Dardinelo respondió:
—En breve te persuadirás de que si llevo este blason es porque sé defenderlo, y porque estoy seguro de aumentar con mis acciones el brillo del escudo que heredé de mi padre. Aun cuando me ves tan jóven, no creas por eso que soy capaz de huir ó de entregarte el escudo: antes que apoderarte de él, me has de arrancar la vida; pero, en Dios confio que sucederá lo contrario. En fin, sea cual fuere mi suerte, nadie podrá censurarme por haberme hecho indigno de mis progenitores.
Y así diciendo acometió al caballero de Montalban espada en mano.
Un sudor frio heló la sangre que en derredor del corazon tenian los africanos, cuando vieron á Reinaldo lanzarse sobre su señor con una furia semejante á la del leon que se arroja en el prado sobre un novillo que aun no ha sentido los deseos del amor. El Sarraceno fué el primero en descargar un golpe, pero en vano intentó abrir el yelmo de Mambrino. Sonrióse Reinaldo y exclamó:
—Vas á ver cómo se encontrar las venas mejor que tú.
A un tiempo mismo clavó los acicates en su corcel y le tiró de las riendas, dirigiendo tan certera estocada contra Dardinelo, que, entrándole el acero por el pecho, le salió la punta por la espalda. Al sacar la espada, escapóse el alma del Sarraceno mezclada con su sangre por aquella ancha herida, y el cuerpo del infortunado cayó frio y desangrado del caballo.
Cual purpúrea flor que, tronchada por la reja del arado, languidece y muere, ó como la amapola que demasiado cargada de rocío inclina en el huerto la corola, así salió de esta vida Dardinelo, desapareciendo todo color de su rostro: con su muerte desvanecióse tambien el valor y la audacia de los suyos; y así como las aguas, á veces contenidas ó encerradas por medio de algun artificio, suelen desbordarse con gran estrépito, cuando les falta este apoyo, del mismo modo los africanos, que estaban hasta cierto punto contenidos mientras su Dardinelo les infundia algun valor, empezaron á huir en todas direcciones, apenas le vieron caer exánime del caballo.
Reinaldo no se opuso á la huida de los que en ella fiaban su salvacion, procurando que los imitaran los que pretendian resistirse aun. Ariodante, que estuvo al lado de Reinaldo la mayor parte del dia, no dejaba en pié un solo enemigo al alcance de su mano. Lionelo y Zerbino, por su parte, continuaban su obra de exterminio, con un ardor siempre creciente; y hasta el mismo Carlomagno y Olivero, Turpin, Guido, Salomon y Ogiero cumplieron con su deber en aquella jornada, tan fatal para los moros, que estuvieron á punto de perecer todos en ella. Pero el prudente rey de España hizo tocar retirada, y se alejó con los restos de su ejército: juzgando más conveniente declararse vencido que perder vida y hacienda, prefirió retirarse y salvar algunos batallones, á prolongar la resistencia y ser causa de su completo exterminio. Hizo, pues, retroceder sus banderas hácia el campamento moro, que estaba defendido por fosos y trincheras, siguiéndole Estordilano, el rey de Andalucia, y un numeroso escuadron de portugueses; y envió á decir al rey de Berbería que se retirase del mejor modo posible, añadiéndole que si conseguia salvar la persona y las posiciones ocupadas, deberia darse por muy satisfecho.
Este monarca, á quien jamás habia mostrado la Fortuna un rostro tan cruel y adverso, y que estaba casi completamente derrotado, iba perdiendo la esperanza de volver á ver á Biserta[127]; por lo cual se tuvo por muy dichoso al saber que Marsilio habia puesto en seguridad una parte de sus tropas. Empezó, pues, á batirse en retirada haciendo que retrocedieran sus banderas, y reuniendo sus escasos soldados.