No bien fondeó en dicho puerto aquella embarcacion, de cuyo arribo se tenia ya noticia por toda la comarca, cuando se presentaron en él seis mil mujeres en hábitos guerreros y empuñando sus arcos, al mismo tiempo que para impedir toda evasion, se cerraba la entrada del puerto con naves y cadenas, colocadas de una á una otra fortaleza, las cuales estaban constantemente preparadas para uso semejante. Una de aquellas mujeres, que por su edad podria compararse á la Sibila de Cumas[132] ó á la madre de Héctor[133], llamó al piloto, y le preguntó si querian dejarse quitar la vida, ó si preferian inclinar su cabeza bajo el yugo de la servidumbre, siguiendo la costumbre establecida. Forzoso les era, pues, elejir entre la esclavitud ó la muerte.

—Sin embargo, añadió, si hay entre vosotros algun hombre tan animoso y fuerte, que se atreva á combatir contra diez de los nuestros y consiga vencerlos, y esté dispuesto además á servir de esposo por la noche á diez doncellas, le reconoceremos por nuestro príncipe, y vosotros podreis marcharos enteramente libres ó permanecer aquí, segun vuestra voluntad; pero advirtiendoos, que el que quiera quedarse y ser libre, ha de desposarse con diez mujeres. Mas si el campeon que elijais para luchar con nuestros diez guerreros llega á ser vencido ó sale mal de la segunda prueba, vosotros quedareis esclavizados y él perecerá.

Donde la vieja esperaba hallar temor, encontró, por el contrario, animosos brios; pues cada uno de los caballeros se creia con fuerzas para salir airoso de una y otra prueba. Marfisa deseaba como los demás tomar parte en la empresa, pues si bien estaba persuadida de que no podria cumplir con la segunda condicion, esperaba suplir con su espada lo que la naturaleza no le permitia. Puestos, pues, de acuerdo nuestros caballeros, encargaron al patron que contestara, que entre ellos no faltaban guerreros capaces de arrostrar en la plaza y en el lecho los peligros de las condiciones impuestas.

Aproximóse el buque á tierra, le amarraron con sólidos cables, y echaron el puente, por el que desembarcaron los caballeros provistos de sus armas y llevando sus corceles del diestro. En seguida atravesaron la ciudad en medio de una multitud de doncellas de aspecto altanero, que se entretenian en cabalgar por las calles con los vestidos recogidos, y en manejar las armas por las plazas como guerreros. Por respeto á la antigua costumbre de que he hablado, tenian prohibido los hombres de aquel país calzar espuelas, ceñir espada, ni usar arma alguna, excepto los diez designados para sostener el combate. Todos los demás estaban dedicados á manejar la lanzadera, la rueca, el huso, la aguja y el peine, cubiertos con trajes mujeriles, que les llegaban hasta los piés y les daban un aspecto muelle y afeminado. Algunos arrastraban una cadena, como señal de su profesion de labriegos ó pastores. Los varones escaseaban tanto en tan singular comarca, que seguramente no podrian reunirse en todas sus ciudades y villas cien hombres por cada mil mujeres.

Los caballeros convinieron en que la suerte decidiera cuál de ellos habia de luchar con los diez campeones en la plaza y con las diez doncellas en diferente palenque por la salvacion comun, habiendo resuelto de antemano que no entrara en suerte Marfisa, persuadidos de que tropezaria con una dificultad insuperable en la prueba de la noche, para la que la hacia inhábil su sexo; pero la jóven guerrera no quiso consentir en ello, y precisamente fué la designada por la suerte. Marfisa les dijo entonces:

—Os ofrezco perecer en la demanda antes que por mí os veais sumidos en la esclavitud: por esta espada os juro (y mostró el acero que llevaba ceñido al costado), que sabré deshacer todos los obstáculos, del mismo modo que Alejandro deshizo el nudo gordiano. Estoy resuelta á lograr que en lo sucesivo, y hasta el fin de los siglos, ningun extranjero tenga que lamentarse de haber llegado á este país.

Así dijo, y no pudiendo sus compañeros oponerse á la decision de la suerte, entregaron su libertad y su salvacion en manos de la guerrera, que armada de piés á cabeza, se presentó en el terreno del combate.

En la parte más elevada de la poblacion existia una plaza circular, rodeada de asientos de piedra, y exclusivamente destinada á esta clase de combates, á los torneos, á las luchas y demás regocijos públicos, y cerrada por cuatro puertas de bronce. Una multitud considerable de mujeres armadas se colocó en aquellas graderías, despues de lo cual hicieron entrar á Marfisa. La jóven se presentó montada en un arrogante caballo tordo rodado, de cabeza pequeña y fogosa mirada, de paso seguro y soberbio, y de magnífica estampa. El rey Norandino lo habia elegido en Damasco como el más hermoso y gallardo de entre otros mil que tenia para su uso, y se lo habia regalado á Marfisa.

Entró esta en el palenque por la puerta del Sur, en el momento en que el Sol llegaba á la mitad de su carrera: pocos momentos despues resonaron por todos los ámbitos de la plaza los ecos agudos de los clarines, y vió que por la puerta del Norte penetraban en ella sus diez contrarios. El guerrero que venia al frente valia al parecer más que los otros nueve reunidos. Presentóse en el palenque cabalgando sobre un gran corcel, más negro que el cuervo de plumaje más oscuro, excepto la frente y la pata trasera izquierda, en las que se veian algunas manchas blancas. El color de la armadura del caballo, tan negra como el caballero, parecia indicar que así como el blanco estaba en mucha menos proporcion que el oscuro, del mismo modo su sonrisa habia desaparecido bajo el tétrico llanto.