»Entre los que se ausentaron, iba un jovencillo de unos diez y ocho años, hijo de la cruel Clitemnestra[140], fresco y lozano cual un lirio ó como la rosa recien arrancada de su tallo. Unido á otros cien jóvenes de su misma edad, los más esforzados de toda la Grecia, armó un bajel y dedicóse á piratear por los mares y las costas. En aquel tiempo, los cretenses habian arrojado del reino al cruel Idomeneo[141], y para afianzar su nuevo gobierno, reunian armas y levantaban tropas para defenderse. Aprovechando aquella oportunidad, admitieron á su servicio á Falanto (que así se llamaba el jóven), y le confiaron á él y á sus demás compañeros la custodia de la ciudad de Dictima. Era esta la más rica y más agradable de las cien placenteras ciudades de la Creta, tanto por la hermosura, y voluptuosidad de sus mujeres, cuanto por sus incesantes juegos y fiestas; y siguiendo sus habitantes su proverbial costumbre de agasajar en extremo á los forasteros, acogieron tan cordialmente á aquellos jóvenes, que no faltó más sino que los hicieran dueños de sus mismos hogares.
»Los compañeros que Falanto habia elegido eran todos jóvenes, como he dicho, y gallardos; así es que desde el primer momento se apoderaron de los corazones de las bellas cretenses; y como además de su gallardía, eran sumamente afables, enamorados y vigorosos, se hicieron en pocos dias tan bien vistos á los ojos de las mujeres de aquel país, que no tardaron estas en preferirlos á todas las cosas del mundo. Una vez terminada la guerra que habia motivado el llamamiento de Falanto y sus compañeros á Creta, y suspendido el sueldo que por tal concepto recibían, pensaron en abandonar un país que ya no les proporcionaba los medios necesarios para vivir; pero las jóvenes cretenses, al saberlo, dieron mayores muestras de sentimiento, y derramaron más lágrimas que si hubieran visto perecer á sus padres. Todas ellas suplicaron encarecidamente á sus jóvenes amantes que no se apartasen de su lado; mas perdiendo la esperanza de lograrlo, resolvieron seguirlos, y abandonaron por ellos á sus padres, hermanos é hijos, no sin llevarse las joyas, el dinero y los objetos de más valor que existian en su hogar doméstico; pues tan sigilosamente llevaron á cabo su fuga, que no hubo uno solo que la descubriese. Fué tan propicio el viento y tan á propósito la hora que Falanto eligió para la partida, que ya se encontraban á muchas millas del puerto cuando los cretenses echaron de ver su daño. La suerte proporcionó despues á la comitiva de Falanto esta costa, desierta entonces, en la que se establecieron, disfrutando tranquilamente del fruto de su robo.
»Durante diez dias fué para ellos esta playa una mansion llena de delicias; pero como suele suceder que muchas veces la abundancia produce el hastío en el corazon de los jóvenes, convinieron unánimemente Falanto y sus compañeros en abandonar á sus mujeres y librarse de este modo de ellas; porque no hay carga tan pesada como la mujer cuando llega á sernos importuna. Tan ganosos de botin y de rapiñas como parcos en sus gastos, vieron que para mantener tantas concubinas necesitaban algo más que lanzas y ballestas; por lo cual, abandonando aquí á aquellas desdichadas, se marcharon cargados con sus tesoros hácia las costas de la Pulla, donde be oido decir que edificaron la ciudad de Tarento[142].
»Las cretenses, viéndose vendidas por sus amantes, en quienes tenian depositada toda su confianza, permanecieron por algunos dias tan poseidas de estupor que parecian inmóviles estátuas colocadas en la orilla del mar. Convencidas despues de que sus lágrimas y sus lamentos de nada podian servirles, empezaron á pensar y á buscar un medio para sustraerse á tamaña desgracia: cada una de ellas proponia su parecer, y mientras unas opinaban que debian regresar á Creta y someterse al arbitrio de sus severos padres y ofendidos esposos, antes que perecer de hambre y de miseria en estas playas desiertas y en estos bosques salvajes, otras sostenian que era preferible morir sepultadas en el mar, á adoptar tan cruel partido, y que consideraban menos malo vagar errantes cual meretrices, mendigas ó esclavas, que ir por sí mismas á buscar el castigo, de que las habian hecho merecedoras sus culpables acciones. Tales ó parecidos eran los dictámenes á cual más duro y penoso de aquellas infelices, cuando se levantó Orontea, cuyo orígen se remontaba al rey Minos, y era la más jóven, bella y prudente de todas sus compañeras, y tambien la que menos faltas habia cometido. Perdidamente enamorada de Falanto, le habia sacrificado su virginidad, y abandonado por él el hogar paterno. Dejando ver en su rostro y en sus palabras la ira de que estaba inflamado su corazon magnánimo, rebatió los encontrados pareceres de sus amigas, y esplanó el suyo, que hizo prevalecer.
