Angélica prodiga sus cuidados á Medoro herido, y despues de curado, se desposa con él, partiendo ambos para el Cathay.—Marfisa y sus tres compañeros llegan á Layax despues de muchos trabajos.—Guido el salvaje, reducido á la esclavitud por las impías mujeres que en aquella costa dominaban, combate con Marfisa, ofreciéndole despues hospitalidad en su palacio, juntamente con sus compañeros.

El hombre á quien sonrie continuamente la fortuna no puede saber nunca si es verdaderamente amado, porque cuantos le rodean, ya sean amigos falsos ó leales, le demuestran el mismo afecto. Pero si su posicion se cambia de próspera en adversa, entonces huyo de él la turba aduladora, quedando únicamente á su lado el que le ama tan de corazon, que la muerte del objeto amado no es bastante para desvanecer su cariño. Si pudiera verse el corazon humano como se vé el rostro, muchos de los que en la corte son atendidos y reverenciados, y oprimen y escarnecen con su poder á los demás, verian ocupado su puesto por los que gimen en la desgracia; el humilde no tardaria en alcanzar las mayores dignidades, al paso que el soberbio quedaria confundido entre la escoria del pueblo.

Pero volvamos á Medoro, al súbdito leal y agradecido, que profesó un especial cariño á su señor, así en vida como en muerte.

El infeliz jóven iba buscando el medio de salvarse por los intrincados senderos de aquel bosque; pero agobiado bajo el peso del cadáver de Dardinelo, no acertaba á encontrar un refugio; y como, por otra parte, le era completamente desconocido el terreno, se extraviaba con facilidad, y cuanto más caminaba, más se perdia entre la maleza y las zarzas. Cloridano se encontraba léjos de él y en seguridad, pues hallándose más desembarazado, consiguió llegar á un sitio desde donde no percibia el rumor que producian sus perseguidores: reparó entonces en que Medoro no le seguia, y sintiendo que con él habia dejado tambien el corazon, exclamó poseido de la mayor angustia:

—¡Ay de mí! ¿Cómo he podido ser tan negligente, ó perder la razon hasta el extremo de encontrarme aquí, Medoro mio, sin tenerte á mi lado y sin saber cómo ni dónde te he dejado?

Así diciendo, volvió á internarse en los tortuosos senderos de aquella selva inextricable, y á desandar el camino andado, corriendo á ciencia cierta en pos de la muerte. Percibió otra vez el rumor de las pisadas de los caballos, y los gritos amenazadores de los enemigos; conoció luego la voz de Medoro, y por fin le vió solo, á pié y rodeado de numerosos ginetes. Lo menos eran cien guerreros á caballo los que le tenian cercado: Zerbino los mandaba, y ordenó que le prendieran: el infeliz daba vueltas de acá para allá, procurando defenderse cuanto le era posible, y buscando un refugio detrás de las encinas, de los olmos, de las hayas ó de los fresnos, sin abandonar un momento su preciosa carga. Por último, colocó sobre la yerba el cuerpo de su señor, conociendo que no le era posible continuar de aquel modo, y prosiguió defendiéndolo, semejante á la osa que al verse atacada por el cazador en su peñascosa guarida, cobija con su cuerpo á sus hijuelos, estremeciéndose á la vez de amor y de rabia, y dudando qué partido tomar; pues mientras su ira y sus feroces instintos la invitan á servirse de sus garras y á ensangrentar sus labios, su cariño maternal la detiene y la obliga á continuar contemplando á sus cachorros con ternura.

Cloridano, que no sabia cómo auxiliar á su amigo, pero que estaba dispuesto á morir á su lado, si bien decidido á exterminar el mayor número de contrarios que le fuera posible antes de exhalar el último aliento, colocó en el arco uno de sus agudos venablos, y desde su oculto retiro, hizo tan buen uso de él, que atravesó á un escocés el cerebro, derribándole sin vida del caballo. A un mismo tiempo se volvieron todos hácia el sitio de donde habia salido la flecha homicida, y en el acto disparó el sarraceno otra saeta, matando á un segundo escocés, el cual, mientras preguntaba á sus compañeros quién habia herido al primero, gritando y gesticulando, fué alcanzado por el nuevo dardo, que le atravesó la garganta, cortándole el uso de la palabra. Zerbino no pudo soportar con paciencia la muerte simultánea de los suyos, y se dirigió furioso á Medoro, diciendo: «Tu muerte nos vengará.»—Cogió al jóven por sus rubios cabellos y le atrajo violentamente hácia sí; pero al fijar la vista en aquel hermoso rostro, se apiadó de él y no le mató. El jóven le dijo entonces con ademan suplicante:

—Caballero, por tu Dios te ruego que no seas cruel, y me concedas el favor de sepultar el cuerpo de mi Rey. No deseo merecer de tí otra compasion, ni creas tampoco que me importe la vida, pues no deseo existir más tiempo del necesario para enterrar el cadáver de mi señor. Despues, si estás poseido del furor del Tebano Creonte, podrás, si así te place, despedazar mis miembros y esparcirlos para que sirvan de pasto á las fieras y á las aves de rapiña; pero antes, permíteme que sepulte al hijo de Almonte.

Así dijo Medoro, con dulce voz y con palabras capaces de conmover á un monte: Zerbino empezaba ya á sentir hácia el jóven sarraceno un grande afecto y una compasion infinita; cuando un guerrero bárbaro, sin respeto alguno á su príncipe, clavó su impía lanza en el pecho del desgraciado y suplicante Medoro. Disgustado quedó Zerbino por aquella accion tan cruel como insensata, y mucho más al ver que la violencia del golpe derribó en tierra al sarraceno, pálido y sin sentido, por lo cual juzgó que habia muerto instantáneamente. La irritacion y el dolor de Zerbino fueron tales, que exclamando: «No quedarás sin venganza,» arremetió lleno de saña al autor de aquella triste hazaña; pero este esquivó el cuerpo, y desapareció de su presencia con la velocidad del relámpago.

Apenas vió Cloridano que su Medoro caia en tierra, salió del bosque, para combatir á pecho descubierto; arrojó léjos de sí el arco, y ciego de ira, se lanzó espada en mano contra sus enemigos, más bien por encontrar la muerte, que con la esperanza de vengarse de un modo que á su cólera igualara. No tardó en enrojecer el suelo con su sangre; vió próximo su fin, y apenas sintió que le abandonaban las fuerzas, se dejó caer al lado de su Medoro. Los escoceses se alejaron entonces del bosque, siguiendo á su despechado príncipe, y dejando á los dos moros, sin vida el uno, y casi muerto el otro.