Pero la mayor parte de estos se hicieron sordos al ruido de los clarines y tambores y demás instrumentos bélicos; y poseidos de un terror pánico, cedieron á la cobardía y se precipitaron en el Sena, donde quedaron ahogados muchos de ellos. El rey Agramante, Sobrino y sus capitanes más valientes se esforzaban en aminorar la derrota, corriendo y fatigándose de una en otra parte, para conseguir que los fugitivos regresaran en órden á sus trincheras; pero ni el Rey, ni Sobrino, ni capitan alguno pudieron lograr, á pesar de sus afanes, de sus ruegos, y amenazas, que se retiraran en pos de las banderas, no ya todos, sino ni la tercera parte siquiera de los que huian. Lo menos perecieron ó huyeron dos por cada uno de los que quedaron, y aun estos no muy sanos; pues el que no estaba herido en el pecho, lo estaba en la espalda, y todos molidos y asendereados.

Perseguidos los sarracenos con tenacidad hasta sus mismas trincheras, no habrian estado seguros tampoco en ellas, á pesar de las medidas que tomaban para resistirse, pues Carlomagno sabia asir la ocasion por su único cabello, si no hubiese venido á suspender el combate la noche tenebrosa, enviada quizás más pronto que de ordinario por el Sumo Hacedor, apiadado de sus criaturas. La sangre inundaba la campiña, y corriendo como un gran rio, cubria todos los caminos. Contáronse hasta ochenta mil hombres pasados á cuchillo aquel dia. Los campesinos y los lobos salieron durante la noche de sus grutas á despojarlos los unos y á devorarlos los otros.

El Emperador no volvió á entrar en la ciudad, sino que acampó fuera de sus muros, asediando á los enemigos en sus tiendas, y disponiendo que por todas partes se encendieran hogueras. Los paganos, por su parte, abrieron nuevos fosos, levantaron nuevas trincheras y bastiones; los jefes estuvieron constantemente vigilando el campo y recorriendo todos los puestos para impedir que se durmieran los centinelas, y ni uno solo abandonó las armas en toda la noche. En el campamento de los intranquilos sarracenos no dejaron de verterse lágrimas, y de exhalarse suspiros y lamentos durante la noche, pero tan ahogados y contenidos cuanto era posible. Los unos lloraban por la pérdida de sus parientes ó amigos; los otros por el dolor que les causaban sus heridas ó por las incomodidades que padecian, y todos en general por temer una suerte mucho más funesta.

Entre los moros habia dos jóvenes, de oscuro linaje, nacidos en Tolemaida, cuya historia es digna de ser escrita, por haber ofrecido un ejemplo raro de verdadero amor. Llamábanse Cloridano y Medoro, y lo mismo en la próspera que en la adversa fortuna habian profesado un afecto sin límites á Dardinelo, en cuya compañía pasaron á Francia. Cloridano, que habia sido toda su vida cazador, reunia á su robustez una notable agilidad. Medoro, que apenas acababa de salir de la pubertad, conservaba todavia el cutis fresco, blanco y sonrosado: entre todos los moros que habian acudido á aquella empresa no se conocia uno de rostro más bello y agradable: tenia los ojos negros, los cabellos blondos y ensortijados, y parecia, en suma, un ángel descendido del celeste coro. Ambos estaban de centinela en las trincheras, así como otros muchos, vigilando por la seguridad del campamento, á la hora en que la Noche, á la mitad de su carrera contemplaba al cielo con ojos soñolientos. Medoro no sabia hablar más que de su señor, del desgraciado Dardinelo de Almonte, lamentándose amargamente de que hubiese quedado tendido en el campo sin vida y sin gloria. Vuelto hácia su compañero, le decia:

—¡Ay! Cloridano, no puedo expresarte el dolor que siento al pensar que mi señor ha quedado tendido en la llanura, para servir probablemente de pasto á los lobos y á los cuervos. Al recordar su benevolencia y su humanidad para conmigo, me parece que aun cuando vertiera toda mi sangre por él y por su fama, pagaria escasamente la inmensa deuda de mi gratitud. Así es que, no pudiendo resignarme á que permanezca insepulto en medio del campo, voy á salir á buscarlo, y tal vez Dios permitirá que llegue sin ser descubierto hasta el sitio en que acampa ahora el rey Carlos. Quédate tú aquí; pues si en el cielo está escrito que he de morir, podrás así dar cuenta de mi muerte; y ya que la Fortuna se oponga á tan humanitaria obra, se hará por lo menos justicia á mi buen corazon.

Estupefacto se quedó Cloridano al ver tanto ánimo, tanto amor y lealtad tanta en un niño, y como sentia por él un grande afecto, procuró disuadirle de semejante propósito; pero fueron inútiles todos sus esfuerzos, porque un dolor tan verdadero como el de Medoro no se consuela ni distrae fácilmente, y el jóven estaba firmemente resuelto á morir ó á dar sepultura al cadáver de su señor. Viendo que nada podia conmoverle ni obligarle á ceder, le respondió Cloridano:

—Siendo así, tambien iré yo; tambien yo quiero participar de tan laudable accion, y como tú deseo una muerte gloriosa. ¿Qué cosa podria serme ya agradable en este mundo, si me quedara sin tí, Medoro mio? Prefiero mil veces morir contigo peleando á perecer de desconsuelo, si me privasen de tí.

Tomada esta resolucion, esperaron su relevo, y en seguida se pusieron en marcha. Saltando fosos y estacadas, llegaron en breve al campo de los cristianos, que estaban sin recelo alguno, durmiendo tranquilamente, con las hogueras apagadas, por no inspirarles ya temor los sarracenos, y muchos de ellos tendidos entre las armas y los bagajes, llenos de vino desde el estómago hasta los ojos. Cloridano se detuvo un momento exclamando:

—Nunca se deben desperdiciar las ocasiones. Medoro, ¿no te parece muy oportuna la que se nos presenta para degollar á los que han asesinado á nuestro señor? Vé á escuchar y á vigilar cuidadosamente los alrededores por si alguien viniese á sorprendernos: entre tanto, te prometo abrirte con mi espada ancho camino por medio de nuestros enemigos.