Marfisa, á quien divertia aquella escena, fingió indignarse, y respondió á Zerbino:

—Vive Dios, que mi dama es más bella que tú cortés; y como creo que tus palabras no dicen lo que siente tu corazon, estoy seguro de que finges no conocer su belleza por disculpar tan solo tu extremada cobardía. ¿Qué caballero seria capaz de no procurar apoderarse de una jóven tan bella como esta, si la encontrara abandonada en un bosque?

—A fé mia, dijo Zerbino, que está muy bien en tus manos, y seria lástima que alguien te la arrebatara: por lo que á mí hace, puedes estar completamente seguro de que no seré tan indiscreto que intente privarte de semejante tesoro. Si deseas ajustar conmigo otras cuentas, dispuesto estoy á darte á conocer lo que valgo; pero no soy tan mentecato que vaya á romper una sola lanza en honor de tu compañera. Hermosa ó fea, guárdatela: no seré yo por cierto quien perturbe vuestra amistad. Tan digno me pareceis el uno del otro, que juraria que tu valor corre parejas con su hermosura.

Marfisa le replicó:

—Es preciso que mal de tu grado pruebes á arrebatarme mi dama. No puedo consentir en que hayas contemplado un rostro tan encantador sin intentar siquiera poseerlo.

Zerbino respondió:

—No veo la necesidad de arrostrar el menor peligro por alcanzar una victoria, que será beneficiosa para el vencido y perjudicial para el vencedor.

—Si no te parece bueno este partido, te propondré otro que no debes rechazar, contestó Marfisa á Zerbino. Si me vences, conservaré esta dama en mi poder; pero si soy yo el vencedor, la admitirás por fuerza. Veamos, pues, quién de los dos se quedará sin ella. Pero te advierto que, si pierdes, habrás de acompañarla siempre y por donde mejor le convenga.

—Consiento en ello, exclamó Zerbino.

Y revolvió sin vacilar su corcel para tomar la distancia conveniente. Afirmóse en los estribos, se aseguró en la silla, y para no errar el golpe, dirijió una tremenda lanzada contra el escudo de la doncella, pero no pareció sino que habia metal. La guerrera por su parte le embistió de tal modo, chocado con un monte de que alcanzándole en el yelmo, le arrojó aturdido del caballo.