Pensaban esperar algunos dias en Valencia ó Barcelona á que saliese algun buque con rumbo al Oriente. Al llegar á la cumbre de aquellas elevadas montañas, descubrieron más allá de Gerona el dilatado mar, cuya playa fueron costeando hácia la izquierda siguiendo el frecuentado camino de Barcelona. Pero antes de llegar á esta ciudad, vieron tendido en la playa á un hombre, con el rostro, el pecho y la espalda tan súcios y tan llenos de lodo é inmundicia que parecia un cerdo; el cual, apenas divisó á los dos jóvenes, se precipitó sobre ellos como se precipita un perro sobre personas desconocidas, causándoles un susto y una afrenta inesperada.
Mas vuelvo á ocuparme de Marfisa, de Astolfo, de Aquilante, de Grifon y de los demás navegantes que, en presencia de la muerte, rendidos y extenuados de cansancio, no podian contrarestar los embates del mar embravecido. La tormenta, cada vez más soberbia y arrogante, continuaba amenazándoles con sus furores; y á pesar de que su saña duraba ya tres dias, no daba señal ni indicio de aplacarse. Las monstruosas olas y los vientos desencadenados habian destrozado el castillo de popa y las gavias; lo que el vendabal dejaba en pié, era cortado y arrojado al mar por los mismos marineros. Mientras unos, inclinados sobre la carta marina, marcaban el rumbo que seguian á la escasa luz de una pequeña linterna, otros permanecian en la bodega, examinándolo todo atentamente, alumbrados por una antorcha, y otros en la popa ó en la proa cuidaban del reloj de arena, consultándolo cada media hora para saber el tiempo trascurrido y la rapidez de la marcha del buque. Por último, cada cual, provisto de su correspondiente carta marina, pasó sobre cubierta á fin de dar su parecer en el consejo á que los habia convocado el capitan. Uno de ellos sostenia que se encontraban próximos á las sirtes de Limiso[131], segun lo que de sus cálculos deducia; otro, que estaban cerca de los agudos peñascos de la costa de Trípoli, donde el mar estrella frecuentemente á los buques; y alguno aseguraba que se hallaban perdidos en las aguas de Satalia, terror de los marineros. Cada cual apoyaba su opinion con diferentes razones, pero todos sentian la misma inquietud é igual temor.
Al tercer dia, el viento les atacó con más furia, y el mar se mostró más airado: el primero desgajó y se llevó el trinquete; una monstruosa oleada del segundo arrebató el timon y el timonel. Hubiera sido preciso un corazon más fuerte que el mármol y más duro que el acero para resistir al temor; y hasta la misma Marfisa, tan valiente en todas ocasiones, no pudo menos de confesar que aquel dia tuvo miedo. Por de contado que no faltaron promesas de ir en peregrinacion al monte Sinaí, á Santiago de Galicia, á Chipre, á Roma, al Santo Sepulcro, á la Vírgen de Ettino y otros sitios célebres, si salian con bien de tan apurado trance. El bajel continuaba entre tanto siendo juguete de las olas, las cuales lo elevaban á veces hasta las nubes: el piloto habia hecho picar el artimon para oponer menos blanco á los embates del viento, y juntamente con los cajones, los fardos de ricas mercaderías y cuantos objetos de algun peso existian á bordo, lo arrojó á merced de las olas. En seguida se pusieron unos á manejar la bomba, á fin de extraer de la nave el agua que iba haciendo, y devolvian al mar lo que del mar habia salido, al paso que otros se ocupaban en la bodega en reparar las averías causadas por las olas en el casco del buque.
Cuatro dias permanecieron entregados á tantos trabajos y á tan mortal angustia, sin que supieran adonde volver los ojos para hallar un refugio; pero en el momento en que parecia que el mar iba á triunfar de sus esfuerzos por poco que hubiese continuado en su insistente furor, abrieron sus corazones á la esperanza al ver el deseado fuego de San Telmo, que apareció sobre la obra muerta de proa, por no quedar ya entenas ni masteleros. Todos los navegantes cayeron de rodillas ante los resplandores de aquellas bellas luces y pidieron al cielo con ojos húmedos y tembloroso acento que se calmase el mar y tornara la bonanza. La tempestad, tan pertinaz hasta entonces, no siguió adelante; el mistral ya no les molestó en la travesía; pero el Sud-Oeste, cual tirano del mar, lanzaba por su negra boca tan impetuosos resoplidos que las olas se sucedian con rapidez increible unas á otras, semejantes á un devastador torrente, é impelian al buque con la velocidad del halcon que hiende los aires, con gran espanto del piloto que temia verse arrastrado hasta el fin del mundo, destrozado ó sumergido en el abismo. El experto marino arbitró, sin embargo, un pronto remedio, y dispuso que se amarraran á la popa cables gruesos y sólidos de los cuales se colgaron las anclas, procurando de este modo disminuir en sus dos terceras partes la marcha de la nave. Esta maniobra, unida al auxilio del que hizo descender á la proa el fuego de San Telmo, produjo el efecto deseado y salvó al buque, próximo á zozobrar, haciendo que se deslizara por alta mar con mayor seguridad.