»No creyó conveniente abandonar un país ostensiblemente fértil, de cielo puro y clima sano; una comarca por la que circulaban límpidos arroyuelos, donde existian selvas umbrosas y extensas llanuras; una costa en la que habia puertos y bahías, que por su desgracia se verian precisados á frecuentar los navegantes extranjeros, dedicados á transportar los diferentes productos de África y de Egipto. Su parecer fué, pues, el de establecerse aquí y tomar cruel venganza del sexo viril que tan pérfidamente las habia ofendido; y propuso que todo bajel, obligado por los vientos á refugiarse en alguno de los puertos de estas playas, fuese saqueado, incendiado y degollados los tripulantes por todas ellas, sin que se perdonase la vida á uno solo.
»Tal fué la opinion de Orontea, y tal la que prevaleció: hízose la ley en estos términos, y se puso inmediatamente en práctica.
»En cuanto el estado de la atmósfera presagiaba una tempestad, corrian á la playa las mujeres armadas y guiadas por la implacable Orontea, que propuso aquella ley, y á quien ellas eligieron por su reina; apresaban las embarcaciones arrojadas por la tempestad sobre estas costas, las entregaban á las llamas, y no dejaban con vida un solo hombre que pudiese llevar á cualquiera parte la noticia de sus estragos. Transcurrieron de este modo algunos años, viviendo siempre solas, y sin mitigar su odio hácia el otro sexo. Pero al fin conocieron que labrarian su propio daño, si no mudaban de conducta; porque careciendo de posteridad, en breve se verian imposibilitadas de cumplir con su ley, la cual terminaria juntamente con su infecundo reino, cuando su propósito era el de que rigiese eternamente. Dulcificando, pues, algun tanto su rigor, eligieron por espacio de cuatro años los diez mejores y más gallardos caballeros de cuantos arribaron á estas playas, prefiriendo los más á propósito para sostener el amoroso combate que buscaban aquellas cien mujeres. Eran, en efecto ciento, por lo cual á cada decena correspondia un marido.
»Sin embargo, antes que consiguieran encontrar hombres bastante fuertes para resistir tal prueba, tuvieron que degollar á muchos. Al fin hallaron los diez que necesitaban á quienes hicieron partícipes de su lecho y del gobierno del país, obligándoles á jurar de antemano que siempre que llegaran á estas playas otros hombres, habrian de apoderarse de ellos y pasarlos á cuchillo sin conmiseracion alguna. Pronto tuvieron hijos, y empezaron á temer que llegara un dia en que el número de los varones fuera tan considerable, que no pudieran sujetarles y cayera al fin en manos de los hombres la direccion de sus asuntos, de que tan orgullosas se mostraban: decidieron, pues, antes de que sus hijos saliesen de la infancia, tomar una determinacion que las pusiera á cubierto de sus futuras rebeldías. Con el propósito de que el sexo masculino no llegara á subyugarlas, instituyeron una horrible ley, que previene que toda madre solo pueda conservar un hijo varon, debiendo ahogar á los demás, cambiarlos fuera del reino por hembras ó venderlos. Por esta causa los envian á diferentes paises, y á los que se los llevan, les encargan que traigan mujeres si consiguen hallarlas á cambio de los hijos, y si no, que por lo menos no regresen con las manos vacías. Ninguno se libraria de la muerte si pudieran pasar sin su auxilio, y mantener por sí solas su descendencia. Esta es la única piedad, la sola clemencia que por tan inícua ley conceden á los suyos con preferencia á los extraños, á quienes siguen condenando con igual crueldad que antes, si bien dicha ley fué reformada, disponiendo que no fuesen las mujeres reunidas en confuso tropel quienes degollasen á los navegantes, como antes lo efectuaban. Cuando cogian á diez, veinte ó más hombres de una vez, los encarcelaban y cada dia se sacrificaba uno de ellos elegido por la suerte en el horrendo templo que Orontea habia erigido y consagrado á la Venganza. Uno de los diez varones, designado tambien por la suerte, se encargaba de sepultar el cuchillo homicida en las entrañas de la víctima.
»Muchos años despues vino á parar á estas playas homicidas un jovencillo, de la estirpe del heróico Alcides, dotado de gran valor y llamado Elbano. Como no abrigaba desconfianza alguna al desembarcar, se apoderaron las mujeres de él con la mayor facilidad, y le pusieron en un calabozo estrecho vigilado por una fuerte guardia, destinándole con otros varios al cruento sacrificio. Aquel jovencillo era de rostro bello y placentero; tenia un aspecto tan seductor y una voz tan dulce y persuasiva, que un áspid se hubiera detenido á escucharle. No tardaron en hablar de él, como de la cosa más rara del mundo, á Alejandra, hija de Orontea: esta vivia todavia, aunque cargada de años: todas sus antiguas compañeras habian muerto; pero las habian sustituido otras, educadas más varonilmente que sus madres, y habíase aumentado de tal manera su número, que ya no contaban siquiera con una lima por cada diez fraguas[143], pues los diez caballeros continuaban dando á los extranjeros un recibimiento muy cruel. Alejandra, deseosa de ver al jovencillo que tanto le ponderaron, pidió permiso á su madre para satisfacer este deseo, y vió y oyó á Elbano; pero cuando quiso separarse de él, sintió que su corazon se quedaba con el cautivo, y tan ligado á él que, sin saber cómo, se encontró presa en su mismo calabozo. Elbano le dijo: