CANTO XX.
Guido y los demás guerreros se evaden de aquella triste region, despues que Astolfo ha puesto en fuga á todos sus habitantes valiéndose de su trompa.—Astolfo incendia despues todo el país, y se aleja enteramente solo, dando la vuelta al mundo.—Marfisa derriba en Francia á Zerbino, obligándole á encargarse de Gabrina.—El príncipe escocés sabe por Gabrina lo acaecido á Isabel.
Las mujeres de la antigüedad han hecho cosas admirables, así en las armas como en las letras, y sus obras bellas y gloriosas han esparcido una radiante luz por el mundo. Harpalice[134] y Camila[135] son famosas por su valor y su pericia militar; Safo[136] y Corina[137] se ilustraron por su talento y su genio, y sus nombres no desaparecerán en la noche de los tiempos. Las mujeres han llegado á la perfeccion en cualquier arte á que se han dedicado con asiduidad, como puede atestiguarlo todo el que tenga las más ligeras nociones de Historia. Si el mundo ha permanecido algun tiempo sin ver brillar la fama de alguna mujer no ha de durar siempre el mal influjo; ó más bien, preciso será acusar de esta falta á la envidia ó á la ignorancia de los escritores.
Estoy firmemente persuadido de que las mujeres de nuestro siglo se distinguen igualmente con méritos brillantísimos, y no tan solo dignos de que el papel y la pluma perpetúen su memoria, sino tambien de que su fama resuene en los futuros siglos para que la maledicencia de muchas lenguas viperinas quede eternamente sepultada entre su infamia, y aparezcan los triunfos de aquellas tan esplendentes que nada tengan que envidiar á los de Marfisa.
Volviendo, pues, á esta guerrera, diré que ofreció al cortés caballero darle noticias de su vida, luego que él por su parte le manifestara su condicion. Deseaba, sin embargo, con tanta impaciencia conocer el nombre del jóven guerrero, que pronunció primeramente el suyo para darle ejemplo, diciéndole:—«Yo soy Marfisa.» Y bastó aquel nombre, famoso y conocido en todo el mundo para saber lo demás.
El caballero negro tuvo necesidad de mayor proemio para dar cuenta de su vida, y expresóse en estos términos:
—Creo que cada uno de vosotros tendrá presente el nombre de mi estirpe; pues no solo Francia, España y las naciones vecinas, sino tambien la India, la Etiopía y el helado Ponto conocen el esclarecido nombre de Claramonte, de cuyo linaje salió el caballero que mató á Almonte, y el que inmoló á Clariel y al rey Mambrino, destruyendo su reino. De esta sangre, pues, nací yo en la region donde el Ister[138] se arroja por ocho ó diez bocas en el Ponto Euxino[139], á la cual habia llegado poco antes el duque Amon y enamorándose de mi madre. Por ahora hace un año que la dejé desconsolada para ir á Francia á reunirme con mi familia; pero no me fué posible terminar el viaje, por haberme arrojado á esta costa una furiosa tempestad, y hace diez meses que estoy detenido en ella, contando los dias y las horas que pasan. Me llamo Guido el Salvaje, y hasta ahora he llevado á cabo pocas hazañas, por lo cual es desconocido mi nombre: aquí dí muerte á Argilon de Melibea con los diez guerreros que le acompañaban: salí despues vencedor de la segunda prueba, y hoy soy esposo de diez mujeres elegidas á mi gusto, por lo cual podreis considerar que mi eleccion recayó en las más bellas y más donosas de esta comarca. Mi dominio alcanza á todas las demás por habérseme confiado el gobierno y el cetro de este estado, como lo confiarán á cualquier otro á quien sonría la fortuna, permitiéndole que venza á diez campeones.
Los caballeros preguntaron á Guido la causa de que hubiese tan pocos varones en aquel territorio, y si estaban sujetos á sus mujeres así como estas lo están á sus maridos en todos los paises del mundo. Guido les respondió:
—Desde que permanezco en este país he tenido ocasion de oir muchas veces el motivo de semejante particularidad, y puesto que deseais saberlo, os lo referiré tal y como ha llegado á mi noticia.
«Cuando los Griegos regresaron de Troya, despues de veinte años de ausencia, por haber durado diez el asedio de aquella ciudad y permanecido otros diez á merced de las olas, detenidos en el mar por vientos contrarios, se encontraron con que sus mujeres, no pudiendo soportar los tormentos de la ausencia y para preservarse en sus lechos del frio de las noches, habian elegido amantes jóvenes que mitigaran su pena. Los Griegos hallaron en sus moradas una multitud de hijos agenos; mas, convencidos de que era imposible observar tan prolongada abstinencia, perdonaron de comun acuerdo á sus mujeres, si bien decidieron arrojar de sus moradas á los hijos adulterinos, negándose á que continuaran viviendo á sus expensas. En su consecuencia, cumplióse con ellos lo acordado, si bien las madres procuraron ocultar y seguir manteniendo á un gran número de sus hijos. Los que habian llegado á la edad de la pubertad se ausentaron, por grupos, pasando á diferentes paises: otros abrazaron la carrera de las armas; muchos cultivaron las ciencias y las artes; bastantes la tierra; algunos buscaron su fortuna en la corte, y varios, por último, se dedicaron á guardar ganados.