En cuanto se oyó la señal del combate, nueve de los guerreros bajaron simultáneamente sus lanzas; mas el caballero del negro color no quiso prevalerse de semejante ventaja sobre un solo adversario, y se hizo á un lado como si no tuviese intencion de pelear. Deseoso indudablemente de observar las leyes de la cortesía más que de obedecer las del país, permaneció inmóvil presenciando el resultado de tan desigual contienda.

El caballo de Marfisa, cuyo paso era suave y mesurado, arrancó entonces como un rayo contra los nueve combatientes; y la jóven enristró en medio de la carrera su lanza, la cual era tan pesada, que apenas habrian podido sostenerla cuatro hombres. Al salir de la embarcacion la habia elegido como la más sólida de entre otras muchas entenas. El aspecto de la guerrera fué en aquel momento tan terrible, que al contemplarla palidecieron mil semblantes y latieron violentamente mil corazones. Al primero que alcanzó le agujereó el pecho como si lo hubiera tenido desnudo, despues de atravesarle la coraza, la cota de malla y un grueso escudo chapeado de hierro, viéndose salir la lanza por la espalda más de un codo: tan grande fué la violencia del golpe. Sin detenerse á más, le dejó rodar por el suelo, y se lanzó á toda brida sobre los otros. Al segundo y al tercero les dió tan soberbio bote de lanza, que ambos exhalaron el último aliento, por haberles partido la columna vertebral, arrancando á uno de ellos de la silla: tan terrible fué aquel choque y tan amontonados venian sobre ella sus contrarios. Solamente las balas de cañon pueden abrir los escuadrones como Marfisa abrió el grupo que formaban los nueve combatientes. Varias lanzas se rompieron en la coraza de la jóven; pero permaneció ante sus golpes tan inmóvil como las paredes de un trinquete ante las pelotas lanzadas por los jugadores.

Su coraza, enrojecida por encanto en el fuego del Infierno y templada en el agua del Averno, era tan dura, que nada podian contra ella los más fuertes embates. Al llegar al estremo opuesto del palenque, detuvo Marfisa un momento su caballo, volvió riendas y lo lanzó nueva y rápidamente contra sus restantes adversarios, que aterrados, se apartaron de ella en desórden. No obstante, los persiguió, los acuchilló á su sabor y enrojeció con su sangre hasta la empuñadura de la espada: derribóle á uno la cabeza, un brazo á otro, y á un tercero le dió tan tremenda cuchillada, que fué rodando por el suelo el pecho con la cabeza y los brazos, mientras las piernas y el vientre quedaron á caballo. Quiero decir, que lo dividió por medio del cuerpo, hácia donde se reunen las costillas y las caderas, dejándole con la mitad no más de su figura, semejante á esos exvotos de plata ó de cera que las gentes de paises lejanos ó próximos suelen colgar ante las imágenes divinas, para manifestarles su agradecimiento y cumplir la promesa que hicieran si les salian bien sus piadosas demandas. Alcanzó despues en medio de la plaza á uno de los guerreros enemigos que iba huyendo, y le separó de tal modo la cabeza del tronco, que no hubo médico que pudiera volvérsela á unir. En fin, los nueve campeones, uno tras otro, rodaron á los piés de Marfisa, muertos los unos y tan mal heridos los otros, que perdieron todo su vigor, quedando segura la doncella de que no podian levantarse más del suelo para continuar la lucha.

Habia permanecido inmóvil hasta entonces en un extremo de la plaza el caballero que mandaba á los nueve combatientes vencidos, por considerar como una accion indigna é inícua acometer á uno solo con tanta ventaja. Pero en cuanto vió que aquel campeon habia dado tan rápida cuenta de sus compañeros, se adelantó para probar que la generosidad y no el temor le habia tenido alejado de la lucha. Hizo con la mano una seña de que deseaba pronunciar algunas palabras antes de trabar el combate, y no pudiendo presumir que bajo aquellas actitudes varoniles se ocultase una doncella, dijo á Marfisa:

—Caballero, debes estar cansado despues de haber vencido á tantos adversarios; y seria en mi descortesia, si pretendiera fatigarte más de lo que lo estás. Te concedo, pues, que descanses hasta el nuevo dia, y entonces volverás al palenque; pues no seria honroso para mí aceptar la lucha contigo, cuando tan trabajado y rendido debes estar, segun presumo.

—No es nuevo para mí el manejo de las armas, ni acostumbro á ceder tan pronto al cansancio, contestó Marfisa; y en prueba de ello, pronto conocerás, á pesar tuyo, la verdad de estas palabras. Agradezco, como se merece, tu cortés ofrecimiento, pero todavia no tengo necesidad de descansar; y además, es aun tan temprano, que seria vergonzoso entregarse al ocio durante las horas de dia que nos quedan.

El caballero respondió:

—¡Ojalá pudiera satisfacer tan completamente los deseos que oprimen mi corazon, como quedarán los tuyos satisfechos! pero guarda, no sea que el dia de hoy te parezca más corto de lo que crees.

Así diciendo, hizo que les trajeran dos gruesas lanzas, ó más bien, dos pesadas entenas; se las presentó á Marfisa para que escogiese una, y tomó despues la que ella habia dejado. Preparáronse ambos, esperando solo la señal del ataque para acometerse. La tierra, el mar y el aire resonaron con el estrépito de sus armas, apenas se oyó el primer toque de los clarines. Los espectadores, con la mirada fija, inmóviles los labios y la respiracion contenida, estaban tan atentos contemplando cuál de los dos campeones su llevaria la palma de la victoria, que no se oia el menor rumor en la plaza.