El infeliz Medoro estuvo mucho rato arrojando tan copioso raudal de sangre por su herida, que hubiese muerto indudablemente á no haber recibido un auxilio oportuno. Tropezó casualmente con él una doncella, cubierta de humildes y pastoriles vestiduras, pero de regio talante, de rostro bello, de distinguidos modales y continente honesto. Como hace mucho tiempo que no me he ocupado de ella, apenas os será posible conocerla: era, si acaso no lo sabeis, Angélica, la altiva hija del gran Can del Cathay. Cuando recobró el anillo que Brunel le habia arrebatado, creció tanto su orgullo y su arrogancia, que parecia desafiar al mundo entero; viajaba sola, desdeñándose de aceptar la compañía de todo caballero, por famoso que fuese, y avergonzándose al recordar que habia admitido como amantes á Sacripante y á Orlando. Lo que sobre todo aumentaba su enojo era el recuerdo de haber querido bien á Reinaldo, juzgando que se habia envilecido demasiado al fijar sus ojos en un caballero tan distante de su alcurnia. Pero irritado el Amor por tan desmesurada arrogancia, no quiso tolerarla por más tiempo, y oculto donde yacia Medoro, esperó á la jóven con la flecha preparada en el arco.

Cuando Angélica vió á aquel jovencillo herido, cuya vida se iba extinguiendo por momentos, y que se lamentaba menos de su suerte que de dejar insepulto el cuerpo de su rey, sintió que se abria paso en su corazon por vias desconocidas hasta entonces una piedad insólita, apoderándose de ella una dulce compasion, que se aumentó al escuchar el relato que de sus cuitas le hizo Medoro. Procuró entonces recordar los secretos de la cirujía que aprendiera en la India; pues, segun parece, este es un estudio noble, digno y encomiado en aquellas regiones, donde sin revolver libros ni papeles se trasmite de padres á hijos; y se dispuso á procurar su curacion, valiéndose al efecto de los jugos de algunas yerbas. Recordó haber visto en una pradera inmediata una planta saludable, quizás el díctamo ó la panacea, ú otra cuyo nombre ignoro, pero de efecto tan seguro, que restaña la sangre y hace desaparecer el dolor y la inflamacion de las heridas: corrió á cogerla, y volvió presurosa al lado de Medoro. En el camino encontró á un pastor, que venia á caballo por el bosque buscando una ternera, que hacia dos dias se habia alejado del rebaño y vagaba sola por aquellos contornos. Angélica le condujo al sitio en que Medoro iba perdiendo las fuerzas con la sangre que manaba de su pecho, en la que habia empapado el suelo de tal modo, que estaba próximo á perder la vida.

La doncella se apeó de su palafren, é hizo que el pastor se apeara asimismo del suyo: machacó despues la yerba entre dos piedras, la cogió en seguida y exprimió su jugo en el hueco de su mano; lo aplicó á la herida, y frotó además con él el pecho, el vientre y las piernas del moribundo, siendo tan eficaz el remedio, que cesó la sangre de brotar. Medoro recobró algun tanto el vigor perdido, y al poco rato le fué posible subir sobre el caballo del pastor. Sin embargo, el jóven sarraceno no consintió en apartarse de aquel sitio sin dejar sepultado el cuerpo de su señor: hizo, pues, que le enterraran y á Cloridano con él, y entonces ya no opuso resistencia á marcharse adonde le quisieron conducir. En breve llegaron á la humilde morada del complaciente pastor, donde Angélica, llevada de su piedad, continuó al lado del herido, sin querer separarse de él hasta su curacion completa: ¡tan grande era su naciente afecto, y tanta la compasion que sintió hácia el jóven cuando le vió tendido en el suelo y casi muerto! Conforme fué apreciando poco á poco las gracias y la belleza de Medoro, sintió su corazon minado por la lima sorda de su pasion, hasta que por último se abrasó en amoroso fuego.

El pastor habitaba con su mujer y sus hijos una cabaña bastante buena y agradable, de nueva y reciente construccion y situada en el bosque entre dos colinas. Allí fué donde la doncella, á fuerza de cuidados, logró curar en breve la herida de Medoro; pero sintiendo á su vez y en menos tiempo los crueles efectos de una herida mucho mayor y más profunda, que habia abierto en su corazon el dardo invisible, disparado por el niño alado desde los hermosos ojos y blondos cabellos de Medoro. Consumíala un ardor siempre creciente; pero olvidando su propio padecimiento, solo se ocupaba en atender solicita al mismo que era causa de su quebranto. A medida que la herida del sarraceno se iba cerrando, se abria y empeoraba la de Angélica: sanó por fin el jóven, al paso que á ella la iba extenuando la fiebre con su temblor, ya helado, ya sofocante. De dia en dia recobraba Medoro su marchita belleza, y de dia en dia iban desvaneciéndose los sonrosados colores de la doncella, como suele desvanecerse la nieve del invierno ante los templados rayos del sol de primavera. Forzoso le era, pues, tomar una pronta determinacion, si no queria que la hiciesen perecer sus fogosos deseos; y por lo mismo comprendió que no debia esperar más á que otro le ofreciese lo que anhelaba ansiosa; y olvidando las leyes del pudor, pidió á Medoro, con voz resuelta y atrevida mirada, que aplicase el remedio necesario á un mal que él mismo le habia causado sin saberlo.

