Apenas acabó de pronunciar estas palabras, entró en la tienda donde dormia el docto Alfeo, médico, mágico y sábio astrólogo, que habia llegado el año anterior á la corte de Carlomagno: sirvióle de poco su ciencia astrológica, ó mas bien, le engañó completamente en esta ocasion; pues habiéndose predicho á sí mismo que terminaria sus dias al lado de su esposa despues de una avanzada ancianidad, expiró al filo de la espada del cauteloso sarraceno, que le atravesó con ella la garganta, é inmoló despues otros cuatro guerreros al lado del adivino, sin darles tiempo de pronunciar una palabra: Turpin no hace mencion de sus nombres, ni la marcha de los siglos ha dejado la menor noticia de ellos. Tras estos, dió muerte á Palidon de Moncalieri, que dormia tranquilo entre dos caballos; despues se dirigió adonde el misero Grilo yacia con la cabeza apoyada en un tonel, despues de haberlo vaciado y de haberse tendido esperando disfrutar en santa paz de un sueño plácido y tranquilo. El atrevido sarraceno le cortó la cabeza, y por la misma herida empezaron á salir chorros de sangre y de vino, de cuyo líquido tenia más de un cubo en el cuerpo: soñaba que estaba bebiendo todavia, cuando Cloridano interrumpió su sueño de un modo tan trágico. Despues hizo exhalar el último aliento de dos solos golpes á Andropono, griego, y á Conrado, aleman, que habian estado tomando el fresco una parte de la noche, entretenidos con el jarro y los dados. ¡Cuán desgraciados fueron en no continuar disfrutando de los mismos entretenimientos hasta que el Sol hubiese vadeado el Indo! Pero el destino seria impotente con el hombre si cada cual conociera el porvenir.

El cruel Pagano continuaba degollando sin piedad á nuestras gentes dormidas, haciendo en ellas una espantosa carnicería, semejante á un furioso leon estenuado y hambriento, que al encontrarse en un establo, mata, extrangula, devora y destroza á las indefensas reses que están enteramente á su merced. Medoro aun no habia hecho uso de su espada por desdeñarse de emplearla contra la innoble plebe; pero habiendo entrado donde el duque de Albret dormia en brazos de su dama, tan estrechamente enlazados el uno y la otra que ni el aire podria pasar entre ellos, les cortó la cabeza á cercen. ¡Oh dulce muerte! ¡oh suerte feliz! Sus almas debieron volar al asiento que les estaba reservado; tan íntimamente unidas como lo estaban sus cuerpos. Inmediatamente despues mató á Malindo y á su hermano Ardarico, hijos del conde de Flandes: Cárlos los habia armado caballeros, y añadido las lises á sus blasones, al verlos volver aquel dia vencedores y con los aceros teñidos de sangre, prometiendo además cederles algunas tierras en la Frisia, como lo habria cumplido á no estorbarlo Medoro.

Entrambos sarracenos habian ido avanzando hasta tocar á las tiendas de los paladines, levantadas en torno de la del Emperador, la cual estaba constantemente vigilada por alguno de aquellos. Al llegar allí, suspendieron los dos moros la matanza, y retrocedieron, por juzgar imposible que todos ellos se hubiesen entregado al sueño. Aun cuando pudieron retirarse cargados con un rico botin, pensaron más en su propia salvacion, de la que podrian darse por muy satisfechos. Cloridano se encaminó, seguido de Medoro, por donde suponia que el paso era más fácil ó seguro, y llegaron por fin al campo de batalla, donde el pobre y el rico, el príncipe y el vasallo, y los hombres y los corceles hacinados en confuso monton, yacian en un lago de sangre entre los restos de espadas, lanzas, escudos y ballestas. Aquella horrible mezcla de cadáveres, que cubria la llanura en toda su extension, hubiera hecho inútiles las pesquisas de los dos compañeros hasta la llegada del dia, si la Luna, accediendo á las súplicas de Medoro, no hubiese esparcido su ténue claridad, apartando las nubes que la interceptaban. Medoro habia fijado devotamente sus ojos en el cielo, exclamando:

—¡Oh santa Diosa, á quien con tanta justicia dieron nuestros antepasados el nombre de Triforme[128]! ¡Tú, que en el Cielo, en la Tierra y en el Infierno ostentas tu belleza bajo múltiples formas; tú, que vas por las selvas siguiendo, cual cazadora, las huellas de las fieras y de los mónstruos, indícame dónde yace confundido entre tantos cadáveres el cuerpo de mi Rey, que durante su vida imitó tus santas virtudes!

