Ninguno de los otros fué de esta misma opinion; por lo cual, se alejó sola Marfisa, atravesando bosques y caminos desconocidos. Grifon el blanco y Aquilante el negro, tomaron con los otros dos la ruta más frecuentada, y llegaron al dia siguiente á un castillo donde recibieron una galante acogida. Este recibimiento, sin embargo, fué halagüeño en la apariencia, y no tardaron en conocer la traicion que tras él se ocultaba; porque el Señor del castillo, que, fingiendo la mayor cortesía, les dió asilo en su morada, cuando llegó la noche los hizo prender en sus lechos, mientras dormian seguros y confiados, y no quiso soltarlos sino despues que les arrancó el juramento de observar una costumbre infame.
Pero antes de ocuparme de dicho juramento, quiero, Señor, ir en pos de la belicosa doncella. Marfisa pasó el Durance, el Ródano y el Saona, y llegó á la falda de una áspera montaña. Allí vió venir por la márgen de un torrente á una mujer vestida de negro, que parecia estar rendida de cansancio, y sobre todo afligida y melancólica. Era esta aquella vieja que servia á los bandidos de la caverna, adonde la justicia divina envió al conde Orlando para darles la muerte. Temerosa la vieja de morir por las razones que diré más adelante, andaba hacia muchos dias por senderos oscuros y extraviados, huyendo de encontrar quien la conociera. El traje y las armas de Marfisa le hicieron suponer que era un caballero extranjero, por lo cual no huyó como solia siempre que topaba con algun guerrero del país: antes al contrario se detuvo en la parte vadeable del torrente, y esperó á la jóven con tranquilidad y confianza; y luego que la vió cerca, le salió al encuentro saludándola y le rogó que la pasara á la orilla opuesta á la grupa de su caballo.
Marfisa, complaciente por naturaleza, la condujo al otro lado, y aun siguió llevándola á la grupa de su caballo por algun tiempo á través de un terreno pantanoso, hasta dejarla en otro más firme. No bien habian salido al camino, cuando se encontraron con un caballero, montado en un caballo ricamente enjaezado y cubierto con una brillante armadura y una magnífica sobrevesta, el cual se dirigia hácia el torrente en compañía de una dama y de un solo escudero. La dama era bastante hermosa, pero de semblante adusto y altanero, de una orgullosa arrogancia, y digna, en una palabra, del caballero que la acompañaba. Éste era Pinabel, aquel conde de Maguncia, que pocos meses antes arrojara á Bradamante en la cueva de Merlin. Aquellos suspiros, aquellos frecuentes sollozos, aquellas lágrimas que anublaban contínuamente su vista, eran por la pérdida de la dama con quien iba ahora, y que entonces estaba en poder del Nigromante. Mas despues que desapareció de la cima del peñasco el castillo encantado de Atlante, y cada cual pudo seguir el camino que mejor cuadrase á sus deseos, gracias al valor de Bradamante, aquella dama, dispuesta siempre á satisfacer, con demasiada facilidad, los deseos de Pinabel, fué á buscarle, y á la sazon viajaban juntos de castillo en castillo.
Como la dama de Pinabel era burlona al par que importuna, apenas vió á la vieja compañera de Marfisa, no pudo contener su lengua, y empezó á motejarla con befas y sonrisas insultantes. La arrogante Marfisa, poco acostumbrada á soportar ultrajes en su presencia, respondió colérica á la dama que aquella vieja era más hermosa que ella, como estaba dispuesta á probárselo á su caballero, bajo la condicion de que habia de ceder á la anciana sus vestidos y su palafren, en el caso de que derribara al campeon que la acompañaba.
Conoció Pinabel que cometeria una vergonzosa accion si no hacia caso de este reto, por lo cual requirió, á pesar suyo, sus armas; embrazó el escudo, enristró la lanza, tomó distancia, y se precipitó furioso sobre la guerrera. Marfisa, por su parte, hizo lo mismo, y dió tan tremendo bote á Pinabel en la visera de su casco, que le derribó en tierra sin sentido, transcurriendo muy bien una hora antes de que pudiese levantar la cabeza.
Marfisa, vencedora en aquel combate, obligó á la dama á desnudarse de su traje y de todas sus galas, é hizo que la vieja se quitara á su vez el suyo; despues de lo cual quiso que se vistiera con las suntuosas ropas de la dama, y que montara en el palafren de esta. Emprendió en seguida tranquilamente su camino con la anciana, que estaba tanto más repugnante cuanto mejor engalanada.
Tres dias viajaron de este modo sin que les sucediera cosa alguna digna de mencion, cuando al llegar el cuarto divisaron á un caballero que venia hacia ellas, solo y á rienda suelta. Por si desearais conocerle, os diré que era Zerbino, hijo del rey de Escocia, modelo de valor y de gentileza, que iba poseido de la ira y del dolor más vivos, por no haber podido vengarse de un guerrero que le habia impedido llevar á cabo un acto de magnanimidad. En vano corrió Zerbino por la selva en persecucion del que le habia ultrajado; porque este supo huir tan á tiempo, consiguió tomarle tanta ventaja, y facilitaron de tal modo su fuga lo intrincado de un bosque y lo denso de una niebla que habia interceptado los primeros rayos del sol, que consiguió escapar incólume de las manos de Zerbino, hasta que se disiparon la ira y el furor de este príncipe.
El escocés, á pesar de ir aun enfurecido, no pudo contener la risa al ver á aquella vieja, cuyas vestiduras, propias de la juventud, se avenian mal con su semblante vetusto y horrible. Acercóse á Marfisa y le dijo:
—Guerrero, has dado una prueba de prudencia al acompañar á una jovencita como esa; pues no debes abrigar el menor recelo de encontrar quien te la envidie.
La vieja deberia tener, á juzgar por su arrugado pellejo, más años que la Sibila, y adornada de aquel modo parecia una mona disfrazada para excitar la risa: pero entonces, abrasada por el furor y por la ira que chispeaba en sus ojos, se puso aun mucho más horrible; porque el insulto mayor que puede dirigirse á una mujer es llamarla vieja ó fea.