Mi divisa, si es que la conoces, puede atestiguar la verdad de mis palabras.

Y le mostró grabada en la coraza aquella divisa, que consistia en una corona dividida en tres pedazos.

—Es cierto, repuso Norandino, que hace pocos dias me entregó esa armadura un mercader armenio; pero si me la hubieseis pedido, os la habria cedido sin dificultad, fuese ó no vuestra; porque á pesar de habérsela regalado ya á Grifon, tengo en él tal confianza, que estoy seguro de que me habria devuelto ese presente, con tal de facilitarme tan justa restitucion. Por lo demás, no es necesario alegar que tiene vuestra divisa para atestiguar que os pertenece; bástame con vuestra palabra, á la que doy más crédito que á cualquier otro testimonio; aparte de que esa armadura debe pasar tambien á vuestras manos como digna recompensa del sublime valor que habeis demostrado. Recibidla, pues, y olvidemos esta querella: Grifon tendrá otro galardon más espléndido.

Este guerrero, que deseaba más dejar al Rey tranquilo y satisfecho, que adquirir la disputada armadura, contestó:

—Mi mayor recompensa consistirá en saber que continúo siendo agradable á vuestros ojos.

Sin embargo, decidida Marfisa á que su desinterés corriera parejas con su valor, y deseando adquirir para sí toda la gloria, se empeñó en ceder á Grifon con gentil gallardía la armadura en cuestion, y por último la admitió como regalo del jóven.