Para trasladarse desde el palacio al mar, era indispensable atravesar la plaza por no haber otro camino, ni largo ni corto. Así lo anunció Guido á sus compañeros, exhortándoles á que se prepararan á combatir como buenos; despues de lo cual emprendió la marcha silenciosamente y se presentó en la plaza, rodeado de más de cien hombres. Recomendándoles entonces que apretaran el paso, se dirigia á la otra puerta para salir de su recinto, cuando las innumerables mujeres que ocupaban la plaza, armadas completamente y dispuestas siempre á combatir, conocieron su intento, al verle á la cabeza de tantos varones, y á un tiempo mismo empuñaron todas sus arcos y se precipitaron hácia la segunda puerta para cerrarle el paso. Guido y los demás caballeros, y sobre todos Marfisa, no tardaron en empezar el ataque, haciendo prodigios de valor para forzar la salida; pero era tal la lluvia de dardos que desde todas partes cayó sobre ellos, hiriendo y matando á algunos, que comenzaron á desconfiar del triunfo. El caballo de Sansoneto, así como el de Marfisa, cayeron atravesados por las flechas; y á no ser por el buen temple de sus corazas, los fugitivos hubieran corrido un gran peligro.
Astolfo dijo entonces para sí:—«La ocasion es magnífica para utilizar mi trompa; y puesto que, segun observo, los aceros no nos sirven de nada, voy á ver si consigo abrirnos paso con ella».—Y acercándose la trompa á los labios, como solia hacerlo en los trances más apurados, empezó á despedir aquellos sonidos horribles, á cuyos aterradores ecos parecia que se estremeciera la tierra y el mundo entero. El pánico que se apoderó de las innumerables mujeres allí reunidas fué tan grande, que, buscando la huida, se precipitaban de arriba á abajo de las graderías, se derribaban unas á otras, y poseidas del mayor espanto y confusion, abandonaron enteramente la defensa de la puerta. Así como los habitantes de una casa, sorprendidos de improviso por el incendio que ha ido creciendo poco á poco en tanto que estaban entregados al sueño, al verse rodeados de llamas por todas partes, se arrojan por las ventanas ó tejados, con grave peligro de su vida, buscando afanosos su salvacion, del mismo modo huian todas de aquellos sonidos espantosos, arriesgando la vida para conseguirlo. Corrian aterradas en todas direcciones, procurando tan solo alejarse; aglomerábanse á millares delante de cada puerta, y oprimiéndose unas á otras, se interceptaban ellas mismas la salida: caian hacinadas á montones, pereciendo muchas aplastadas por el peso de las otras: algunas se precipitaban desde los palcos y ventanas, quedando unas muertas, otras con la cabeza ó los brazos rotos y la mayor parte de ellas lisiadas. Llegaban hasta el cielo los gritos y los lamentos, mezclados con el estrépito que producian las carreras y tan extraordinaria confusion. Cada vez que la trompa despedia uno de sus sonidos, aumentaba la veloz huida de la aterrorizada muchedumbre. Si ois decir que aquella turba vil, perdida su anterior audacia, diera muestras de la cobardía que se habia apoderado de su corazon, no lo extrañeis, porque la liebre es tímida por naturaleza. Pero ¿qué direis del
Y acercándose la trompa á los labios, empezó á despedir aquellos sonidos horribles.....
(Canto XX.)
ánimo esforzado de Marfisa, de Guido el Salvaje, de los dos jóvenes hijos de Olivero, que hasta entonces tanto lustre dieran á su estirpe? Apenas hacia un momento que lo mismo les importaba lidiar con uno que con cien mil; y sin embargo, huian tambien acobardados, cual temerosos conejos ó palomas sobresaltados por un ruido cercano.
La fuerza que estaba encantada en aquella trompa, lo mismo hacia sentir su poder á amigos que á adversarios. Sansoneto, Guido y los dos hermanos corrian tras la espantada Marfisa; y á pesar de su vertiginosa carrera, no podian verse libres de aquellos ecos atronadores. Astolfo continuaba recorriendo toda la ciudad, dando cada vez mayores resoplidos en su instrumento mágico. Muchas de las fugitivas se dirigieron al mar; otras escalaron los montes y otras buscaron un refugio en el fondo de los bosques. Algunas hubo que, sin detenerse ni volver atrás la cabeza, estuvieron corriendo por espacio de diez dias. Varias de ellas, no pudiendo contener el impulso de su huida, se precipitaron en el mar, de donde no volvieron á salir con vida. Las plazas, las calles, las casas y los templos se vieron en un momento tan despejados, que la ciudad quedó casi desierta.
Marfisa, el buen Guido, los dos hermanos y Sansoneto, pálidos y temblorosos, huian hácia el mar, y en pos de ellos los mercaderes y los marineros: encontraron allí á Aleria, que tenia ya preparada la nave, y embarcándose todos precipitadamente, desplegaron las velas y azotaron las olas con los remos.
Astolfo habia recorrido en tanto por dentro y fuera toda la ciudad, desde la playa hasta las colinas que la dominaban dejando todas las calles enteramente limpias de habitantes: todas las mujeres seguian huyendo ú ocultándose de él: muchas hubo á quienes su cobardía les hizo arrojarse en sitios oscuros é inmundos, y otras muchas, no sabiendo donde guarecerse, se habian echado á nado en el mar, pereciendo ahogadas. El Duque regresó de su excursion en busca de sus compañeros á quienes creia encontrar en el muelle: tendió sus miradas en todas direcciones, y no vió á ninguno de ellos en toda aquella playa desierta: levantó, por último, la vista, y divisó entonces á lo léjos la nave en que se alejaban á toda vela, por lo cual se vió obligado á seguir otro camino. Podemos dejarle marchar, sin que nos dé el menor cuidado verle emprender solo tan largo viaje á través del país de los infieles y de otros más bárbaros, por donde nadie puede fijar tranquilamente la planta; pues no habrá peligro alguno del que no triunfe merced á su trompa, que tan buenos resultados acababa de darle. Cuidémonos ahora de sus compañeros que huian por el mar, temblando todavia de pavor. A fuerza de remo y velas, pusieron en breve una larga distancia entre ellos y aquella costa cruel; y cuando dejaron de percibir los horrísonos ecos de la trompa, sintiéronse tan heridos por el punzante aguijon de la vergüenza, que sus rostros se tiñeron de un encendido rubor; no se atrevian á mirarse mútuamente, y todos permanecian tristes, humillados, silenciosos y con la cabeza inclinada.
El piloto, atento á su derrotero, pasó por Chipre y Rodas; y atravesando luego el mar Egeo, vió desaparecer sucesivamente más de cien islas y el peligroso promontorio de Malea; é impulsado siempre por un viento constante y favorable, dejó tras si la península griega de Morea, dió despues la vuelta á la isla de Sicilia, y entrando en el mar Tirreno, fué costeando el ameno litoral de Italia, hasta que fondeó en Luna, donde habia dejado á su familia, dando las gracias más fervientes al Señor por haberle concedido una navegacion tan próspera. En Luna encontraron los caballeros un bajel que se hacia á la vela para Francia; embarcáronse en él aquel mismo dia, y en breve llegaron á Marsella.
Bradamante, á quien estaba confiado el gobierno del país, se hallaba ausente á la sazon; de lo contrario, hubiera decidido á los guerreros á pasar algunos dias en su compañía. Saltaron en tierra, y sin esperar á más, se despidió Marfisa de sus cuatro compañeros y de la esposa de Guido, y siguió su camino á la ventura, diciendo que no era digno de caballeros marchar tantos reunidos; que los gamos, los ciervos, los estorninos, las palomas y todo animal cobarde son los que van juntos en grandes bandadas, pero que el audaz halcon y el águila altanera, los osos, los tigres y los leones, que no confian para defenderse en el auxilio ajeno ni temen á nadie, van siempre solos.