Marfisa enristró la lanza, procurando arrancar de la silla al primer bote á su contrario, de modo que no pudiera levantarse más; el caballero negro, por su parte, tendia lo mismo que la jóven á derribarla sin vida. Las lanzas volaron hechas astillas, cual si no fueran de gruesa y dura encina y sí de sauce seco y delgado; el choque fué tan violento para los corceles, que doblaron á un mismo tiempo los corvejones, como si el filo de una hoz les hubiera cortado todos los nervios, y ambos cayeron simultáneamente, pero los ginetes salieron rápidamente de entre los arzones. En el trascurso de su vida aventurera, Marfisa habia derribado á mil caballeros al primer encuentro, sin haberse visto nunca lanzada de la silla; pero esta vez lo fué, como habeis oido, y al considerar su caida, se quedó, no atemorizada, sino á punto de volverse loca de furor. En cuanto al caballero negro, no se sorprendió menos de su propia caida, pues no solia saltar de la silla tan fácilmente.
No bien tocaron la tierra con sus cuerpos, cuando se les vió nuevamente en pié, dispuestos á renovar la lucha. Empezaron á descargarse con el mayor furor tajos y reveses que paraban con el escudo, con sus mismos aceros, ó esquivaban dando saltos. Los golpes que se dirigian, ora se dieran en vago, ora sobre seguro, resonaban en el aire y su eco atronaba el espacio. Sus yelmos, sus corazas, sus escudos dieron á conocer que eran más fuertes que un yunque: si el brazo de la doncella era pesado, no podia calificarse de leve el del caballero; tan igual era su destreza, que cada cual recibia el mismo número de golpes que descargaba sobre su adversario. Quien deseara hallar dos corazones igualmente audaces, fieros y valientes, no debia buscarlos en otra parte, ni pedir tampoco más destreza ni mayor bizarría, pues ambos tenian cuanta es posible reunir en una persona.
Las mujeres, que presenciaban hacia largo tiempo aquel contínuo martilleo de los aceros, sin observar en los dos campeones el menor indicio de debilidad ni de cansancio, los proclamaban ya como los dos mejores guerreros de cuantos hubiera en todo el ámbito que circundan los mares, y suponian que si en sus cuerpos no hubiese más que vigor y fortaleza, tan continuado trabajo deberia ya haberlos hecho perecer. Marfisa decia entre sí:—«Ha sido una dicha para mí que este caballero permaneciera inmóvil durante el combate que he sostenido con sus compañeros, pues de otra suerte, habria corrido peligro mi vida; porque ¿cómo me hubiera podido defender entonces, si ahora apenas puedo hacer frente sus ataques?»—Así decia Marfisa, pero mientras tanto no estaba su espada ociosa.—«Suerte he tenido, decia el guerrero negro, en no haber dejado descansar á mi adversario; pues á pesar de lo fatigado que debe haberle dejado su combate anterior, apenas puedo defenderme de sus golpes. Si hubiéramos esperado hasta el nuevo dia para que recobrara su vigor, ¿qué seria de mí? Puedo considerarme como el más feliz de los hombres con que haya rehusado mi oferta.»
Prolongóse la pelea hasta la noche, sin que se conociese la menor ventaja por una ú otra parte: imposibilitados por la falta de luz de poder parar los golpes que mútuamente se dirigian, suspendió la lucha el cortés caballero, diciendo á la guerrera:
—Puesto que las tinieblas importunas han venido á sorprendernos y los dos conservamos todas nuestras ventajas, me parece mejor que prolongues tu vida, por lo menos hasta que despunte la nueva aurora. No me es dable concederte que añadas á tus dias más que el corto espacio de una noche. Sin embargo, te ruego que no hagas recaer sobre mi la culpa de que tu existencia sea tan limitada: échasela más bien á la inhumana ley del sexo femenino, que domina en estas comarcas. Bien sabe Aquel que lo vé todo cuánto me duele tu suerte y la de tus compañeros. En prueba de ello, acepta la hospitalidad que á todos os ofrezco en mi morada; en la inteligencia de que en ninguna otra podreis estar con tanta seguridad, porque la turba mujeril, á cuyos maridos has dado muerte en este mismo sitio, conspira ya contra tí. Cada uno de los que has inmolado estaba casado con diez mujeres: puedes por lo mismo considerar que noventa viudas desean vengar el daño que de tí han recibido. Así es que, si te niegas á aceptar mi ofrecimiento, esta noche te espera una muerte terrible.
Marfisa contestó:
—Acepto de buen grado tu hospitalidad, por abrigar el convencimiento de que tu lealtad y nobleza de corazon serán tan perfectas como tu bizarría y denuedo: mas no deplores el tener que darme la muerte; antes al contrario, tiembla por tí mismo. No creo haberte dado motivo para suponer que soy un adversario indigno de tí; y tanto es así, que dejo enteramente á tu arbitrio la continuacion ó la suspension de la lucha, lo mismo que el proseguirla de dia ó de noche, y cómo, cuándo y dónde quieras.
Por último, resolvieron suspender la pelea hasta el momento en que saliera del Ganges el nuevo albor matutino, quedando indeciso cuál de los dos guerreros era mejor. El generoso caballero se dirigió á Aquilante, á Grifon y á sus demás compañeros para rogarles que se dignasen admitir la hospitalidad que les ofrecia durante la noche. Aceptáronla sin desconfianza alguna, y desde el palenque pasaron todos alumbrados por el resplandor de blancas antorchas, al palacio del guerrero, en el que encontraron una multitud de estancias ricamente alhajadas. Estupefactos quedaron los dos combatientes al mirarse mútuamente en cuanto se quitaron los yelmos: Marfisa se sorprendió al encontrarse con un jóven que no parecia tener más de diez y ocho años, juzgando imposible tanto valor en edad tan temprana; el otro no quedó menos sorprendido al conocer por la rubia cabellera de la jóven el sexo de su adversario. Preguntáronse mútuamente sus nombres, cuyas preguntas satisfacieron ambos; pero en el canto siguiente os diré, si venis á escucharme, el del caballero.