Volvieron entonces á la ciudad en paz y buena armonía, á consecuencia de lo cual redobláronse los festejos. Continuó el interrumpido torneo, cuyo premio alcanzó Sansoneto, porque ni Astolfo, ni los dos hermanos, ni Marfisa, la más esforzada de los cuatro, quisieron tomar parte en él, á fin de procurar, como buenos amigos y compañeros, que Sansoneto saliese vencedor. Despues de haber pasado ocho ó diez dias en el palacio de Norandino, disfrutando de las fiestas y placeres con que este los agasajó, se despidieron de él, anhelando regresar á su querida Francia, de la que no podian vivir tanto tiempo ausentes. Marfisa, que deseaba hacer aquel viaje, para medir sus armas con los paladines franceses y conocer por si misma si sus hazañas correspondian á lo que la Fama iba pregonando, marchó en su compañía. Sansoneto dejó encomendado á otro caballero el gobierno de Jerusalen, y los cinco, formando un escogido grupo de guerreros, que difícilmente encontraria competidores en el mundo, se despidieron, como he dicho, de Norandino, y se encaminaron á Trípoli con objeto de embarcarse.

En aquel puerto encontraron una carraca[124] cargada de mercaderías con destino á Occidente, y ajustaron su pasaje y el de sus caballos con el viejo capitan del buque, que era natural de Luna[125]. El tiempo, que no podia ser más sereno y bonancible, les presagiaba una próspera navegacion. Zarparon, en breve, é hinchando un viento favorable las velas, alejáronse pronto de la costa. Hicieron su primera escala en la isla consagrada á la Diosa de los amores, cuyos habitantes acogen benignamente á los forasteros, pero sus aires acortan la vida y hasta destemplan el hierro. La causa de esto consiste en un pantano: y en verdad que la naturaleza no debia haber cometido con Famagusta la falta de acercarla á la maligna Constanza[126], cuando tan benigno es el clima del resto de la isla de Chipre. El pestífero olor que despide el pantano no permitió que la embarcacion estuviese anclada mucho tiempo en sus inmediaciones. Aprovechando por esta razon un Levante favorable, desplegó todas sus velas y costeando las playas de Chipre, fondeó en Pafos, apresurándose los navegantes á saltar en sus vistosas orillas, unos para descargar mercancias y otros para recorrer aquel país del amor y los placeres.

A seis ó siete millas del mar, el terreno va elevándose paulatinamente hasta la cumbre de un collado ameno. Los mirtos, los cedros, los naranjos, los laureles y otros mil árboles aromáticos cubren la campiña. El sérpol, la mejorana, las rosas, los lirios y el azafran exhalan tan suaves perfumes desde aquel embalsamado terreno, que se perciben desde léjos en el mar cuando soplan los vientos de tierra. Un arroyo fecundo, formado por un claro manantial, va regando toda aquella playa, cuyo conjunto es tal, que desde luego se conoce que aquel sitio tan ameno y delicioso pertenece á la hermosa Venus: las mujeres y las doncellas son allí más agradables é incitantes que en cualquier otro país del mundo, y la Diosa las inflama con su fuego á todas ellas, jóvenes ó viejas, de tal modo, que se abrasan de amor hasta el fin de su vida.

Los viajeros oyeron referir allí la aventura del Ogro y de Lucina, de que ya habian tenido conocimiento en Siria, y supieron además que en Nicosia estaba haciendo la Princesa los preparativos necesarios para ir á reunirse con su esposo.

Estando ya listo el patron, y soplando un viento favorable, levó anclas, viró hácia Poniente y desplegó todas las velas. Pronto se encontraron en alta mar, empujados por un mistral bonancible; pero de improviso el Poniente, que habia estado adormecido mientras el Sol brilló en el horizonte, empezó á soplar con violencia, luego que se hizo de noche, y agitó furiosamente la nave. Estalló por último la tempestad, acompañada de tantos relámpagos y truenos, que no parecia sino que se desgarraba el firmamento y ardia por todas partes. Las nubes cubrieron todo el espacio con un tenebroso velo que ocultaba la luna y las estrellas: el mar por abajo, el cielo por arriba, y el viento por todas partes, despedian horrísonos bramidos; una tormenta deshecha de lluvia y espeso granizo acosaba á los navegantes, mientras la noche, haciendo cada vez más profundas sus tinieblas, se extendia sobre las formidables y furiosas olas. Preparáronse los marineros á echar mano de todos los recursos del arte en que son tan celebrados; y al paso que uno iba por todas partes haciendo resonar su silbato, con cuyos agudos sonidos ordenaba la maniobra, otros preparaban el áncora de reserva; estos tendian los cables ó arriaban las vergas, aquellos se afianzaban al timon, algunos reforzaban los mástiles, y los demás cuidaban de tener despejada la cubierta.

El furioso temporal fué en aumento durante toda aquella noche caliginosa y más lóbrega que el Infierno. Creyendo el piloto que en alta mar serian menos impetuosas las olas, procuraba alejarse cada vez más de la costa, oponiendo siempre la proa á los embates de aquellas y á la furia del viento, esperando que al rayar el alba cesaria la fortuna de perseguirlos ó se mostraria más humana. Pero léjos de calmarse la tempestad, creció su violencia con el dia, si puede darse este nombre á aquella sucesion de horas cuya claridad era tan débil, que apenas disipaba las tinieblas. Perdida toda esperanza, y abrigando ya algun temor, se abandonó el abatido marino á merced de las olas; volvió la popa del buque en direccion del viento y se decidió á correr aquella tempestad, cuidando antes de amainar las velas.

Mientras la veleidosa Fortuna se burlaba en el mar de los trabajados navegantes, no por eso dejaba en reposo á los que, en tierra firme, peleaban en Francia, donde continuaban su combate sangriento los sarracenos y los ingleses, y donde Reinaldo seguia acometiendo y arrollando los escuadrones enemigos, cuyas banderas pisoteaba. Ya dije que habia lanzado su Bayardo sobre el gallardo Dardinelo. Al ver Reinaldo el blason que el hijo de Almonte ostentaba orgulloso en su escudo, juzgó que el que lo llevaba deberia ser un guerrero distinguido con el que no podria desdeñarse de medir sus armas. Se ratificó en esta opinion cuando estuvo más cerca de él y contempló los cadáveres amontonados en su derredor, por cuya causa dijo:—«Fuerza será cortar de raiz esa mala yerba, antes de que crezca y produzca mayores males.»

Por donde quiera que iba el Paladin, todos se apartaban abriéndole ancho paso; pues el cristiano sabia despejar el terreno tan bien como su enemigo, con aquella fulminante espada, de todos temida. Cuando Reinaldo vió que entre él y el mísero Dardinelo no quedaba ya nadie, y que sus soldados no se atrevian á seguirle, le gritó:

—Jóven, el que te legó ese escudo te dió una herencia fatal. Voy á probar, si eres capaz de hacerme frente, cómo defiendes esos cuarteles rojos y blancos; pues si tu brazo es ahora débil para resguardarte de mí, mucho más lo seria si combatieras con Orlando.