Poco despues se encontraron en el golfo de Layas, en la costa de Siria, á la vista de una gran ciudad, y tan cerca de la playa, que se distinguian perfectamente los dos castillos situados á la entrada del puerto. Mas en cuanto el piloto conoció el sitio en que se encontraba, quedó aterrado, porque allí no se atrevia á echar las anclas, ni le era posible huir ni permanecer al pairo. Y en efecto, ¿cómo conseguirlo con un bajel que habia perdido los mástiles, las gavias, las vergas, y cuyo casco estaba medio destrozado por los redoblados y furiosos golpes de mar que habia sufrido? Desembarcar en aquella costa era lo mismo que suicidarse ó condenarse á un perpétuo cautiverio; porque todos cuantos habian saltado en ella por equivocacion ó conducidos por su adversa fortuna, habian perdido la vida ó la libertad. Tampoco era conveniente malgastar el tiempo en vacilaciones; porque se exponian á que los habitantes de aquel país saliesen con sus buques armados en corso á atacar una nave, no ya incapaz de resistirse, sino hasta de navegar.
Mientras el piloto luchaba en tan penosa indecision, aproximóse á él el duque Astolfo, y le preguntó la causa de ella, así como la de no haber entrado ya en el puerto. Contestóle el marino que toda aquella costa estaba habitaba por mugeres homicidas, cuya costumbre, observada durante largos años, era la de esclavizar ó dar la muerte á todo el que saltaba en tierra. Añadió que únicamente se libraba de tan triste suerte el que fuese capaz de vencer cuerpo á cuerpo á diez guerreros, y de satisfacer por la noche el apetito carnal de otras tantas doncellas: si el que salia bien de la primera prueba, no podia cumplir con la segunda, perecia irrevocablemente, y sus compañeros se veian obligados á cultivar los campos ó á custodiar ganados. El que consiguiera salir triunfante de una y otra prueba, lograba la libertad de sus compañeros; mas no así la suya, pues habia de tomar por esposas á diez mujeres, elegidas segun sus deseos.
Astolfo no pudo contener la risa al oir una costumbre tan rara. Acercáronse despues Sansoneto, Marfisa, Aquilante y su hermano, y el piloto les refirió del mismo modo la causa que le tenia apartado del puerto. «Prefiero mil veces, les dijo, sepultarme entre las olas, á gemir bajo el yugo de la esclavitud.»
Los marineros y demás navegantes fueron del parecer del piloto; pero Marfisa y sus compañeros opinaron de distinto modo, por creer que estarian más seguros en la tierra que en el mar; afirmando que les importaba menos verse rodeados de cien mil espadas, que exponerse á ser de nuevo juguete de las embravecidas olas; pues contra estas de nada les servian sus armas, al paso que, mientras pudieran manejarlas, su valor arrostraria impávido los peligros de aquel país ó de cualquier otro del mundo. Deseaban, pues, los guerreros saltar en tierra, y especialmente el Duque inglés, por estar persuadido de que apenas dejase oir los sonidos de su trompa, dispersaria á sus agresores. Una parte de los navegantes aprobaba este proyecto; le censuraba la otra, ocasionándose las disputas consiguientes á esta diferencia de opiniones, cuando por último, los primeros, que eran los más numerosos, obligaron al piloto á tomar tierra mal de su grado.
En cuanto vieron desde la ciudad á nuestros navegantes adelantarse en demanda del puerto, prepararon una galera provista de mucha chusma y de marineros expertos, la cual se dirigió al encuentro de la triste nave en que se agitaban tan opuestos pareceres; y amarrando á su elevada popa la proa de aquella, la sacaron fuera del impío mar. Entraron en el puerto á remolque, y á fuerza de remos más bien que á favor de las velas, porque el viento se las habia arrebatado durante la tempestad pasada. Entre tanto, los caballeros se vistieron su armadura, ciñeron su fiel espada y procuraron reanimar con sus palabras consoladoras el abatido espíritu del piloto y demás compañeros de viaje.
El puerto, que era semicircular, tenia más de cuatro millas de circunferencia; su entrada unos seiscientos pasos de anchura, y en cada uno de los extremos de la media luna que formaba se elevaban dos fortalezas. Estaba al abrigo de todos los vientos, excepto al Mediodia, y la ciudad se levantaba en anfiteatro por la pendiente de una colina.