—»Hermosa doncella: si en este país no fuese completamente desconocida la compasion que reina en todos cuantos el benigno Sol alumbra con sus rayos, me atreveria á suplicaros, en nombre de vuestra singular belleza que se apodera fácilmente de las almas, que me hiciéseis merced de la vida para consagrarla en adelante á vuestro esclusivo servicio. Pero como aquí no existe la menor nocion de humanidad, contra toda razon y conveniencia, me abstendré de pedir un favor semejante; pues harto sé que mis ruegos serian inútiles: lo que sí deseo es encontrar la muerte con las armas en la mano, cual cumple á un caballero, y no como un criminal condenado por la justicia ó como la víctima irracional en un sacrificio.»
»La gentil Alejandra, cuyos ojos estaban húmedos por las lágrimas que le causaba su compasion hacia el jóven, le respondió:
—«Aun cuando este país es el más perverso y cruel de cuantos han existido, no concedo que sus mujeres sean otras tantas Medeas, como quieres suponer; y aun admitiendo que lo fuesen, yo soy una excepcion de esa regla. Si hasta aquí han sido mis costumbres tan bárbaras y crueles como las de todas mis compañeras, es porque nunca habia encontrado un mortal que inclinase mi corazon á la piedad. Hoy, sin embargo, tendria la ferocidad de una tigre y el corazon más duro que el diamante, si no hubiesen ablandado su dureza tu hermosura, tu gentileza y tu valor. ¡Ojalá no fuese tan irrevocable la ley instituida en esta nación contra los extranjeros! Pronto me verias rescatar tu vida, aun á costa de mi propia existencia. Pero no tengo la inmensa suerte de poder ayudarte en lo más mínimo, y creo muy difícil obtener el favor que me pides, á pesar de ser insignificante. Sin embargo, haré cuanto esté de mi parte para conseguirlo, y para proporcionarte antes de morir esa satisfaccion; aunque mucho me temo que, prolongando tu existencia, prolongues tambien tus tormentos.»
»Elbano replicó:
—«Aun cuando me fuese preciso combatir contra diez caballeros armados, es tal el vigor que en mí siento, que tengo esperanza de salvar mi vida, despues de haberlos exterminado á todos.»
»Alejandra exhaló un profundo suspiro por toda contestacion, y se separó del jóven, llevándose al partir clavadas en el corazon mil saetas, de cuyas heridas no podia curarse. Acudió á su madre, y le suplicó que no dejara morir á aquel caballero si llegaba á mostrarse tan valeroso y fuerte que hiciera perecer á diez adversarios. La reina Orontea reunió al instante su consejo, y pronunció estas palabras:
—«Nos es de conveniencia suma confiar la custodia de nuestros puertos y costas al mejor de los caballeros que caigan en nuestras manos; mas para saber á quien deberemos admitir y á quien desechar, es necesario que le sometamos á una prueba, á fin de no consentir, con perjuicio nuestro, que reine el vil, y perezca el valiente. Os propongo, pues, y deseo que vuestro parecer sea el mio, que en lo sucesivo todo caballero á quien la suerte arroje sobre nuestras playas, antes de ser inmolado en el templo, y si le acomoda el pacto, pueda combatir con diez guerreros: dado caso de que logre vencerlos á todos, le confiaremos entonces el cuidado del puerto y le concederemos que salve á sus compañeros. Me expreso de este modo, porque tenemos ahora un prisionero, que, segun parece, pretende vencer á diez campeones, y en caso de valer él solo por todos los otros juntos, es dignísimo, por Dios, de que se le atienda; de lo contrario, si le ciega un desmesurado orgullo, recibirá el castigo merecido.»
»Orontea dió aquí fin á su discurso, y entonces una de las más ancianas tomó la palabra para contestarle, diciendo:
—«La razon principal que nos indujo á admitir á los hombres en nuestro consorcio, no consistió en que tuviésemos necesidad de su ayuda para defender este reino, puesto que nuestra inteligencia y nuestro valor eran más que suficientes para ello. ¡Ojalá nos bastáramos así nosotras mismas para impedir que se extinguiese nuestra descendencia! Pero ya que esto no nos era posible sin su auxilio, consentimos en recibir algunos hombres, si bien en corto número, con el fin de que nunca pudiera haber más de uno para diez mujeres, y les fuera imposible subyugarnos: por lo tanto, nuestro objeto fué no más que el de tener hijos; nunca el de buscar quien nos defendiera: para lo primero necesitamos sus brios; en cuanto á lo segundo, más vale que sean inútiles ó perezosos. Por consiguiente, la idea de admitir entre nosotras á un hombre tan fuerte cual suponen, es enteramente contraria á nuestro principal propósito; porque si uno solo es capaz de dar muerte á diez hombres, ¿á cuántas mujeres no dominará? Si los diez hombres que hoy existen aquí fueran tan esforzados, desde el primer dia se habrian apoderado del reino. El designio de facilitar armas á los que pueden más que nosotras, no es por cierto el mejor camino para dominarlos. Debes considerar, además, que si la Fortuna acude en auxilio de tu recomendado hasta el extremo de que consiga dar muerte á los diez, te ensordecerán los lamentos de cien mujeres que quedarán viudas por tan fútil pretexto. En resúmen, si ese jóven desea hacer gala de su valor, debe proponer otros medios más aceptables; pero de ningun modo convertirse en homicida de diez hombres: y en último caso, podria perdonársele, si fuera á propósito para hacer con cien mujeres lo que hoy hacen otros con diez.»
»Tal fué el parecer de la cruel Artemia (que así se llamaba la anciana); y si Elbano se libró de verse hecho pedazos ante el altar de la inexorable diosa, no fué por cierto porque Artemia no se esforzara en conseguirlo: mas la madre Orontea, que deseaba complacer á su hija, adujo tantas y tales razones en pró de su opinion, y empleó tanta elocuencia, que la asamblea aprobó por último su plan. La belleza de Elbano, superior á la de cuantos caballeros existian entonces, ejerció tal influjo en el corazon de las jóvenes, más numerosas que las ancianas en aquel consejo, que prevaleció su parecer sobre el de estas; las cuales pedian, como Artemia, la inmediata ejecucion de la ley antigua; y poco faltó para que dicha ley dejara de aplicarse aquella única vez por favorecer á Elbano. Resolvieron, por último, perdonarle; pero despues que triunfara de diez campeones, y pudiese sostener diferente combate, no ya con cien mujeres, sino con otras diez.