¡Oh conde Orlando! ¡Oh rey de Circasia! ¿De qué os sirve vuestro ínclito valor? ¿Cuál es la recompensa de vuestra gloria y renombre? ¿Qué galardon adquirís por vuestros servicios? Decidme si obtuvisteis alguna vez el más insignificante favor en premio de cuanto por ella habeis sufrido. ¡Oh rey Agrican! Si pudieras volver á la vida, ¡cuál no seria tu humillacion al presenciar la conducta de Angélica, tú, para quien ella fué siempre desdeñosa, rechazándote cruel é inhumanamente! ¡Oh Ferragús! ¡Oh numerosos adalides que no nombro, y que llevásteis á cabo mil inclitas proezas por aquella ingrata, con cuánta desesperacion no la contemplariais ahora en brazos de su amante!

Angélica dejó cojer á Medoro aquella flor que nadie habia tocado hasta entonces, porque nadie habia sido tan afortunado que pudiese hollar tan maravilloso jardin. Sin embargo, para cohonestar hasta cierto punto aquella union, se celebró con ceremonias santas el matrimonio, bajo los auspicios del amor, y siendo prónuba la mujer del pastor. Celebráronse las bodas bajo aquel rústico techo con la mayor solemnidad que fué posible, y por espacio de un mes se entregaron ambos amantes á los tranquilos deleites de su pasion. Angélica no podia estar un momento separada de su Medoro; no se cansaba de acariciarle; y á pesar de verse continuamente en sus brazos, sus deseos y sus voluptuosos impulsos renacian sin cesar. Ya permaneciera en la cabaña, ya saliera fuera de ella, tenia dia y noche á su lado al hermoso

Angélica no se cansaba de contemplar al jóven Medoro.
(Canto XIX.)

jóven; por mañana y tarde iban buscando un retiro agradable junto á las orillas de los rios, ó por las verdes praderas, ó bien, para librarse de los ardores del sol del medio dia, se refugiaban en una cueva, tan grata y cómoda quizás como la que sorprendió los secretos de Eneas y Dido, cuando iban huyendo del agua[130]. En los momentos en que les permitian alguna tregua sus expansiones amorosas, se entretenian en grabar sus nombres con una aguja ó un cuchillo en el tronco de algun árbol, cuyo ramaje prestara amena sombra á un manantial ó á un arroyuelo; en las rocas cuya dureza no era tanta que lo impidiese; en las paredes de la cabaña y en mil distintos sitios; de suerte que por todas partes se encontraban los nombres de Angélica y Medoro escritos y entrelazados de diferentes maneras.

Cuando Angélica se apercibió de que su residencia en la cabaña del pastor iba prolongándose demasiado, se dispuso á regresar á la India para ceñir á Medoro la brillante corona del Cathay. La jóven llevaba en el brazo hacía mucho tiempo un brazalete de oro, enriquecido de piedras preciosas, como recuerdo y testimonio del afecto que le profesaba el conde Orlando. Aquel brazalete se lo habia dado Morgana á Zeliante, á quien tenia cautivo en un lago; y este, cuando volvió á los brazos de su padre Monodante, merced al arrojo y al valor de Orlando, se lo regaló á su libertador, el cual, enamorado ya de Angélica, lo aceptó con la intencion de ofrecérselo á su amada. La jóven estimaba aquel brazalete como pudiera estimar el más preciado objeto, pero no por amor al paladin, sino por el incomparable valor y esmerado trabajo de la joya. Consiguió conservarlo en la isla del llanto, aunque no sabré deciros por qué medio, cuando los ebudos crueles é inhospitalarios la expusieron enteramente desnuda á la voracidad de un mónstruo marino. No teniendo, pues, otra cosa que ofrecer al buen pastor y á su mujer en pago de la hospitalidad y de los servicios que les habian ofrecido con tanta solicitud desde el dia en que se refugiaron en la cabaña, sacóse el brazalete del brazo, y se lo entregó, rogándoles que lo admitiesen en obsequio suyo, y acto contínuo se dirigieron hácia los montes que separan la Francia y la España.