Marfisa añadió:

—Jamás ha dudado mi corazon de poner fin á cosa alguna que haya empezado, ni de hallar camino más seguro que el que yo misma me he abierto con mi espada. Habiendo conocido hoy tu gran valor, me siento capaz, teniéndote á mi lado, de acometer la empresa más arriesgada. Cuando la turba mujeril se halle mañana colocada en las gradas del palenque, deberemos acometerla por todas partes y degollarla, ora emprenda la fuga, ora se defienda, dejando sus cuerpos expuestos á la voracidad de los lobos y buitres de este país, y entregando la ciudad á las llamas.

Guido replicó:

—Dispuesto estoy á seguirte, y á morir á tu lado, si es preciso; pero no esperemos salir con vida de tamaña empresa, aunque á lo menos moriremos vengados. El palenque está generalmente ocupado por diez mil mujeres, y otras tantas se quedan custodiando el puerto, las murallas y las fortalezas, por lo cual no veo el medio de escapar de entre sus manos.

—Aunque su número fuese mayor, repuso Marfisa, que el de los soldados que acompañaron á Jerjes[144], y que el de los espíritus rebeldes arrojados en otro tiempo del cielo para su eterno baldon, pronta estoy á exterminarlas como tú vengas conmigo, ó por lo menos no te unas á ellas.

—Solo un medio existe, añadió Guido, del que podamos echar mano para salvarnos; y este medio, que se me ha ocurrido ahora, es el siguiente: Como solo las mujeres tienen el derecho de aproximarse á las naves ó salir del puerto, pienso recurrir á la fidelidad de una de mis esposas, cuyo amor he puesto muchas veces á prueba y en ocasiones más apuradas que la presente. Desea tanto como yo salir de este país horroroso, con tal de venir conmigo, esperando de este modo librarse de sus nueve rivales, y que ella sola poseerá mi cariño. A favor de la noche le será fácil armar una fusta ó una saetía que vuestros marineros encontrarán lista para navegar. Reunidos luego en un grupo compacto todos cuantos caballeros, mercaderes y marineros se albergan en este palacio, y guiados por mí, nos dirigiremos al puerto, arrollando, si hay necesidad, cuantos obstáculos se opongan á nuestra marcha; y de esta suerte confio en sacaros de la cruel ciudad, merced al esfuerzo de todos.

—Obra como te parezca, respondió Marfisa: en cuanto á mí, estoy segura de salir de aquí. Me es más fácil degollar por mi mano á cuantas mujeres se guarecen tras estas murallas, que huir ó dar el menor indicio de temor; quiero, por lo tanto, salir en pleno dia, y valerme para ello del solo esfuerzo de mi brazo: cualquier otro medio me parece vergonzoso. Sé muy bien que, si conocieran mi sexo, obtendria de las mujeres de esta tierra honor y prez, me acogerian con júbilo y tal vez seria de las primeras en el gobierno del reino; pero habiendo llegado hasta aquí en vuestra compañía, debo arrostrar los mismos peligros que vosotros, y no soy tan infame que os dejara sumidos en la esclavitud, marchándome yo libremente.

Con estas y otras palabras demostró Marfisa, que si consentia en refrenar su audacia no atacando con memorable valor á la turba femenina, era porque la contenia la consideracion del peligro á que exponia á sus compañeros, á quienes fácilmente podria perjudicar su mismo atrevimiento, y por esta razon dejó á Guido que adoptara el partido que más conveniente creyese. Aquella misma noche participó este su proyecto á Aleria, que así se llamaba la más fiel de sus mujeres, y no tuvo necesidad de rogarle mucho, porque la encontró dispuesta á ayudarle. Aleria eligió una nave, la hizo armar, embarcó en ella sus objetos más preciosos bajo el pretexto de que, al despuntar el dia, debia recorrer las costas con algunas compañeras. Antes de esto, habia hecho conducir al palacio espadas, lanzas, corazas y escudos, para armar con ellos á los mercaderes y marineros que estaban desarmados. Mientras unos se entregaban al descanso, otros permanecian en vela, participando alternativamente del reposo y la vigilancia y mirando á cada momento, sin abandonar un instante las armas, si aparecian por Oriente los primeros albores del dia.

El Sol no habia levantado todavia el velo denso y oscuro extendido por la noche sobre la dura superficie de la Tierra, y la prole de Licaon[145] apenas habia vuelto su arado por los surcos del cielo, cuando las mujeres, ansiando presenciar el fin de la lucha, se apresuraron á llenar las gradas del palenque, semejantes á las abejas que se agitan al rededor de la colmena, preparándose á poblar una nueva habitacion así que vuelve el buen tiempo. El estrépito de los tambores, de las trompas y los clarines llenó pronto con sus ecos la tierra y el cielo, llamando á Guido para que se presentara á terminar el combate interrumpido. Aquilante, Grifon, Astolfo, Marfisa, Guido, Sansoneto y todos sus compañeros estaban ya cubiertos con sus armaduras, unos á pié y otros á caballo.