Ya fuese obra de la casualidad, ó efecto de la santa lealtad de Medoro, la Luna abrióse paso á través de las nubes, apenas terminó el jóven sarraceno su plegaria, y apareció tan bella y radiante como el dia en que despojada de todo velo se arrojó en brazos de Endimion[129]. Su luz le permitió ver distintamente á París, el campamento cristiano, el sarraceno, el monte y la llanura, y más allá las colinas de los Mártires y de Montlery. Los rayos de la Luna se reflejaron con todo su esplendor en el sitio en que yacia muerto el hijo de Almonte. Medoro, con el rostro bañado en llanto, se adelantó hácia su querido señor, á quien conoció por los colores rojo y blanco de su escudo, y regó la faz de Dardinelo con sus amargas lágrimas, que cual dos rios brotaban de sus ojos, con tan dulce actitud, con lamentos tan tiernos, que los vientos se hubieran detenido para escucharlos; y aun cuando los exhalaba en voz baja y apenas perceptible, no era tanto por temor de perder la vida, si llegasen á oirle, pues más bien era para él una odiosa carga de la que deseaba verse libre, cuanto por recelo de que le impidiesen llevar á cabo el deber piadoso que allí le habia conducido. Medoro y Cloridano colocaron sobre sus hombros el inanimado cuerpo de Dardinelo, participando ambos de su peso, y se alejaron tan precipitadamente como se lo permitió la preciosa carga que llevaban.

Acercábase ya el señor de la luz alejando del Cielo á las estrellas y de la Tierra á las sombras, cuando Zerbino, cuyo ardiente valor alejaba el sueño de sus párpados siempre que era necesario, regresaba al campamento al amanecer, despues de haber estado persiguiendo á los moros toda la noche. Los caballeros que le acompañaban divisaron desde léjos á los dos infieles, y se lanzaron en tropel hácia ellos, esperando alcanzar honra y provecho.

—Hermano, dijo Cloridano, forzoso nos será abandonar nuestra carga y emprender la fuga; pues no seria muy prudente que dos vivos se perdieran por salvar un muerto.

Y al decir estas palabras soltó su parte de carga, creyendo que Medoro imitaria su ejemplo; pero el contristado jóven, que profesaba á su señor mayor cariño que Cloridano, lo acomodó del todo sobre sus hombros, mientras su compañero se alejaba precipitadamente como si Medoro fuera á su lado ó detrás de él: si hubiera podido sospechar que lo abandonaba de tal suerte, habria arrostrado por defenderle no una, sino mil muertes.

Los caballeros, decididos á apoderarse de los fugitivos ó á matarlos si no se rendian, fueron esparciéndose por la llanura, y ocupando todas las salidas por donde aquellos pudiesen escapar: el mismo Zerbino, sin separarse mucho de ellos, se mostraba más solícito y ardoroso que ninguno en la persecucion, porque al ver la actitud sospechosa de los dos amigos, no dudó que pertenecieran al ejército enemigo. En aquel tiempo existia cerca de allí una selva antigua, poblada de espesas plantas y de arbustos y cubierta de inextricables senderos, que formaban una especie de laberinto, hollados tan solo por la planta de las fieras. Los dos paganos abrigaban la esperanza de penetrar en ella, á fin de guarecerse y ocultarse entre el enmarañado ramaje; pero el que escuche con agrado mi canto, queda invitado para oir más adelante su continuacion.

CANTO XIX.