»Sacáronle de la cárcel al dia siguiente; le dieron armas y caballo á su eleccion, y luchó solo contra diez guerreros, que cayeron uno tras otro bajo sus golpes. Al hacerse de noche, fué sometido á prueba con diez doncellas, teniendo tan buen éxito en su segunda empresa que las dejó á todas enteramente satisfechas. Estas brillantes victorias le hicieron merecedor de la gracia de Orontea, la cual le admitió por yerno, y le entregó á Alejandra, y las otras nueve jóvenes con quienes habia llevado á cabo su prueba nocturna. Orontea le eligió despues por sucesor suyo, juntamente con Alejandra, á quien esta tierra debe su nombre, bajo la condicion de que haria observar por él y por sus herederos la ley que rige desde entonces, y la cual previene que todo extranjero á quien su desventurada estrella haga poner el pié en estas costas, escoja, entre ofrecerse á la muerte ó combatir solo contra diez guerreros, y si de dia logra salir vencedor de estos, debe probar su esfuerzo durante la noche con igual número de doncellas: en el caso de que la Fortuna sea con él tan complaciente que le permita triunfar de esta nueva prueba, ha de ser nombrado príncipe y guia del ejército femenino, pudiendo renovar á su capricho los diez mantenedores de tal costumbre, continuando de este modo hasta que llegue otro que sea más fuerte y logre arrancarle la vida.
»Unos dos mil años hace que existe tan impía costumbre, y trascurren pocos dias sin que algun infeliz peregrino sea sacrificado en el templo. Si hay algunos que, como Elbano, y como ahora mismo sucede, admitan la lucha con los diez guerreros, pierden generalmente la vida en el primer combate, y de cada mil, apenas sale uno con felicidad del segundo. Algunos, sin embargo, han salido vencedores de uno y otro; pero en tan corto número que pueden contarse con los dedos. Argilon fué uno de ellos, pero no disfrutó largo tiempo de su victoria; porque habiéndome arrojado una tempestad á este país, le sepulté en el sueño eterno. ¡Ah! ¡por qué no perecí aquel mismo dia con él, en lugar de verme obligado á vivir esclavo y sumido en tanta afrenta! Los placeres del amor, las risas, los juegos, tan gratos á mi edad, los trajes, las joyas, las preeminencias sobre sus conciudadanos, no son nada para el hombre privado de su libertad: y sobre todo, la idea de no poder ausentarme jamás de estos sitios es para mí la esclavitud más penosa é intolerable. Al ver cómo se va ajando la flor de mi juventud en medio de la ociosidad y la molicie y dedicado á tan vil tarea, mi corazon vive en perpétua angustia, y esta incesante pena extingue en mi alma todos los goces. La fama de mi estirpe extiende sus alas por el mundo entero, remontándose hasta el cielo; y mientras tanto, yo, que podria participar de ella, si lograra reunirme con mis hermanos, me hallo en situacion tan miserable. No parece sino que el destino haya querido burlarse de mí, reservándome para una profesion tan vergonzosa, y reduciéndome á la condicion de un caballo ciego, cojo ó con otro defecto, á quien arrojan de la parada por ser ya inútil para la guerra ó para más provechoso destino. ¡Ah! pues que solo muriendo conseguiré verme libre de tan abyecta servidumbre, venga la muerte cuanto antes á poner término á mi desesperacion.»
Al llegar aquí, Guido dió fin á sus palabras, maldiciendo el dia en que su triunfo sobre diez guerreros y diez doncellas le proporcionó el cetro de aquel reino. Astolfo estuvo escuchándole atentamente, aunque algo apartado de Guido para examinarle con toda detencion; y despues que hubo adquirido la certeza de que aquel jóven era hijo del duque Amon, su pariente, le dijo:
—Yo soy tu primo Astolfo, príncipe de Inglaterra.
Estrechóle en seguida contra su corazon, y le besó con gran cariño y deferencia, no sin derramar alguna lágrima.
—Mi querido pariente, añadió, no necesitaba en verdad tu madre colgar de tu cuello señal alguna para dar á conocer que tu raza es la nuestra; pues el valor que demuestras con tu acero es la mejor prueba de tu orígen.
Guido, que en cualquier otra ocasion habria tenido el más vivo placer al encontrar un pariente tan cercano, le acogió entonces con rostro macilento, porque su vista le causaba un verdadero pesar. Y no era extraño: si él vivia, sabia que Astolfo quedaria esclavo, desde el dia siguiente sin ir más léjos; si Astolfo recobraba su libertad, era prueba de que él perderia la vida, por lo cual el bien del uno redundaba en daño del otro. Pesábale tambien que de su victoria resultase un cautiverio eterno para los demás caballeros, así como el considerar que con su muerte no lograria evitar el mismo cautiverio; porque si con ella conseguia sacarles del primer aprieto, tropezarian en el segundo, ya que Marfisa, estaba imposibilitada de salir victoriosa en su combate con las doncellas; resultando de aquí que ella pereceria indudablemente, y ellos ceñirian la cadena del esclavo.
Marfisa y sus compañeros sentian á su vez la mayor compasion y el más tierno afecto hácia Guido, tan jóven, tan cortés y tan generoso, y casi se desdeñaban de salvarse á costa de su muerte, en especial la primera, que estaba decidida á morir con él, en el caso de que no les fuera posible adoptar otra resolucion. Así, pues, dirigiéndose á Guido, le dijo:
—Ven con nosotros, y salgamos de aquí á viva fuerza.
—¡Ah! repuso Guido: tanto si me vences como si quedas vencida, debes perder toda esperanza de escaparte.